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Cristina Losada

Los otros secesionistas

A los que no participamos de esa religión secular que es el nacionalismo, el arraigo del secesionismo quebequés viene a echarnos un jarro de agua fría.

Cristina Losada
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Como para desmentir que los nacionalismos son propios de países que aún no tomaron el tren de la modernidad, heridos por tensiones seculares, paralizados por deficientes sistemas políticos, tenemos el caso de Quebec. Acaba de regresar a la actualidad por un atentado contra el Partido Quebequés, partidario de la secesión, que ha causado un muerto y un herido. Los datos de urgencia apuntan a que fue un solo individuo el que disparó contra los seguidores de Pauline Marois, la líder del PQ, cuando celebraban su victoria en los comicios. Se trataría, de confirmarse, del primer caso de terrorismo anglófono en la provincia canadiense. Del otro terror, el francófono y secesionista, hubo en los años sesenta y setenta. Su desaparición no condujo, sin embargo, a la decadencia del separatismo en Quebec. La mística nacionalista y sus fantasías comunitarias son plantas persistentes.

Canadá, una democracia asentada, un país rico y tranquilo, distante años luz de un escenario como el balcánico, se despertó, sorprendido, a la violencia nacionalista en 1963, cuando estalló una bomba en un barrio inglés de Montreal. Michael Ignatieff, intelectual y político canadiense, ha escrito que aquella explosión supuso "el principio del fin de una cierta idea de Canadá". Desarboló la feliz idea de que era una comunidad política que había conseguido elevarse por encima de los tribalismos y que representaba un ejemplo de convivencia. Los años posteriores vieron algo que en España conocemos bien: la imposibilidad de contentar a los que no quieren contentarse. Los esfuerzos para que Quebec se sintiera a gusto en Canadá no redujeron las ansias secesionistas. Ni las aplacaría el hecho, que nos resulta familiar, de que el Estado canadiense fuera el más descentralizado del mundo. Qué puede la racionalidad contra el sentimiento.

De Quebec se han ocupado, y mucho, nuestros nacionalistas, siempre en busca de modelos a imitar. Por ejemplo, el lingüístico. También allí hay policía que persigue y multa a los tenderos. Sí, en el avanzado Canadá se permite tal abuso. A los que no participamos de esa religión secular que es el nacionalismo, el arraigo del secesionismo quebequés viene a echarnos un jarro de agua fría. Estábamos equivocados al pensar que el cosmopolitismo, la democracia o la prosperidad eran antídotos eficaces contra el hechizo del imaginario nacionalista. Y erramos igualmente cuando, ofuscados por "el espejismo de la isla", por citar de nuevo a Julián Marías, creemos que la persistencia del secesionismo en España es una lacra exclusiva, sólo atribuible a nuestros muy singulares defectos. 

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