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EDITORIAL

Pablo Iglesias es el lastre que hunde a Podemos

Ni Manuela Carmena ni Íñigo Errejón son, desde luego, lo que necesitan Madrid y su comunidad, pero sí han sabido ver que, a día de hoy, Podemos no tiene un pase electoralmente hablando.

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Ni Manuela Carmena ni Íñigo Errejón son, desde luego, lo que necesitan Madrid y su comunidad, pero sí han sabido ver que, a día de hoy, Podemos no tiene un pase electoralmente hablando.
Pablo Iglesias | EFE

Que la espantada que este jueves ha anunciado Errejón coincida con el quinto aniversario de la fundación de Podemos tiene algo de justicia poética: ningún día mejor para hacer evidente que el partido está atravesando su peor momento desde aquel 2014 en el que se lanzaba como, aparentemente, poco más que la idea de un grupo de profesores universitarios y tertulianos.

Es evidente que en la ruptura que ahora se materializado en Madrid hay razones personales y un desencuentro entre los que eran no hace tanto número uno y número dos del partido, además de amigos desde la juventud. Sin embargo, hay mucho más que eso: resulta igualmente obvio que si la lista de Podemos fuese una apuesta ganadora Íñigo Errejón no habría saltado a una fórmula con menos garantías: está claro que si algo ha definido la carrera política del ahora compañero de Manuela Carmena no ha sido, precisamente, el heroísmo.

Cabe preguntarse, por tanto, qué es lo que le ha pasado a un partido que parece completamente agotado pese a tener sólo cinco años de vida y que llegó a parecer que iba a ser la opción predominante en la izquierda, incluso la fuerza política más poderosa de España. Echando la vista atrás, se ven no pocos errores graves, y todos tienen un punto en común: Pablo Iglesias, que no sólo ha ejercido un dominio estalinista sobre el partido, sino que ha tomado numerosas decisiones que se han demostrado estratégicamente incorrectas.

Equivocaciones como no apoyar el pacto entre Sánchez y Ciudadanos o la alianza con IU, que le costaron un millón de votos en las elecciones de 2016; o la radicalización de su discurso posterior, que les ha alejó aún más de la inmensa mayoría del electorado; y, sobre todo, su posicionamiento siempre más cerca del golpismo separatista que de la defensa de la unidad de España, cuando tantos españoles han comprendido que la ruptura de la Nación no era una exageración de la derecha sino una posibilidad muy real.

Entre los peores errores de Podemos se cuentan los que ha cometido el propio Iglesias en algunas de sus decisiones más personales. Su hiperliderazgo ha ahogado al partido y lo ha despojado de sus rostros más reconocibles. Lo de imponer a su pareja como portavoz –y precisamente a costa de Errejón– fue un gesto del que habría sido incapaz cualquier otro líder político. Y la injustificable compra del chaletazo de Galapagar ha sido la gota que ha colmado el vaso para muchos, pues dejó meridianamente claro que el discurso ético pobrista con el que había nacido y crecido Podemos sólo era una enorme mentira.

No hay que llamarse a engaño: ni Manuela Carmena ni Íñigo Errejón son, desde luego, lo que necesitan Madrid y su comunidad, pero sí han sabido ver que, a día de hoy, Podemos arrastra un lastre que lo está hundiendo electoralmente; un lastre que tiene nombre y apellidos: Pablo Iglesias Turrión.

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