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Cristina Losada

Las primarias no son para el verano

Hay una España donde la meritocracia funciona, pero hay otra España donde no funciona en absoluto. ¿Cómo extrañarse de que en los partidos tampoco?

Cristina Losada
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Toda la política española se ha hecho olímpica. Todos los partidos, de una manera o de otra, han hecho suyo el lema del impulsor de los Juegos Olímpicos Pierre de Coubertin, inspirado al parecer por un sermón del obispo episcopaliano Ethelbert Talbot. El lema de Coubertin decía que lo más importante no era ganar, sino participar, y por ello siempre se administra como consuelo para los perdedores. Nuestros partidos, por supuesto, hablan de participar tal y como si todos saliéramos ganando con ello.

Ahora mismo, el PP impulsa su nuevo proyecto de reforma electoral municipal con el argumento de que favorece la participación de los ciudadanos en la elección de alcaldes, y los partidos emergentes celebran sus maratones de primarias como triunfos de la participación maravillosa, presumiendo cada uno de ser más participativo y democrático que el de al lado. Bien es verdad que luego, con los resultados en la mano, llegan las rebajas. En Podemos, por ejemplo, la participación para elegir candidatos a las generales se ha quedado en un modesto 16 por ciento. No se aprecia gran entusiasmo entre los deportistas, pero nunca faltan explicaciones. La participación, vino a decir Errejón, no es para el verano. Ah, la fatiga de la participación. Y es cierto que ya sólo hablar de ella produce cansancio.

No pocas cabezas pensantes han identificado la democratización interna de los partidos como la piedra sobre la que levantar un sistema político más eficiente por la vía de una mejor selección de sus elites. Quizá es demasiada carga para un pedrusco tan pequeño, pero al menos esta visión de la cosa hace de la participación un instrumento y no un fin en sí mismo. El problema reside en que el instrumento hoy en boga, esto es, las primarias, no garantiza tampoco que el resultado sea la deseada mejora en la selección de líderes y candidatos. Serán, sí, los líderes y candidatos que las bases decidan, o la parte de las bases que no está de veraneo. Pero no tienen por qué ser los individuos más formados, más honrados ni menos sumisos a la dirección del partido. Las primarias por sí mismas no obran ese prodigio.

En realidad, el problema de la selección de las elites no es exclusivo de los partidos políticos. No sólo en ellos se produce ese fenómeno escandaloso de la selección inversa, por el cual no ascienden los mejores, sino los peores. En los partidos simplemente sucede, de forma concentrada y particularmente visible, lo que ocurre en tantos y tantos ámbitos de la vida institucional y social española. Hay una España donde la meritocracia funciona, pero hay otra España donde no funciona en absoluto. ¿Cómo extrañarse de que en los partidos tampoco? Sería, en efecto, milagroso que pudiéramos disponer de partidos perfectamente meritocráticos, cuando hay todavía, y lo que le queda, una cultura instalada que marcha en dirección opuesta.

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