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Los milagros que no puede obrar el 155

¿Cambiarán los grandes partidos sus respectivas políticas hacia Cataluña y el nacionalismo catalán o seguirán haciendo exactamente lo mismo que en el pasado?

Cristina Losada
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EFE

Se ha dicho, y muchos lo dijeron mientras el Senado debatía la aplicación del artículo 155 en Cataluña, que el recurso a la intervención de la autonomía representaba un gran fracaso. Un fracaso de todos, sin excepción, igual de unos que de otros. En consecuencia, teníamos que asistir al trance con el ánimo triste y doliente con el que se acude a un funeral. Bueno, yo no. Yo no me tuve que enjugar ninguna lágrima de cocodrilo. Al contrario. La aplicación del 155 era una ocasión para estar satisfechos.

Al fin, se iba a actuar contra los cabecillas de un golpe de Estado. Al fin, se iba a desmantelar un poder paralelo e insurrecto que llevaba instalado en esa condición de facto nada menos que siete semanas: claramente fuera de la ley desde las sesiones del 6 y 7 de septiembre del Parlamento catalán. Y todo ello se iba a hacer a través de un instrumento legal y constitucional que contaba con el respaldo del partido del Gobierno, el primer partido de la oposición y el cuarto partido del Parlamento.

La nación y la democracia españolas se defendían de un golpe artero y peligroso de un modo impecablemente democrático, y de manera ampliamente consensuada. Si estas no eran suficientes razones para la satisfacción, ya me dirán. Pero era necesariamente una satisfacción templada por la conciencia de los límites. El 155 servía para parar el golpe, cierto, pero no servía para enderezar el fuste torcido. No puede obrar milagros.

La aplicación del 155 no sirve para enderezar aquello que se ha ido torciendo durante décadas. No puede hacer lo que no han hecho en todo ese tiempo los Gobiernos centrales y los grandes partidos. No puede deshacer todo lo que han hecho mal en relación a Cataluña y al nacionalismo. Eso es imposible que lo logre la aplicación del 155. Ni en 55 días ni en 365. Ni en más. Así que ahora la gran cuestión es esta: ¿cambiarán los grandes partidos sus respectivas políticas hacia Cataluña y el nacionalismo catalán o seguirán haciendo exactamente lo mismo que en el pasado?

En varios discursos de estas semanas, también en el que hizo en la sesión del Senado, Rajoy manifestó su deseo de que volviera el "catalanismo pactista", pragmático y sensato con el que se habían construido tantas cosas estupendas desde la Transición hasta… bueno, hasta que desapareció engullido por el separatismo. Puede que sólo fuera retórica para las circunstancias, pero me temo que no. Es de temer que Rajoy y su partido prefieran seguir en la ilusión del espejismo. Es probable que continúen creyendo que aquel catalanismo y este separatismo son dos criaturas diferentes y opuestas. Y es lamentable que no quieran o no puedan ver que ese catalanismo por el que sienten nostalgia fue pactista y sensato mientras esa actitud le permitió conseguir el poder suficiente como para hacer precisamente lo que ha hecho.

El otro gran partido, el Socialista, no sólo cree en el espejismo: forma parte de él. Su antigua apuesta por el nuevo estatuto fue uno de los elementos germinales del proceso que ha culminado en el golpe. Su actual apuesta por la plurinacionalidad no desanda aquel camino, sino que lo continúa. Para más, no hay indicios de que vaya a desprenderse de la infección identitaria. De modo que sí, de acuerdo, hablemos de fracaso. Pero hablemos del fracaso de una política que dejó al nacionalismo catalán el campo expedito para la hegemonía. Peor aún: que aún se lo puede continuar dejando. Porque el 155 permite descabezar y frenar el golpe separatista, pero no puede desarmar las ideas que lo sustentaron. Tal cosa sólo podrá hacerse con una política diametralmente distinta a la que han hecho estas décadas los grandes partidos. Desde Madrid y desde Barcelona.

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