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Cristina Losada

Un torero tuerto y el cantante Pla

Dicen por ahí que ha vuelto la censura, como si alguna vez se hubiera ido.

Cristina Losada
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Dicen por ahí que ha vuelto la censura, como si alguna vez se hubiera ido.

Dicen por ahí que ha vuelto la censura, como si alguna vez se hubiera ido. Están pensando en las prácticas de la dictadura de Franco, cuando hace mucho tiempo que su lugar lo ocupa un entramado censor difuso y seguramente más eficaz que el otro. Un ejemplo calentito lo ha puesto el Ayuntamiento de Barcelona al vetar un retrato del torero Padilla, que se quedó tuerto en el desempeño de su oficio, como reclamo publicitario de la exposición del World Press Photo. Alegan un no sé qué de valores y niegan que se trate de veto o censura. Es lo que dicen todos. Esta clase de censura también censura su condición de censura.

El rechazo municipal barcelonés a que la foto de un torero cuelgue de las farolas viene de un nacionalismo que se ha hecho antitaurino por motivos ajenos al amor a los animalitos. Su fijación, como siempre, es su bestia negra. Una España a la que, vaya novedad, le amputan Cataluña, donde hubo una afición taurina notable. La hubo, en fin, hasta que llegamos estas generaciones que no podemos ver, y menos en directo, las corridas de toros. Sé de lo que hablo cuando digo que el nacionalismo no las repudia por el maltrato animal, sino por españolas.

En la granja nacionalista, el bienestar animal llega después, subordinado, cuando le da al toreo rango de prueba de un salvajismo español propio de civilizaciones inferiores y lo suprime para extender un certificado de superioridad a su ficticia Cataluña. Como si allí no se hubiera matado a toros y a personas. Mira por dónde hay una canción de Albert Pla, personaje del día en asuntos censurables y censurados, que viene al pelo. Esa de "Papá, yo quiero ser torero":

Y el padre se desesperaba, él que era tan honorable, una autoridad de la sardana y las letras catalanas. La verdad, no comprendía qué coño de hijo tenía, si tenía todo lo que quería, no le faltaban pelas, ni cultura ni enseñanza de la pulcra y refinada existencia catalana.

Albert Pla, un tipo estrafalario, provocador y tal y cual, ha visto cancelado un concierto en Gijón, en teatro municipal, por decir que le da asco ser español. Los que denuncian censura ahí no dicen ni mu de lo otro. El doble rasero. Ya puestos, es preferible la censura sin postizos: no me gusta lo que dices, pues no te contrato. Cierto que debe haber un espacio de libre disposición para bufones, artistas, locos y excéntricos varios. Pero lo llamativo es que Albert Pla no está lo suficientemente loco. Lo anómalo es que en Cataluña esos tipos provocadores jamás dicen ni hacen nada que les indisponga con el poder político que más de cerca les toca. Había uno, sí, y tuvo que irse. En Cataluña hay una locura muy prudente. Es la obra maestra de la censura: la autocensura.

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