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Cristina Losada

Moralina de mascarillas

En vez de argumentos sanitarios y científicos, se predica que seremos buenos si nos ponemos cierta mascarilla y malos si nos ponemos otra.

Cristina Losada
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En vez de argumentos sanitarios y científicos, se predica que seremos buenos si nos ponemos cierta mascarilla y malos si nos ponemos otra.
Fernando Simón, explicando cómo ha de ponerse una mascarilla | EFE

La pequeña historia de esta pandemia es la historia de los cambios de criterio sobre las mascarillas. De entrada, no eran necesarias. Más aún, no eran recomendables. La OMS dijo que no, y con ella, o por ella, muchos países europeos y no europeos. Yo guardo como oro en paño una rueda de prensa del ministro de Sanidad alemán y media docena de asesores científicos el 2 de marzo. La experta en protección dijo con claridad, sin vuelta de hoja: "No tiene ningún sentido que andemos todos con mascarillas. Eso no ayuda", y puso precisamente –¡precisamente!– los ejemplos de China y Japón para mantener que el virus se había extendido allí a pesar de su uso generalizado. Semanas después, el Gobierno alemán recomendaba el uso de mascarillas, aunque sin obligación, puesto que no había suficientes en el mercado. Las autoridades sanitarias españoles tardaron más que las alemanas en apearse de la negativa.

El gran punto de inflexión en el cambio de criterio fue la evidencia creciente de que los asintomáticos también podían transmitir el virus. A mediados de abril, un artículo en The Lancet ya recomendaba a la OMS que pidiera su uso masivo. Los autores reconocían que su efectividad en relación al coronavirus no estaba probada. Pero añadían: que no haya evidencia de su efectividad no quiere decir que haya evidencia de inefectividad. En la duda, por tanto, adelante. El artículo, cuyo primer firmante era el profesor Kar Keung Cheng, de la Universidad de Birmingham, terminaba diciendo que el uso generalizado de mascarillas desplazaba "el foco de la autoprotección al altruismo". Era un signo, por así decir, de que la sociedad estaba respondiendo, conjuntamente, a la pandemia. El enfoque enraizaba, obviamente, con la práctica social de uso de mascarilla en países asiáticos.

De aquel sentido altruista que podía tener quizá la generalización de la mascarilla, hemos pasado en España al maniqueísmo que divide a la población en dos grupos, la egoísta y la solidaria, según el tipo de mascarilla que use. Desde una rueda de prensa en la que Fernando Simón hizo suya la retórica moralizante, a raíz de que una periodista le preguntara por la prohibición, en Galicia, de las presuntas egoístas, sólo tenemos moralina sobre las mascarillas. No es que antes hubiera una gran información sobre su eficacia o ineficacia, pero ahora ha aparecido el perfecto sucedáneo. En lugar de proporcionar datos –cómo funcionan, para qué sirven, cómo usar las distintas mascarillas–, se cuenta un cuento de buenos y malos. En vez de argumentos sanitarios y científicos, se predica que seremos buenos si nos ponemos cierta mascarilla y malos si nos ponemos otra.

Con este maniqueísmo recién sacado de la manga, el nuevo clero dispensador de moralina está en su terreno. Porque con la ciencia, la información y la responsabilidad individual no se lleva bien. Son cosas de adultos.

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