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Cristina Losada

Nacionalpopulismo

Su primaria carga sentimental y su universo maniqueo sirven tanto a los más conservadores como a los más izquierdistas.

Cristina Losada
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Es sorprendente la naturalidad con la que se acepta que los griegos han sido humillados por el resto de Europa. Tanto más cuando esa forzada equivalencia entre rescate y humillación sólo se ha hecho en Grecia, no en el resto de países rescatados. Igual a los griegos que se han sentido humillados les hubiera parecido mejor que a su país se le regalara asistencia financiera sin condiciones de ninguna clase. ¡A quién no! Pero no van así las cosas en el mundo real ni tampoco en la Unión Europea. En Grecia fraguó un sentimiento de humillación por la cobardía política de unos gobiernos y unos dirigentes que presentaron los rescates y sus inevitables condiciones como una imposición de fuera. ¿Cómo de fuera cuando Grecia está dentro, dentro de la UE y del euro?

De igual manera que se acepta que los griegos fueron humillados, dando así carta de naturaleza a un discurso político destinado a eludir toda responsabilidad propia, se asume ahora tranquilamente que es fantástico que los griegos sientan que han recuperado su dignidad. Gracias al gobierno de Syriza, por supuesto. De hecho, si uno quiere entender su teatral y errática actitud negociadora ha de tener esto en cuenta: se trataba del orgullo. No sólo, pero también. Para Syriza era esencial que la opinión pública griega viviera como una dramática y decisiva batalla en la que se jugaba la dignidad nacional esta primera negociación con el resto de la Eurozona. Una negociación que, por una astucia del anterior gobierno, coincidía prácticamente con su llegada al poder.

Tuvo así toda la lógica del mundo, del mundo populista de los sentimientos, que Tsipras rematara el proceso con la señalización de Portugal y España como eje del Mal. Era un "eje de poderes" improbable donde los haya, pero permitía contarle a su partido una bonita historia: la negociación fue terriblemente dura, teníamos adversarios poderosísimos, como Madrid y Lisboa, dispuestos a todo, incluso a derribarnos, así que valorad las pocas concesiones que hemos conseguido como un gran triunfo. Y dejad de fastidiar con el estricto cumplimiento de las promesas electorales.

De la humillación al orgullo y de la imposición externa a la soberanía nacional. Esos son los términos del discurso que Syriza emplea para ganar las elecciones y afianzarse en su primera ronda negociadora con el Eurogrupo. Son términos nacionalistas que han cogido arraigo en Grecia, donde prospera un partido nazi como Amanecer Dorado cuyo lema es "Grecia pertenece a los griegos". Pero igualmente son términos que encontramos en partidos que ascienden en otros países de la UE. ¿Qué puede haber más nacionalista que un partido que se llama Los Verdaderos Finlandeses, por ejemplo? Si acaso, el Frente Nacional francés.

España, donde la nación es discutida y discutible, tampoco se libra del contagio. No sólo por el secesionismo catalán, que es nacionalista y populista como todos los citados. Ahí está Podemos, que intenta injertar aquí las apelaciones a la patria típicas y tópicas de los caudillos latinoamericanos con los que han tenido relación privilegiada sus dirigentes. Dudo mucho que lo consiga: el nacionalismo español es una criatura muy endeble y no se cría en los pastos de la izquierda. Pero su caso corrobora el patrón visible en toda Europa. No es que este nacionalpopulismo no sea de derechas ni de izquierdas, como pretende. Es que su primaria carga sentimental y su universo maniqueo sirven tanto a los más conservadores como a los más izquierdistas.

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