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Cristina Losada

Mi crónica sentimental de Filipinas

No sé si los filipinos son heroicos, ni falta que hace, pero sé que afrontarán sin más lamentaciones que las precisas esta calamidad.

Cristina Losada
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Hace unas semanas quise echarle un nuevo vistazo a Manila. Como no está a la vuelta de la esquina, recurrí a Youtube para calmar la nostalgia que, cada tanto, me entra por Filipinas. Al menos pude comprobar que el Roxas Boulevard no estaba como cuando lo conocí en mis dos temporadas allí, hace muchos años. Ya no es aquella calzada bacheada y polvorienta ornada con lo que parecían, por su añosa sequedad, fósiles de plantas. Ahora es un señor bulevar de perfecto pavimento y pulcros jardines, flanqueado aquí y allá por modernos rascacielos. Admito que al ver las imágenes actuales de esa y otras calles de Manila también sentí que me habían quitado algo. El viajero es conservador; lleva muy mal que le cambien los sitios.

Bien sé, los datos cantan, que Filipinas no ha dejado atrás eso que llamamos, con poca hondura, el subdesarrollo. Pero el remozamiento del bulevar que recorre el frente marítimo de Manila me pareció indicativo de cierto despegue, de un asomo de prosperidad que en los años ochenta era una aspiración que muchos filipinos sólo podían hacer realidad marchando a trabajar a países lejanos. O lejanos y a la vez sentimentalmente cercanos, como el nuestro. A pesar de la aplastante hegemonía del inglés, de la influencia de la cultura popular americana, de la relación especial con Estados Unidos, en la médula de Filipinas aún permanece algo de España.

Para cualquiera es una experiencia remarcable visitar un país de parajes bellísimos y gentes inusualmente amistosas con el forastero, pero para un español es una experiencia conmovedora y chocante. Los nombres y apellidos españoles, tantas palabras nuestras incrustadas en el tagalo y otras lenguas, la impronta de la arquitectura colonial, el catolicismo… O el pasmo de toparse en plena Manila con el Jai Alai, el frontón de pelota vasca, que lamentablemente dejó de existir, otra mala noticia que el desarrollo propina al nostálgico. Y todos los restos de la antigua presencia de España resaltan, inverosímiles, en medio del inglés ("Hey, Joe" era el saludo popular al extranjero) y del Sudeste Asiático.

Pero no sólo quiero excitar la generosidad española a la hora de ayudar a los filipinos tras uno de los desastres naturales más destructivos, el tifón Haiyan que allí llaman, en español tenía que ser, el tifón Yolanda. Quisiera hacer notar que disponen de una gran capacidad de hacer frente a la adversidad, que corre pareja con el ingenio que despliegan para sobrevivir. Y ambas cualidades, creo, se manifiestan ahora en esa sociedad civil, esas empresas, organizaciones y personas con iniciativa, que ya se han puesto en marcha para suplir las carencias de una administración claramente desbordada.

No sé si los filipinos son heroicos, ni falta que hace, pero sé que afrontarán sin más lamentaciones que las precisas esta calamidad. Todavía guardo por ahí un recorte de un periódico de Manila en el que se informaba de un terrible siniestro. En la foto, en pie sobre las ruinas de las casas derrumbadas, los afectados aún tenían humor para sonreírle a la cámara. Ah, quién pudiera volver.

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