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¡No somos supremacistas!

Los 'excesos' de Torra no llamaron la atención ni encendieron las alarmas porque forman parte de la normalidad discursiva del independentismo catalán.

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La supremacista Núria de Gispert | EFE

Los artículos y tuits xenófobos de Quim Torra han recibido una contundente respuesta del separatismo catalán. No para condenarlos, válgame Dios, sino para justificarlos. La reacción más popular es denunciar una tergiversación desvergonzada de esos textos por parte de los mesetarios con la finalidad, siempre presente, de atacar a los catalanes. Pero también se han cocinado argumentos que, sin descartar la tergiversación, permiten reducir las expresiones más bestias de Torra a una bechamel de puras licencias retóricas.

Nadie esperaba, yo tampoco, que salieran en tromba a reprobar las expresiones de xenofobia, y mucho menos a repudiar al autor. Pero cómo imaginar que se llegara a alegar que no son xenófobas ni racistas porque no discriminan a nadie "ni por su origen ni por su color de piel". Así consta en algún pormenorizado análisis del artículo más conocido de Torra. Un argumento que olvida que el hoy presidente se ensañaba con las bestias del "pequeño bache en su cadena de ADN" por hablar en español y pretender que en Cataluña se hable también en español, cosa que Torra no considera "natural", como se sabe por otro artículo suyo. Por el idioma, no por el color. Por el idioma común de los españoles.

Uno de los cabecillas del golpe procesados, Jordi Sànchez, en prisión provisional en Soto del Real, está entre los que han tomado distancia de lo escrito por Torra para mejor disculparlo. El hombre que dirigió el acoso a la comitiva judicial en la Consejería de Economía en septiembre, el mismo que vimos subido a un coche destrozado de la Guardia Civil, hace la maniobra en tres tiempos. Dice de entrada que no será él quien justifique aquellos mensajes y expresiones, sigue diciendo que Torra ya ha pedido perdón repetidamente y acaba por decir que no son para tanto, "una licencia desafortunada en el tipo de lenguaje, con metáforas indebidas". Cuando alguien empieza con "no seré yo quien justifique", va a terminar justificando.

¡Si se hubiera quedado ahí, en disculpar a Torra recurriendo a la licencia para metaforizar! Pero no hay prudencia. Y Sànchez, que no la tiene, ha querido aprovechar la ocasión para dejar sin mácula supremacista al nacionalismo catalán. Nunca "se alimentó ni alimentó a ningún tipo de supremacismo", dice. Ni en sus orígenes ni cuando las teorías racistas estaban más extendidas, afirma. Y remata: "No se puede encontrar ningún autor de referencia ni texto influyente". Bueno, pues es justo al revés.

En esos momentos históricos del catalanismo político y el nacionalismo catalán a los que se Sànchez se refiere lo difícil es encontrar autores de referencia y textos influyentes que no formulen las diferencias con el resto de España como diferencias raciales y que no vean la llegada de inmigración procedente del resto de España como una amenaza para la conservación de la raza, la cultura, la lengua y el auténtico ser de Cataluña. La negación de ese pasado, accesible para cualquiera que se anime a leer esos textos, sólo se puede atribuir o a la ignorancia cerril o a la mentira podrida. O Sànchez no ha leído a sus clásicos o miente. Y la mentira, como mil veces dijeron los maestros de esas artes oscuras, es más eficaz cuanto más alejada de la verdad.

Por librar de mancha supremacista al nacionalismo catalán histórico, Sànchez quiere hacer creer que no se contaminó ni siquiera en la época en que las teorías racistas campaban a sus anchas, según lo presenta, por Europa. En vez de usar la estrategia habitual de construir un contexto en el que prácticamente todo el mundo era racista para diluir el racismo de los precursores, dice que no, que no se contagió. Que cuando el racismo, según su tesis, era tendencia, el nacionalismo catalán fue valerosamente a contracorriente: solito, único, excepcional. Vamos, otra demostración de superioridad.

Lástima que, mientras la lavandería separatista trabaja en limpiar lo de Torra, los bocazas del separatismo sigan trabajando. Así uno podía leer de manera simultánea el artículo de Sánchez diciendo que nunca fueron supremacistas y que siempre han sido inclusivos y un tuit de Núria de Gispert diciéndoles a los dos principales dirigentes de Ciudadanos en Cataluña que no hagan estupideces porque "no estáis en Cádiz, estáis en Cataluña. Y la burla y el desprecio no los entendemos". Los de Cádiz, ya se sabe. Gispert es de ese nacionalismo inclusivo de toda la vida que dice que los líderes de Ciudadanos no son catalanes y los quiere echar de Cataluña.

Todo el encaje de bolillos para defender a Torra te lo deshacen de una patada los bocazas desinhibidos. Lo cual nos lleva al núcleo del asunto. Y es que ninguno de los que ahora deploran y disculpan lo de Torra ha explicado cómo es posible que sus licencias desafortunadas y sus metáforas indebidas –esos mensajes y expresiones que, según Sánchez, no representan a ninguno de los que "apostaron democráticamente por la República Catalana"– no despertaran la menor crítica entre esos ejemplares demócratas cuando fueron publicados. O ninguno de ellos leyó jamás a Torra o los que le leyeron no hallaron nada indebido ante su prosa. Y es de cajón que los medios digitales donde publicó esas piezas no apreciaron nada desafortunado, puesto que las publicaron. De modo que por lógica llegamos a esta conclusión: los excesos de Torra no llamaron la atención ni encendieron las alarmas porque forman parte de la normalidad discursiva del independentismo catalán.

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