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Cristina Losada

El síndrome de la UCD

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Una de las pocas cosas en las que hay rara unanimidad en las gradas de la política es que el PSOE se dará un castañazo importante si se presenta a elecciones después de andar a la greña. La penalización electoral de la disputa interna es, así, uno de los argumentos importantes para desaconsejarle un atrincheramiento en el "no" y en el bloqueo. Más que en la altura de miras, la responsabilidad o el interés de España, se focaliza la cuestión en el interés partidista más inmediato y calculador. Es como decirles: "Ya que no por otra cosa, háganlo por ustedes: para no perder (más)".

En España venimos dando por seguro que la división en el seno de un partido es vista con desagrado y luego implacablemente castigada por los votantes. Esta certeza encuentra su asiento en un caso práctico: el de la UCD de Suárez, que pasó de partido de gobierno a la nada por culpa, aparentemente, de sus vistosas y enconadas luchas intestinas. La rápida desintegración de UCD, víctima de su faccionalismo, sustenta "el atávico miedo a la división interna" que existe en los partidos españoles. Así lo dicen los autores de La urna rota, que llaman a ese temor "el síndrome de la Unión de Centro Democrático".

No vendría mal que aparte del llamativo caso de UCD hubiera otros en los que apoyarse para confirmar esa idea tan arraigada. Sea como fuere, parece lógico que se pongan en duda la solidez, la coherencia y la capacidad política de un partido que se ve sacudido por frecuentes y airadas disputas internas y que, en consecuencia, pierda votantes. Pero conviene ser más específicos. Quizá no tengan el mismo efecto dañino todas las disensiones. Un posible agravante es que se vean como luchas por el poder, y que en efecto lo sean. Que en lugar de un debate entre distintas posiciones políticas, todo lo que se vislumbra sea una bronca de "quítate tú para ponerme yo". Que no importe tanto el "qué" como el "quién". Bien. De la manera en que se ha desarrollado hasta ahora, lo del PSOE caería en esa categoría. Aún está a tiempo de corregirlo.

Hay otro aspecto de esas tensiones que tiene relevancia para el trance en el que están los socialistas. ¿Debe permitirse que las discrepancias se manifiesten en la votación en el Congreso? ¿Es bueno que se dé libertad de voto a los diputados o es mejor que se mantenga la disciplina? En un artículo reciente, Francisco Sosa Wagner decía esto:

Con cierto pasmo asistimos a un debate en el que se están barajando como depositarios de la legitimidad para decidir tal cuestión [el voto en la investidura] a la actual comisión gestora, al Comité Federal, al territorial, a los afiliados… A todos menos a los diputados que conforman el grupo socialista en el Congreso compuesto, casualmente, por personas que han sido elegidas, no por los miembros del partido ni en elecciones internas, sino coram populo por todos los españoles (…) ¿Qué mayor legitimidad se puede pedir? Pues parece que no es suficiente y voces hay que, con inverecundo desparpajo, han rechazado ya que se otorgue "libertad de voto" a los diputados.

La disciplina de voto se ha discutido mucho estos años. Se la señala como una de las causas principales de la falta de renovación de los partidos tradicionales y de la fosilización de la política en general. Pero ¿qué sucedería sin ella? Antes de nada, y recurriendo de nuevo a La urna rota, hay que decir que esa disciplina es la norma en las democracias parlamentarias de nuestro entorno. Igual que en España, en Alemania, Italia, y, sí, también en el Reino Unido, "casi el 95 por ciento de las votaciones son coherentes dentro de los grupos". Y en las democracias presidenciales "el voto congruente con las líneas partidistas oscila entre un 70 y un 80 por ciento".

La idea de que sólo en España tenemos diputados sumisos a las directrices de voto está equivocada. Y que haya más disciplina que indisciplina tiene sus razones. Una es que sepamos que cuando votamos a un partido, votamos a un partido, valga la tautología, y no a una congregación ad hoc de individuos que luego harán lo que les parezca. Ahora bien, los partidos pueden imponer la disciplina sin más, o pueden consensuar internamente las decisiones de voto. También con ellos, con los diputados. Como indicaba Sosa Wagner, sería lamentable que los representantes elegidos no contaran en absoluto a la hora de fijar cuál va a ser su voto. Sobre todo, en asuntos de gran trascendencia. No es imposible aunar consenso y disciplina. Los socialistas tienen la oportunidad de hacerlo.

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