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Cristina Losada

¡Más rápido!

Nos estamos moviendo rápido para frenar la expansión del coronavirus. Pero no lo suficiente. Hay, sí, un antes y un después, pero todavía queda mucho de 'antes'.

Cristina Losada
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Nos estamos moviendo rápido para frenar la expansión del coronavirus. Pero no lo suficiente. Hay, sí, un antes y un después, pero todavía queda mucho de 'antes'.
EFE

Nos estamos moviendo rápido para frenar la expansión del coronavirus. Pero no lo suficiente. Hay, sí, un antes y un después, pero todavía queda mucho de antes. Estos son algunos fragmentos de prueba.

El miércoles, en mi ciudad, tomé un autobús. No esperaba que fuera tan lleno, pero iba hasta la bandera. En ningún viajero noté especial precaución ni incomodidad por la cercanía de otros. Yo fui haciendo malabarismos para ponerme lo más lejos posible de cualquier persona. No se trataba ya de guardar un metro de distancia, objetivo imposible, sino de conseguir unos centímetros más de separación, especialmente de los que iban hablando. El trayecto duró una eternidad: en dos o tres paradas, subió gente pidiendo información al conductor y durante largos minutos intercambiaron entre ellos las gotitas de Flügge. Desesperada, me puse los auriculares y me refugié en la escucha, no sé cuantas veces seguidas, de "Extreme ways", el tema que suena con los títulos de crédito de las películas de Bourne. No es relajante, pero por eso mismo.

Ya era público y notorio, por fin, que estábamos en una emergencia. Pero aún duraban los efectos de la campaña de tranquilización. Había sido tremendamente eficaz. En parte, porque uno prefiere creer que no va a pasar nada. Lo estaba viendo en vivo y en directo en aquel pequeño campo de pruebas que era el autobús. Aún no nos habíamos despertado de la potente anestesia que se había administrado durante varias semanas. En Madrid, quizá se estaba saliendo, pero en ciudades y regiones donde el número de contagios no parecía alarmante el letargo continuaba. La idea era que el coronavirus afectaba a otros sitios y a otros. Ese mismo día, una persona me ofreció su bolígrafo para que pudiera anotar algo, y lo rechacé. Creo que le pareció mal, como si eso significara que lo tenía por un posible infectado. Pero la situación, tal como yo la veía, no estaba para cortesías.

El sábado subí a otro autobús. Ya se habían tomado, por fin, las primeras medidas serias en algunas autonomías. Íbamos sólo cinco o seis personas, todas separadas. El conductor no hablaba con nadie. Hasta que entraron tres jóvenes, que no paraban de charlar. En inglés. Creo que se percibían inmunes. Yo los percibía como asesinos potenciales. Me cambié a la última fila de asientos e hice recuento de la seguridad de mi posición: a más de dos metros y cerca de la puerta. ¿Por qué nos dijeron que no hacía ninguna falta llevar mascarilla? ¿Por qué no la llevaban los conductores de autobús, expuestos como estaban a la inconsciencia de una parte del público? Sobre todo: por qué se había difundido la idea de que sólo había riesgo frente a personas con síntomas, cuando se tenía que haber difundido la idea de que los asintomáticos también lo pueden transmitir.

Esa tarde, en un supermercado, el único indicio de que pasaba algo eran los huecos, tremendos, en las estanterías. Acaparar alimentos, eso sí se había entendido masivamente. Mal entendido. En cambio, el comportamiento era el de siempre. La gente se agolpaba en los pasillos y en las cajas. Los empleados hablaban entre ellos y con los clientes sin respetar la distancia de seguridad. Sólo otro par de paranoicos y yo misma llevábamos las mascarillas que nos recomendaron no usar y que, por lo demás, ya no se podían comprar en ninguna parte.

Lunes. Estado de alarma declarado desde la noche del sábado. De vuelta al súper, había que hacer cola a la entrada. Bien. Pero las dos empleadas que vigilaban la cola charlaban entre ellas, juntitas, como en plena normalidad. Dentro, clientes y empleados seguían sin guardar la famosa distancia. Como si con hacer la cola de entrada ya tuviéramos una barrera suficiente contra el contagio. Les digo a tres personas que se alejen más de mí. Ya no se lo toman a mal. Les digo a las empleadas de la entrada que no están respetando la distancia. "¡Ya lo sabemos!", me contesta una, molesta. Replico que esto nos afecta a todos. Entiendo que cuesta. Cuesta cambiar hábitos arraigados de un día para el otro. La campaña tranquilizadora contribuyó a que interiorizáramos la idea de que, en España, esto no iría más allá de unos casos aislados, de cadenas de contagio controlables. Ahora hay que arrancar esa idea y expulsarla si queremos que el distanciamiento social funcione.

Nos estamos moviendo con rapidez para llevar a cabo una impresionante reorganización de nuestros trabajos, nuestras actividades, nuestros movimientos, nuestros hábitos y, en general, de nuestras vidas. Pero no vamos aún lo suficientemente rápido.

En España

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