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No a la política de fachadas

Incluso mensajes que deberían ser unánimemente compartidos por todos los demócratas no dejan de estar de más en la fachada de un edificio institucional.

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Se supone que el edificio que alberga una institución ha de ser eso, institucional. De ahí que en su fachada deban figurar las banderas que representan las instituciones y no otras, por ejemplo. Y que no figuren, o no deban figurar, ningún tipo de reivindicaciones políticas, del tipo que sean, y por mucho predicamento que tengan. Ni siquiera si cuentan con la aprobación del órgano de representación correspondiente, aunque ahí al menos tengan el beneplácito de la mayoría.

Así ha sido en Madrid desde que tengo memoria, que con mi alzhéimer prematuro quizá no sea tanto. Pero fue llegar Carmena al Ayuntamiento y romperse esa norma. Primero colgaron la bandera del Orgullo Gay. Después la pancarta que decía "Refugees welcome", que originalmente iba a estar "al menos una semana" y ahí sigue desde septiembre. En ambos casos, propaganda política. Y en ambos casos una forma de separar a los ciudadanos a los que representa este ayuntamiento entre los buenos, que están con esos símbolos, y los malos, que no.

Cierto es que el uso que nuestros gobernantes de extrema izquierda hacen del Ayuntamiento de Madrid está a años luz del que hacían otros gobernantes de extrema izquierda en los del País Vasco. Pero siguen siendo mensajes políticos, sean polémicos o no. Sí, el desfile del Orgullo Gay ha alcanzado la importancia que tiene en Madrid con gobiernos del Partido Popular, pero quizá a los muchos católicos madrileños que ven cómo se utiliza todos los años para insultar a sus creencias tengan alguna objeción a que el ayuntamiento que les cobra el IBI se vista de arcoíris. Y sí, todos somos muy buenistas con los refugiados cuando no recibimos refugiados, como es el caso de España. Pero los resultados electorales en Alemania de este domingo son una advertencia sobre las consecuencias de ese buenismo, ante las que no deberíamos cerrar los ojos.

Incluso mensajes que deberían ser unánimemente compartidos por todos los demócratas, como es la exigencia de que una dictadura libere a sus presos políticos, no dejan de estar de más en la fachada de un edificio institucional. Este lunes Cristina Cifuentes ha entrado en el juego de Carmena colgando de la sede de la Comunidad Autónoma en la Puerta del Sol un mensaje que defiende la liberación de Leopoldo López. Pero los resultados electorales de Podemos y su abstención cuando este asunto se votó en la Asamblea dejan claro que, por muy repugnante que resulte, un porcentaje considerable de los madrileños están a favor de que López se pudra en la trena. El mensaje que luce en la Puerta de Sol podrá ser inobjetable, pero que cuelgue de ese edificio que debería representar la neutralidad política sí lo es.

Decía el viejo chiste que se empieza por matar a alguien y se termina no saludando en la escalera. Una broma que nos quería enseñar que las formas son importantes y que, cuando se pierden, se inicia un camino cuesta abajo que tiene un difícil freno. En política sucede lo mismo. El extremismo de Podemos no nace del vacío, sino de décadas de negar la legitimidad democrática a la derecha. El gesto de Cifuentes es, sin duda, inteligente. Al igual que resulta casi imposible protestar contra los mensajes políticos concretos que ha colgado el ayuntamiento sin que te caiga la del pulpo, también quedas retratado si protestas contra el suyo y sólo contra el suyo. Pero también supone una legitimación del abuso de las instituciones. A este paso vamos a terminar obligando a los funcionarios a hacer campaña. Incluso fuera de Andalucía.

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