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Eduardo Goligorsky

Carta a un compatriota abducido

En Cataluña manda un conglomerado político impregnado de una ideología supremacista que es hija de la barbarie.

Eduardo Goligorsky
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En Cataluña manda un conglomerado político impregnado de una ideología supremacista que es hija de la barbarie.
| EFE

Hola, compatriota (aunque reniegues de serlo) abducido:

He pensado en ti mientras releía el Tratado para la tolerancia, donde Voltaire pasa revista a las atrocidades que unos hombres perpetraron contra sus semejantes a lo largo de la historia cegados por la intolerancia religiosa y política: guerras, rebeliones, matanzas, saqueos, mazmorras, torturas, hogueras, violaciones. Desfilan por sus páginas los actos y discursos beligerantes de emperadores, reyes, papas, obispos, inquisidores, jurisconsultos, nobles y plebeyos. El filósofo ilustrado hace hincapié en que los verdugos de un día podían convertirse en las víctimas del día siguiente, y viceversa. Paganos, judíos, católicos, hugonotes, calvinistas se turnaban en ambos papeles.

La raíz del Mal

Lo sobresaliente es que Voltaire hace asomar, en medio de cada episodio de barbarie, a los predicadores de la tolerancia. Cita a los que se destacaron entre los griegos y los romanos pero, no obstante su fama de ateo, atribuye los mensajes más perdurables de tolerancia –acompañados por contradicciones propias de los tiempos que corrían– al Dios del Antiguo y el Nuevo Testamento, a Jesús, a los Apóstoles, a algunos Padres de la Iglesia y a un puñado de teólogos católicos y protestantes. Sólo los jesuitas y los dominicos salen siempre malparados.

Puesto que el Tratado se publicó en el año 1763, antes de la Revolución Francesa, la lista de bárbaros intolerantes no incluye a Marat ni a Robespierre, y mucho menos a anarquistas, comunistas, fascistas, nazis y otros alucinados de la estirpe sanguinaria cuyo origen se remonta al siglo XIX y que se prolonga hasta nuestros días. Pero la raíz del Mal sigue siendo la misma que exhumó Voltaire: el odio. El odio a la libertad de pensamiento, a la cultura, a la ciencia, a la modernidad y a la fraternidad entre los humanos. O sea, a nuestra civilización. Hoy pululan los bárbaros islamistas que arrasan ciudades, exterminan a sus habitantes y destruyen monumentos, templos, obras de arte y bibliotecas en Asia y Oriente Medio, y que envían sicarios a Europa para asesinar a mansalva a los que ellos llaman infieles.

Catálogo de abominaciones

Tú, compatriota (aunque reniegues de serlo) afincado en Cataluña, te preguntarás por qué te asocio a este catálogo de abominaciones. Tienes razón. Estás muy lejos de comportarte como estos brutos. Todo lo contrario. Eres una persona amable, trabajadora, incluso generosa y solidaria con tus semejantes. Exagero premeditadamente al asociarte a los bárbaros, para captar tu atención. Pero…

Pero el problema consiste precisamente en que en Cataluña manda un conglomerado político impregnado de una ideología supremacista que sí es hija de la barbarie. Una ideología maniquea con la que le han lavado el cerebro a muchos catalanes para que renieguen de su condición de españoles y se encierren en un gueto identitario de chichinabo. La casta que lleva la batuta en este conglomerado utiliza el odio, como sus precursores bárbaros, a modo de pegamento, para aglutinar a la buena gente y convertirla en una masa aborregada, a la que se aparean velis nolis pelotones de gamberros incendiarios, enamorados de la pólvora y nostálgicos de la guillotina. Barbarie pura y dura.

Un buen golpe de hoz

Una vez adoctrinado y abducido por los bárbaros, apreciado compatriota (que te niegas a serlo), te avienes a idealizar a aquellos antepasados cuyos actos inhumanos te horrorizan cuando los encuentras retratados en la literatura o la pantalla. Te han enseñado a ensalzar, desde la infancia, en tu himno, un bon cop de falç, un buen golpe de hoz, cuando en la vida real te repugnaría darlo, o ver cómo otros lo dan. Tú, que deseas lo mejor para tus hijos, te haces cómplice, con tu voto, de quienes sacan la pistola como Göring cuando oyen la palabra “cultura”, unos retrógrados que prohíben estudiar a los niños y los jóvenes, en la escuela pública, la lengua de su patria –que es la tuya aunque lo niegues–, condenándolos a aislarse del inmenso mundo castellanohablante y a vegetar en la inopia aldeana. Asistes, impotente, a la embestida contra el entramado industrial y comercial, la sanidad pública, la educación, los servicios sociales y el entorno urbano de tu amada región, sometida al ordeno y mando de una pandilla de chupópteros que engordan a tus expensas. Barbarie pura y dura.

No te engañes, compatriota (que reniegas de serlo). Tú no eres el único juguete de los bárbaros. Esto sucede en Cataluña merced a un intercambio de favores entre los caciques bárbaros locales y sus equivalentes apoltronados en el Gobierno de España. La barbarie de los inquilinos de la Moncloa no proviene, como la de los jerarcas catalanes, del pasado feudal, sino de calamidades más próximas. Allí están instalados los cabecillas de una confabulación de narcisistas sin escrúpulos, comunistas recalcitrantes, rufianes hispanófobos y albaceas del terrorismo hibernado. Sus planes pasan por el desguace del Reino de España para transformarlo en un mosaico de republiquetas bananeras, con regímenes despóticos incompatibles con la permanencia en la Unión Europea. Barbarie pura y dura.

Rusia, China y los islamistas aguardan la caída de esta fruta madura. O podrida. Dentro de la cual tú habitas, mal que te pese, compatriota abducido.

Europa vela por nosotros

Sorpresa. Voltaire también previó esta degradación y escribió en su Tratado (cap. XXIV, “Postcriptum”):

De modo que cuando la naturaleza hace oír por un lado su voz dulce y bienhechora, el fanatismo, ese enemigo de la naturaleza, aúlla; y cuando la paz se le aparece a los hombres, la intolerancia forja sus armas. Oh vosotros, Árbitros de las Naciones que habéis dado la paz a Europa, decidid entre el espíritu pacífico y el espíritu asesino.

El mensaje está claro y vale para nuestro tiempo. La Unión Europea, que es el actual Árbitro de las Naciones, se ha decidido por el espíritu pacífico, vela por nosotros y se lo ha hecho saber a nuestros alevines de dictadores.

Exorciza el hechizo que te ha abducido, respetable compatriota, y disfruta de los valores de la tolerancia que defendió Voltaire y que enriquecen tu vida en el Reino de España.

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