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Pedro Sánchez, un acertijo dentro de un enigma

El rumbo político que parece emprender el PSOE no conduce a un cambio, sino a perseverar en el error.

Cristina Losada
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A día de hoy está claro quién manda en el PSOE. Para ser precisos, está claro quiénes van a estar al mando. Pero, aparte de ese detalle, a mi juicio menor, tras este Congreso de revalidación resulta imposible pronosticar qué curso político va a tomar la nueva jerarquía que coronan Pedro Sánchez y Susana Díaz. Es tan poco lo que se puede deducir al respecto de los discursos y declaraciones de Sánchez que sobre la futura política del Partido Socialista sólo tenemos materia para pronunciarnos del mismo modo que Churchill cuando le preguntaron, en 1939, qué iba a hacer Rusia: "No lo puedo prever. Es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma". Total, que si esto del PSOE fuera una película, tenemos constancia de que Sánchez es el actor principal y Díaz la productora, pero del guión, ¡ay!, apenas sabemos nada.

Apenas sabemos nada de la política que quiere hacer la nueva dirección del PSOE que no sea una continuación de la política que ha hecho el PSOE. Porque Sánchez ha proclamado: "Estamos de nuevo en pie para cambiar España una vez más"; pero si se atiende a sus propuestas más concretas se infiere, en realidad, la intención contraria. Así, Sánchez enumeró en su discurso muchos de los problemas de la economía española, pero acerca de cómo afrontarlos nos dejó prácticamente tan ayunos como estábamos, y en aquello que explicó, más que de cambio, hay que hablar de retroceso.

El nuevo secretario general dijo, sí: "A un gran mal (…) debemos hacer frente con un gran remedio", que es algo que también decían nuestras abuelas, aunque lo más extraordinario es que el remedio consiste en ponerle una vela al gobierno. Hay recursos, dijo, y lo único que falta es "un buen gobierno que lo lleve a cabo". ¡Así cualquiera! Un buen gobierno, el suyo, que se estrenaría con una derogación: la de la reforma laboral. Es decir, una vuelta atrás que no servirá para reducir el paro, que no solventará la dualidad del mercado de trabajo y, last but not least, que Bruselas no aceptará. Pero derogar es el santo y seña del PSOE. Lo era con Rubalcaba y lo es con Sánchez.

Mucho conjugan los socialistas el verbo derogar, pero conjugan mucho menos el verbo reformar. Salvo en un punto, la Constitución, vaya hombre. No quieren reformarla para enmendar el proceso de vaciamiento del Estado central, sino para consumarlo. No se proponen reforzar la Constitución frente al desafío secesionista, sino desguarnecerla, que en eso consiste, si en algo consiste más allá del nombre, la reforma federal que asume Sánchez.

Ante los dos problemas capitales que afronta España, el rumbo político que parece emprender el PSOE no conduce pues a un cambio, sino a perseverar en el error. No se ve una agenda reformista para la economía española, como no se aprecia una voluntad de corregir las deficiencias del Estado autonómico: hay voluntad de agigantarlas. Pero tampoco parece que los afiliados del PSOE reclamen una definición mayor de sus nuevos dirigentes en esos asuntos. Lo que excita realmente su celo político son cuestiones como los acuerdos con la Santa Sede y la ley del aborto. En algún momento próximo, Sánchez tendrá que decidir si va a limitarse a hacer la política que quieren las bases que lo han elegido.

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