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Cristina Losada

Nostalgia de la izquierda auténtica

La izquierda no es una política específica ni mucho menos una política posible, sino una proclamación de buenos sentimientos.

Cristina Losada
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La izquierda no es una política específica ni mucho menos una política posible, sino una proclamación de buenos sentimientos.
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias | EFE

El centro, ese espacio donde es fama que se ganan las elecciones, se ha vuelto un lugar incómodo. Incómodo, sobre todo, para los partidos socialdemócratas. Cierto que los partidos de centroderecha reciben su cuota de castigo por su socialdemocratización, pero son los de centroizquierda los que más acusan las denuncias de pasarse al enemigo: de haberse convertido al neoliberalismo. Así ha sido a lo largo y ancho de esta crisis, como en otras. Y también, por supuesto, en España, donde la incomodidad del PSOE se ha hecho visible a raíz del despegue de una opción como Podemos, que todo el mundo sitúa en la izquierda del centroizquierda pese a su baile de máscaras.

Hay una parte de la izquierda que siempre anda en busca de la izquierda perdida. De una primigenia izquierda auténtica que un día por esto y otro día por lo otro se quedó por el camino, traicionada y tirada como un fardo inútil. La nostalgia por esa auténtica izquierda es una más de las nostalgias izquierdistas, y su pérdida, la pérdida de aquella pureza original, es la explicación que encuentran los nostálgicos para todos los fracasos de la izquierda y, por ende, del orbe. Por eso no examinarán qué política falló y por qué. Sería entrar en un comercio con la realidad que les repugna.

En la facilidad con la que el PSOE ha dejado el paso libre a las listas impulsadas por Podemos y otros grupos en algunos ayuntamientos se percibe la presión de los nostálgicos de la izquierda auténtica. No sólo un sector de los votantes del PSOE, también parte de sus miembros ve a esos nuevos partidos y coaliciones como depositarios de unas esencias que el PSOE habría perdido. En otras palabras, se ha apoderado de ellos un sentimiento de culpa por no haber sido verdaderamente de izquierdas. Ese pecado debe purgarlo ahora el partido desviado facilitándoles gobiernos a los auténticos, aunque si quiere redimirse del todo tendría que ir más allá y hacer peña con ellos. La vieja historia de la familia. La familia de izquierdas unida jamás será vencida y tal.

Quien no cree ni por asomo en la leyenda de la izquierda auténtica es Tony Blair, que es, y con razón, una de las bestias negras de los nostálgicos. El partido Laborista está en medio de un proceso de selección de nuevo líder y en la encrucijada habitual de la socialdemocracia que pierde elecciones: ¿hacia la izquierda o en el centro? Los sondeos apuntan a un triunfo sorpresa de Jeremy Corbin, un veterano del ala izquierda, y Blair dijo hace unos días dos cosas al respecto. Una, que las elecciones se ganan en el centro y no desde una plataforma izquierdista tradicional; y otra, que la gente que dice que su corazón la impulsa a apoyar esa tipo política, "debe hacerse un trasplante". Allí el izquierdismo es de corazón, mientras aquí es ya de lágrima, como estableció Santiago González, pero en ambos casos es un asunto sentimental: no una política específica ni mucho menos una política posible, sino una proclamación de buenos sentimientos para el propio solaz, para el propio confort moral.

El Laborismo tiene la disyuntiva dentro, el PSOE la tiene fuera. En la izquierda le espera Podemos, y le espera para comérselo. Si se echa en brazos de los nostálgicos de la izquierda auténtica entrará de lleno en el reino del sentimentalismo. Y el reino del sentimentalismo, con sus amores y sus odios, es el reino del populismo.

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