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Nadie ayudó a los muertos

Aquí, en el País Vasco, nadie ayudaba a los heridos, a los asesinados por ETA.

Cristina Losada
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EFE

Hemos visto los instantes que siguieron al atentado yihadista en Londres. Después de los primeros segundos de confusión, los transeúntes acuden a socorrer a los heridos. Un miembro del Parlamento, el conservador Tobias Ellwood, practica los primeros auxilios al policía Keith Palmer, acuchillado por el terrorista que antes atropelló con su coche a unos peatones que iban por el puente de Westminster. El diputado no consiguió salvar al policía, que murió allí, en el suelo, al lado del Parlamento que custodiaba. Al agente se le homenajea como a un héroe, y el diputado se ha convertido en símbolo de valentía y humanidad. Ambos, igual que los viandantes que ayudaron a las víctimas, igual que los ciudadanos que no se dejan amedrentar, son el contrapunto de la barbarie terrorista. El contrapunto necesario. Indispensable.

Las reacciones de la gente que estaba en Londres, donde el ataque, son las normales, las humanas, las que surgen con naturalidad. Como lo fueron también las de aquellos que salieron corriendo al oír disparos y, en su carrera, tiraron al suelo a turistas surcoreanos que resultaron heridos. Digamos que es natural que, en momentos así, unos echen a correr despavoridos y otros echen a correr para auxiliar a las víctimas. Es lo previsible, lo que se puede esperar, lo que haría cualquiera. Por eso, lo sucedido después del atentado en Londres, esas reacciones humanas previsibles, llaman y despiertan el recuerdo de actitudes muy distintas. De reacciones opuestas. Aquí.

Aquí, en el País Vasco. Cuando nadie ayudaba a los heridos, a los asesinados por ETA. Cuando la reacción común y previsible era no auxiliar, no acudir, no correr, no gritar, no hacer nada y seguir como si tal cosa. En su columna en El Mundo, Arcadi Espada acaba de rememorar una foto: la de una mujer que echa un cubo de agua sobre la sangre del capitán de la Policía Nacional Basilio Altuna Fernández de Arroyabe. Fue el 4 de septiembre de 1980, en Erentxun, Álava, donde lo asesinó un miembro de ETA político-militar disparándole en la cabeza.

El cubo de agua que se echa sobre la sangre es la imagen singular de un comportamiento colectivo: lavar la sangre, borrar el crimen, hacer como que no ha pasado nada. Porque no es una foto, es una secuencia. Más de dos décadas después, lejos ya los años de plomo, el plomo seguía intoxicando la sangre cívica. El asesinato del empresario Ignacio Uría Mendizábal en Azpeitia, Guipúzcoa, el 3 de diciembre de 2008, y dos fotos en la portada de El Mundo: en una, el cadáver; en la otra, los compañeros del asesinado jugando en el bar su habitual partida de tute poco después, como si nada.

Nadie acudía a auxiliar, dicen que por miedo. Puede ser. Tampoco importa. El hecho es que no socorrían a las víctimas y borraban a los muertos a los que ya habían matado antes, civilmente. No sé si se daban cuenta de que así se borraban ellos mismos de la lista de los vivos. No sé cómo podían seguir viviendo, cuando estaban civil y moralmente muertos. Lo que sé, o al menos sospecho, es que el interés de tantos en pasar página, en hacer como si ETA no hubiera existido, en celebrar cada vez que la banda les permite apuntalar esa ficción, está íntimamente vinculado a cada página que pasaron ante cada asesinato, a la invariable y despiadada práctica de mirar para otro lado y seguir como si nada hubiera ocurrido. Por eso se prolongó tanto el terrorismo de ETA. Por eso continúa el borrado. Por eso, cuanto más quieren que olvidemos, más recordamos.

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