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Mala puta

Hay un machismo propio del nacionalismo catalán y propiamente deleznable.

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El vocabulario del separatismo catalán no se enriquece. Se repite. Y hay que dar cuenta, o intentarlo al menos, de ciertas repeticiones. Una de ellas, especialmente despreciable, es la que se manifiesta en los insultos a diputadas de Ciudadanos. Los ha sufrido su dirigente en Cataluña, Inés Arrimadas, tanto en la calle, proferido por grupos de fanáticos, como en las redes sociales, sea por los anónimos de turno, sea por personajes de algún renombre. De hecho, fue el cómico de TV3 Toni Albà, si la hemeroteca y la memoria no nos fallan, quien inauguró con una rima soez lo de llamar "mala puta" a la líder del partido más votado en las últimas elecciones catalanas. Ahora acaban de insultar de ese modo a la diputada autonómica del mismo partido y senadora Lorena Roldán. De ese modo y de otros: la amenazaban con "dos hostias" y con rociarla de estiércol. El mensaje, escrito por un ginecólogo del Hospital Quirón de Barcelona, Guillem Cabero Riera, acababa con uno de los insultos que con mayor frecuencia tienen que soportar las políticas constitucionalistas: "cerda".

Es claro que los actos de intimidación separatistas han afectado a Ciudadanos, al PP, al PSC y a entidades de la sociedad civil. También lo es que los tres partidos han sufrido ataques contra sus sedes en muchas ocasiones y en distintos lugares y que no pocos de sus políticos reciben insultos y amenazas, sean hombres o mujeres. Pero las injurias que reciben las mujeres, y en concreto, las políticas de Ciudadanos, son específicas y están relacionadas con el hecho de que son mujeres. No les llaman simplemente –¡simplemente!– "fascistas" o "colonas", aunque también. No les dedican únicamente otros clásicos del habitual repertorio de groserías levemente barnizadas de insulto político que manejan la militancia separatista y sus bien pagadas estrellitas televisivas y tuiteras. A las políticas contrarias al separatismo, aparte de todo eso, las llaman cerdas y malas putas. Repetidamente. Y no hay que recurrir a Freud para ver en este fenómeno algo significativo.

Se ha discutido si insultos como los que han tenido que escuchar y leer Arrimadas y Roldán son machismo o no son machismo. Se ha alegado en contra de que lo sea que las insultan no por ser mujeres, sino por su oposición al independentismo. Pero no son opciones excluyentes. Las insultan porque se oponen al separatismo y las insultan como las insultan porque son mujeres. Más aún, las insultan porque son mujeres que en Cataluña se salen de la norma y la horma nacionalistas, y esa norma y esa horma han tenido, en el nacionalismo catalán histórico, un molde específico para las mujeres. No podía ser de otra manera cuando entre los caracteres profundos del nacionalismo y del catalanismo, desde su surgimiento, se encuentran la preocupación por la demografía y la alarma por la baja natalidad de los "catalanes auténticos", inquietud relacionada con la paranoia de extinción que sigue latiendo en el imaginario nacionalista. En ese cuadro delirante la mujer tenía un papel que cumplir.

En los términos de Estat Català, el partido del que formaron parte tipos como los hermanos Badia o Daniel Cardona, todos ellos admirados por Quim Torra, la mujer catalana tenía "un deber patriótico". Un artículo publicado en la revista del partido en 1923 lo explicaba así: "Es preciso que la mujer catalana se imponga como primer deber patriótico el no tener amor por ningún enemigo natural de su patria. Para una mujer catalana sólo un patriota catalán como marido. Es preciso infiltrar (sic) a la mujer catalana una máxima repulsión por toda unión que además de entregar al enemigo tierra y bienes catalanes, venga a impurificar la raza catalana".

El propio Cardona, uno de los héroes de Torra, denunciaba vehementemente –con una browning, para ser precisos– la atracción que ejercían ciertas mujeres foráneas sobre los jóvenes catalanes, que siguiendo aquellos cantos de sirena dejaban de ser patriotas. Y años antes, el médico Puig i Sais, que firmaría el Manifiesto para la preservación de la raza catalana en 1934, había advertido de las nefastas consecuencias que tenían para las mujeres las prácticas sexuales que evitaran el embarazo. Todo por la misma obsesión: el descenso de la natalidad, la "invasión" de españoles de otros lugares y la necesidad, por tanto, de "aumentar el número de catalanes de pura raza".

No tengo las pruebas de que esa visión de las mujeres como esenciales para "conservar la raza", como traidoras si no lo hacen y como peligrosas si son "de fuera", se haya transmitido de generación en generación nacionalista, al igual que otras visiones del nacionalismo catalán histórico. Esto es, no tengo más prueba que la recurrencia de los insultos a las mujeres catalanas que lideran la oposición al separatismo. Es una recurrencia tan sospechosa, son unos insultos tan característicos, que podemos apuntar la hipotésis de que no sólo traslucen el machismo habitual, el que se daría en cualquier parte. Hay algo más. Hay un machismo propio del nacionalismo catalán y propiamente deleznable.

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