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Cainitas en la jungla

Liberales, socialdemócratas, ilustrados y humanistas. Una corriente de aire fresco que invita a inhalar a fondo. Y, sobre todo, a votarlos.

Eduardo Goligorsky
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Inés Arrimadas | EFE

Los mueve el instinto. El instinto cainita. Se ceban en el hermano al que niegan la primogenitura y al que tachan de enemigo, pero no se conforman con él. Están tan ávidos de carnaza que también se abalanzan, cuando los ciega el apetito, sobre los hermanos con los que conviven. Es la ley de la jungla. En este caso de la jungla política.

Más de lo mismo

El duelo entre ERC y Junts per Catalunya, o mejor dicho, entre Oriol Junqueras y Carles Puigdemont, cae a niveles tabernarios. ¿Polemizan sobre la mejor estrategia para conquistar la independencia de Cataluña? Olvídenlo, los acólitos de buena fe. Los dos contendientes y sus estados mayores saben que eso es imposible. Ni infraestructuras para un Estado viable ni reconocimiento de los organismos internacionales. Si esto podían ocultarlo durante la anterior campaña proselitista, ahora ya está al descubierto. Tanto que el Terminator Puigdemont prófugo exhibe sin pudor, desde su República de Saló flamenca, su inquina contra las instituciones europeas, que es inseparable de su hostilidad hacia el Estado de Derecho español. Y ni el penitente Junqueras desde la celda de Estremera ni su belicosa lugarteniente Rovira proponen mejores alternativas de despegue. Gime Francesc-Marc Álvaro ("Demasiadas discrepancias", LV, 11/12):

Las personas que se manifestaron a favor de los Jordis y de los consellers encarcelados viven una unidad a pie de calle que –lo remarco– no existe más allá de su indignación. Cada lista independentista va a su aire. ¿No hay nadie que piense? El espectáculo es absurdo.

En síntesis, la marabunta secesionista se ha dividido en dos bandos cuyo único objetivo es la conquista del poder. Pero no del poder sobre un territorio independiente, pues se ha demostrado que esto es un desatino, sino sobre un enclave parasitario en permanente conflicto con el Gobierno legítimo y con las regiones de su entorno. Una factoría víctima de la fractura social, cultural y económica, y sometida, como es de rigor en estos trances, a un expolio inmisericorde. "Ahora viene una lucha que puede ser larga, de años", se regocija el talibán cupero Carles Riera (LV, 11/12). O sea, más de lo mismo, hasta que de Cataluña solo quede la osamenta.

Un error premeditado

La lectura desapasionada de los resultados de la encuesta que publicó La Vanguardia (10-11/12) invita a pensar que una parte de la minoría (sí, minoría) de ciudadanos de Cataluña que se había dejado engañar por el agitprop secesionista ha recuperado el contacto con la realidad. El 66,4% opina que Cataluña ha salido perdiendo con cinco años de proceso secesionista; y el 64,5 que su imagen exterior ha empeorado. Un 38,3% responde que Cataluña nunca será independiente y un 23,3 que lo será dentro de 10 años o más. Un 77,5 % se siente en su propio país cuando viaja por España. Un 79,9 opina que la situación económica actual de Cataluña es mala o regular. El 68,3% opina que ha empeorado en las últimas semanas por la voluntad de declarar la independencia. Y el 61,9 opina que la afectará, a corto o largo plazo, la fuga de empresas.

Según la encuesta, un 41,9 % opina que Puigdemont sigue siendo el presidente legítimo de Cataluña y el 52,9 opina que no. En su artículo "Viver Pi-Sunyer sale de escena" (LV, 10/12), Enric Juliana, visiblemente comprometido con la candidatura de Puigdemont (ver su artículo "Legitimismo", 8/12), incurre en un error premeditado, tergiversa el resultado y atribuye al fugitivo un 53% de opiniones positivas. Y, de paso, manifiesta ese desprecio por la inteligencia de la masa adicta que es el común denominador de toda la élite secesionista:

Las dos agrupaciones principales del soberanismo catalán, Esquerra Republicana y la coalición electoral Junts per Catalunya, están abandonando el independentismo exprés, sin que su público se dé cuenta, magnetizado por la intensidad de los discursos emocionales.

Emociones manipuladas

En verdad, quien preste atención a los análisis de la campaña que practican los formadores de opinión verá que las referencias a la "emoción" y la "emocionalidad" se repiten en casi todos los textos. Lo cual explica un fenómeno singular que se refleja en la encuesta arriba citada y que disipa en parte la sensación de optimismo que producían sus resultados. Las emociones enturbian el contacto con la realidad. El 72,4% de los entrevistados responde que los indicadores económicos y la fuga de empresas no afectarán su voto. ¡Adiós a la racionalidad! A estos recalcitrantes se aplica el sabio consejo del presocrático Anaxágoras que evocó Josep Antoni Duran Lleida y que no me canso de repetir en estos artículos:

Si me engañas una vez, tuya es la culpa. Si me engañas dos, la culpa es mía.

Más emociones manipuladas: las que ha provocado el traslado de 44 obras de arte desde Cataluña a Aragón. El Terminator prófugo tuiteó un libelo difamatorio contra este cumplimiento de una orden judicial. No entro en la polémica, pero me pregunto cuáles son las incriminaciones y las sanciones penales a las que se han hecho acreedores, guardando las proporciones, los depredadores que, pasándose todas las leyes españolas y el Estatut catalán por el arco del triunfo, provocaron la migración de 3.000 empresas, fuga de inversores, aumento del paro, caída del turismo, baja del consumo, empobrecimiento generalizado, crisis de la convivencia y discriminación etnocéntrica en el sistema de enseñanza. Paletos incultos, despreciaron además los valiosos archivos de la Agencia Literaria Carmen Balcells y de la editorial Tusquets, que fueron a Madrid. Y el saltimbanqui Miquel Iceta pide que lo voten para indultar a los culpables de esta ruina, infinitamente más traumática que el traslado de las obras de arte.

Veredicto lapidario

El 21-D los ciudadanos de Cataluña tendrán la oportunidad de demostrar que solo una minoría ha perdido el oremus y que la racionalidad vuelve por sus fueros. A esta recuperación de la sensatez contribuirá el triste espectáculo que brindan los indeseables fratricidas que se disputan escandalosamente los restos del festín que celebraron, conjuntamente, envueltos en la estelada apócrifa. Es impensable que los ciudadanos los secunden en esta tarea obscena. Cito nuevamente el veredicto lapidario del director de un diario que durante muchos años contribuyó a incubar el huevo de la serpiente (Márius Carol, "Salir de la rueda del hámster", LV, 4/12):

O enterramos el procesismo o cavará nuestra tumba.

Es hasta cierto punto tranquilizador que una publicación que alimenta ideológica y culturalmente a la clase media emprendedora catalana retrate, en solo ocho palabras, la naturaleza necrófila de la republiqueta fantasma que ayudó a gestar, y a cuyos cavadores de tumbas todavía reserva un espacio donde mentir y agraviar. También la directora adjunta, Lola García, abordó el nuevo panorama que han creado las dos bandas de trileros con sus luchas intestinas ("Sobreexcitación emocional", LV, 10/12). E incluso se atrevió a insinuar la existencia de una alternativa racional:

A la espera del desenlace de la batalla por la hegemonía independentista, los últimos compases del procés habrían abonado el terreno para convertir a Ciutadans en una fuerza con aspiraciones de alcanzar la presidencia. Hace cinco años era un partido de nueve diputados, la sexta formación del Parlament. Según los últimos sondeos, pugna por ser la fuerza más votada.

Agujeros negros

Repito: "O enterramos el procesismo o cavará nuestra tumba". Y por "nuestra tumba" debemos entender la tumba de Cataluña. Enterrar el procesismo sería fácil si todos los ciudadanos se desintoxicaran de las emociones que les han inculcado los usufructuarios del caos y recitaran, como un mantra, la lista de los agujeros negros que los depredadores han perforado en el tejido social, económico y cultural que nos abriga.

Tampoco son muchos los candidatos a mantener con vida nuestra sociedad civilizada.

Nadie en el constitucionalismo está libre de pecados, y cuidémonos de los bienintencionados ortodoxos que hacen hincapié en ellos para castigar la fórmula más fiable. En mi caso, si descarto el voto al PP, al que apoyé públicamente en los tiempos heroicos de Alejo Vidal-Quadras, es porque mi laicismo choca con algunos de sus postulados, aunque respeto a quienes los enarbolan. Tampoco votaría al PSC, porque lo veo como el retoño de una nueva CiU. Libre de corrupción y esteladas, pero predispuesto al anacrónico blindaje de la historia, la lengua y la cultura, un trampantojo identitario que ya sabemos como termina. Blando, además, con los golpistas presos y duro con los jueces que los sancionaron.

El crecimiento espectacular de Ciudadanos no es casual, y refleja todos los atractivos de la regeneración basada sobre principios liberales y socialdemócratas compatibles, como explica razonadamente su candidato a diputado Francesc de Carreras (El País, 13/12). Liberales, socialdemócratas, ilustrados y humanistas. Una corriente de aire fresco que invita a inhalar a fondo. Y, sobre todo, a votarlos.

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