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PP: Convención o convicción

El motor convencional ya no da más de sí, pero no quieren o no pueden sustituirlo. La apuesta de Casado apunta a cambiar de combustible.

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EFE

El Partido Popular celebra este fin de semana su Convención Nacional. Lleva a invitados de altura y ha incluido a personalidades notables que no son del partido para dar esa impresión de apertura a la sociedad a la que aspiran ahora todos los que relanzan o lanzan un proyecto político. Aunque luego, y no creo que nadie se engañe al respecto, cuando llega la hora de la verdad, a esa sociedad civil se le propine una cortés patada en el culo. Los partidos, a fin de cuentas, son partidos, y las gentes de partido suelen tener la idea de que el partido – también para lo malo, aunque sobre todo para lo bueno– es básicamente suyo. La reunión, en cualquier caso, llega en un momento dulce para el PP, después del inesperado éxito en Andalucía, a pesar del retroceso electoral, y de haber demostrado allí gran habilidad en una difícil negociación a dos bandas. Pero lo que tiene por delante el partido de Pablo Casado no es tan agradable.

Núñez Feijóo va a tener un papel importante en las jornadas, ya que Casado le encargó coordinarlas, y concurren también otros motivos, que se remontan a las primarias. El protagonismo del presidente gallego, que es uno de los tres elegidos para abrir la Convención, resulta muy útil para exponer los problemas que afronta el Partido Popular. Porque Feijóo es uno de los dirigentes que mejor representan la convención, es decir, al PP convencional: el que ha estado actuando, ya en el Gobierno, ya en la oposición, en la última década. Ese partido convencional ofrecía solvencia y experiencia en la gestión, a través de unos cuadros provenientes del funcionariado, tan cómodos en la estructura del Estado y de las autonomías que suelen traslucir un sentido patrimonial del poder. Pero lo que no ofrecía de ninguna manera era convicción. Y eso es justo lo que hoy se demanda.

La elección de Casado, contra pronóstico, como líder del PP fue una respuesta a una situación que el partido no había conocido. De pronto, tenía competidores en su campo. La izquierda ya se había fragmentado, lo cual le vino bien y aprovechó, pero inmediatamente después le llegó el turno a la derecha. La crisis económica y la corrupción política trajeron a Podemos y a Ciudadanos, que fue quien primero desafió el monopolio popular. Y el golpe separatista en Cataluña ha traído a VOX, que es el segundo desafío a su predominio y el más importante. Lo es, en primer lugar, porque viene de ahí: es prácticamente una escisión del PP. Lo es también por el modo activo en que se posiciona sobre la cuestión nacional y frente al separatismo. Y lo es, en tercer lugar, porque apela a convicciones conservadoras que en el PP convencional sólo estaban sobre el papel.

Las sucesivas crisis –económica, corrupción, separatista– no sólo han roto el mapa político en pedazos. Han roto –y por eso se ha roto el mapa– las lealtades políticas que pervivieron durante la hegemonía PP-PSOE de tal manera que, una vez rotas, se siguen rompiendo. El PP convencional funcionaba para agrupar el voto de la no izquierda frente al PSOE, y entonces la carencia de convicción no importaba tanto. Era un voto útil, y punto. El mismo tipo de voto que ha seguido pidiendo –y consiguiendo, a veces– estos últimos años, a fin de evitar los famosos y terribles Gobiernos Frankenstein. Pues bien: ahora ha hecho un Frankenstein, aunque pequeño y simpático, en Andalucía. ¡Y los que tendrá que hacer!

La perspectiva no encandila a muchos dirigentes y es claro que los barones autonómicos, como el propio Feijóo, preferirían que irrupciones como la de VOX –igual que antes la de Ciudadanos– estuvieran territorializadas: confinadas a unos pocos sitios, pero lejos, muy lejos de sus feudos. Por buscar un símil: que como mucho fuera algo así como la CSU bávara respecto de la CDU. El problema es que, aun conscientes de la nueva situación, no cambian de costumbres. El motor convencional ya no da más de sí, pero no quieren o no pueden sustituirlo. La apuesta de Casado apunta a cambiar de combustible, a ponerle al menos unas gotitas de convicción. Pero toda la inercia del vehículo, igual que los hábitos de sus conductores, va en sentido contrario. Es la fuerza de la convención frente a la fuerza de la convicción.

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