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Cristina Losada

La ruptura Trump

Es difícil dar razón de lo que no se deja encuadrar en la razón.

Cristina Losada
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Es difícil dar razón de lo que no se deja encuadrar en la razón.
Donald Trump | EFE

La prensa y la demoscopia están en una de sus sesiones de autoflagelación por no haber visto venir algo. Lo de Trump, en este caso. Algunos se fustigan por no haber captado bien lo que pasaba en "la calle", interiorizando así el aura populista de Trump: era el que recogía el auténtico sentir del pueblo. Lo cierto, aunque no importe mucho, es que en voto popular ganó Clinton y que Trump va a estar en la Casa Blanca gracias a un sistema, el del colegio electoral, diseñado por los Padres Fundadores justo para que la élite tuviera un mayor control en la selección de presidentes. Primera paradoja: el mismo sistema ha servido para dar la presidencia a un candidato contra el que estaba prácticamente toda la élite, incluida la republicana.

La élite estaba contra Trump por buenos motivos. Para empezar, es el candidato menos preparado que se recuerda para ejercer el cargo que va a ocupar. En campaña se demostró ignorante en materias cruciales para una nación que ejerce el liderazgo mundial, como la política exterior. Pero todas esas carencias resultaron a su favor. Supo convertir sus debilidades en su fuerza y hacer de ellas una vía de conexión con los que están hartos de expertos, de sabios y de la elite, en general, porque se sienten marginados, despreciados y machados por ella. Trump, ciertamente, no viene de la calle y es un millonario, un empresario de éxito o eso dice, pero logró convertirse en el líder antisistema y atraer el voto de una clase obrera que fue en tiempos un gran caladero de los demócratas. No se podrá disociar su éxito en ese papel de su éxito como personaje televisivo. Televisión y populismo se llevan muy bien, como saben aquí los podemitas.

El antiestablishment, el antielitismo y el populismo, en definitiva, cuentan con una larga tradición en EEUU. Un populismo, el de allí, que no cuestiona las bases del sistema económico, pero achaca los males del país a unas elites corruptas o, antaño, a las viejas clases dominantes. El "sistema corrupto" ha sido uno de los temas triunfadores de Trump, que lo ha podido personificar además en su rival, una insider como Clinton. La suya fue una confrontación que se ha repetido más de una vez en la historia electoral estadounidense: el hombre corriente contra el hombre (ahora la mujer) de la elite, ese personaje cosmopolita y distante, que mira por encima del hombro al pueblo llano sin disimular su desprecio por los catetos.

Hasta aquí la tradición. Ahora la ruptura. Porque en la cultura política norteamericana siempre ha existido, junto al sentimiento antielitista, una mayor desconfianza hacia el Estado y el Gobierno que en Europa. Parece lo coherente: si desconfías de las elites, desconfiarás del Gobierno. El Partido Republicano no hizo otra cosa en las últimas décadas que ahondar en ese recelo, al punto de bloquear cuanto pudo la acción gubernamental, ya dificultada por el propio sistema de controles y contrapesos. Pues bien, resulta que Trump no quiere un Gobierno débil, sino un Gobierno fuerte. Es probable que sólo quiera ser un hombre fuerte, pero sus promesas electorales iban en el sentido de fortalecer el Gobierno, en oposición a la tendencia del que oficialmente es su partido. No sólo en eso remaba contracorriente: está lejos de las tendencias proglobalización que dominan en los dos partidos. Sí, Trump está contra la globalización, como cualquier jovencito radical de la izquierda europea.

Hay ahora mismo decenas, cientos de buenos análisis que señalan factores socioeconómicos o culturales como causas del triunfo de Trump contra pronóstico. Pero ninguno de ellos por separado ni todos en su conjunto parecen suficientes para dar razón de la querencia por el riesgo y la inconsciencia del peligro que se han manifestado en esta elección. Es difícil dar razón de lo que no se deja encuadrar en la razón. Yo no sé si Trump ha ganado por sus promesas de rupturas y cambios radicales o a pesar de ellas. Ahí están el sistema de controles y contrapesos y las propias disfuncionalidades de las instituciones para limitar su capacidad de acción. Y puede que no haga nada de lo que ha dicho. Porque es posible que, como dice el columnista Thomas Friedman, de todo lo que soltó en la campaña, Trump sólo crea realmente en esta frase: "Quiero ganar".

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