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Cristina Losada

Menos singularidad (catalana) y más pluralidad

Lo que hay que hacer es alentar la pluralidad catalana, arrinconada y asfixiada por un nacionalismo que no se ha dedicado a otra cosa que a uniformizar.

Cristina Losada
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Lo que hay que hacer es alentar la pluralidad catalana, arrinconada y asfixiada por un nacionalismo que no se ha dedicado a otra cosa que a uniformizar.

Por lo visto, todo el mundo sabe qué se quiere decir cuando se dice que conviene reconocer la singularidad catalana en la Constitución. Ha de ser así, cuando los proponentes del reconocimiento no se toman la molestia de entrar en los detalles. Como si sobraran explicación y desarrollo de puro obvio que resulta el concepto. El último partidario de este galimatías del que se ha tenido noticia es realmente un caso singular, ya que se trata del nuevo ministro de Justicia del Gobierno de España. El penúltimo, si bien se le conocía la inclinación, fue el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez. ¡Dos singulares en dos días! Se ve que Dios los cría y ellos se juntan.

Rafael Catalá despachaba el asunto en dos o tres líneas de una entrevista. En cambio Pedro Sánchez le consagraba un largo artículo. Naturalmente, en el artículo sólo mencionaba una vez, como de pasada, a la criatura singular. Pero ésa era la cuestión, ella era el plato fuerte, por más que apenas llamase la atención entre los aperitivos, los caldos, las ensaladas y los postres que el dirigente socialista puso en abundancia, y con destreza, para que cualquiera que pasara por allí pudiese encontrar en el bufé un bocado de su gusto. Bien mirado, todo el esfuerzo del articulista Sánchez se dirigía a evitar que su propuesta de reforma constitucional oliera a plato preparado para uno solo de los comensales. De ahí que la cosa singular fuera de tapadillo y algo más repartida. Se trataría de reconocer "la singularidad de algunas comunidades".

Es una lástima que Sánchez y el PSOE ya no tengan siquiera un recuerdo para la distinción entre nacionalidades y regiones que se introdujo en el artículo 2 de la Constitución justo para reconocer singularidades. Fue aquella una discriminación muy discutida por gentes que, al contrario de cierto presidente, daban cierto valor a las palabras. Era el caso de Julián Marías, que escribió al respecto: "No hay nacionalidades –ni en España ni en parte alguna". Y sigue sin haberlas por más que a día de hoy haya en España, sobre el papel, las nacionalidades que uno quiera. Cualquier autonomía puede proclamarse nacionalidad en su Estatuto. Ser nacionalidad histórica o advenediza ya no significa nada, es decir nada singular.

Si ese proceso sirve de indicador, y creo que sirve, pues no es el único que ha ido en tal sentido, no habrá nada que se ponga en singular que no se pluralice. El desarrollo del Estado autonómico, con la excepción súper singular del privilegio fiscal vasco y navarro, se ha regido por una cláusula Camps permanente. Tácita, sí, pero efectiva. De modo que ¿cuál es el plan? No pensarán los socialistas que se puede reconocer en la Constitución la singularidad de Cataluña, sea lo que eso sea, y que se podrá privar del caramelito a las demás. Esto no sería abrir el melón, sería poner una piñata. Lo curioso del PSOE es que quiere introducir elementos antifederales envueltos en un bonito celofán federal.

Mucho ganaría la causa de la unidad, por la que Sánchez dice estar al cien por cien, si en lugar de poner el acento en el reconocimiento de la singularidad catalana el PSOE (y otros) lo pusieran en la pluralidad: en dar aliento a la pluralidad catalana, arrinconada y asfixiada por un nacionalismo que no se ha dedicado, en estas décadas, a otra cosa que a uniformizar.

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