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Eduardo Goligorsky

La hora del desengaño

En Cataluña también puede triunfar, como en Madrid y mañana en toda España, por la voluntad de sus ciudadanos, la consigna de "Libertad".

Eduardo Goligorsky
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En Cataluña también puede triunfar, como en Madrid y mañana en toda España, por la voluntad de sus ciudadanos, la consigna de "Libertad".
LD

Formulo una pregunta que, a primera vista, y a esta altura de los acontecimientos, puede tacharse de ingenua o incluso estúpida: ¿por qué todavía una minoría de ciudadanos catalanes –que solo representan el 26 por ciento del censo electoral–, ya sean estudiantes, trabajadores, autónomos o empresarios, que no dependen para su subsistencia de las canonjías, favores o subvenciones del entramado oficialista, dedican parte de su tiempo y sus energías a una quimera tan ajena a sus intereses vitales y a la realidad circundante, y que no les reportará ningún beneficio material o moral, como lo es la independencia de una porción de territorio a la que algunos chamanes atribuyen valores impalpables rayanos en el esoterismo? Una quimera, además, preñada de antecedentes ruinosos y de peligros latentes.

Apestan a racismo

Es conocida la respuesta a esta pregunta, y por eso la he calificado de antemano como ingenua o estúpida. Los susodichos chamanes han lavado el cerebro del ciudadano medio catalán desde el parvulario con versiones tergiversadas de la historia que no resisten la investigación académica, con acusaciones de depredación económica que chocan con la evidencia de una riqueza que se remonta a los privilegios del proteccionismo gubernamental, y con apelaciones a raíces milenarias y peculiaridades lingüísticas que apestan a racismo y se contradicen con el mestizaje y el cosmopolitismo de una sociedad abierta, de acogida. Sociedad a la que, afortunadamente, es leal el otro 74 por ciento del censo electoral.

La campaña de adoctrinamiento que desemboca en esta anomalía está impregnada de odio al Estado de Derecho, a la Constitución del 78 y a la Monarquía parlamentaria. Y en el plano local, rezuma odio al nou vingut, al recién llegado, al diferente. Odio que se transforma en autoodio cuando algunos hijos de esos recién llegados reniegan de su pasado colectivo y se convierten en rufianes que actúan con el fanatismo de los conversos.

Pero la casta supremacista desprecia a los advenedizos y hace valer su abolengo cuando llega la hora de ocupar los puestos de mando. Basta hacer un repaso de las listas de gobernantes, funcionarios, parlamentarios y concejales que monopolizan las instituciones. Allí imperan los apellidos de las 400 familias autóctonas de cuyo poder se jactó uno de sus miembros, el hoy preso por delitos económicos Félix Millet. Todos portadores del odio congénito.

Caníbales voraces

El odio que acumulan estos prebostes es de tanta magnitud que sus sobrantes los derraman a raudales en las riñas que los enfrentan entre sí cuando se disputan parcelas del presupuesto de la Generalitat y de los fondos de recuperación. El escandalizado Francesc-Marc Álvaro los pone en la picota, harto de sus grescas fratricidas ("Andreotti en Waterloo", LV, 10/5): "No se trata de simple desconfianza entre socios: es canibalismo".

Este es el trance en que el ciudadano medio catalán debería despertar de su ensoñación inducida. Entonces vería que la carcundia que lo ha timado está compuesta por tribus variopintas de caníbales voraces, como lo atestigua Álvaro, que ciertamente conoce el paño.

El reparto del botín, con profusión de puñaladas traperas, se ha desarrollado en el escenario donde circunstancialmente negocian los capos mafiosos: el locutorio de una cárcel de cinco estrellas colocada, aquí, bajo la complaciente supervisión de la Generalitat. En este caso, los protagonistas, Jordi Sànchez (en representación del prófugo Carles Puigdemont) y el cenobita Oriol Junqueras, están purgando, con sentencia firme, sus delitos de sedición, malversación y desobediencia. Enzarzados en una guerra sin cuartel entre ellos para expoliar en beneficio propio su republiqueta de chichinabo y hermanados únicamente por el odio congénito a la patria común.

Al cónclave han asistido otros cofrades que están en libertad, entre los que sobresale el presidente en funciones de la Generalitat y aspirante al título de presidente efectivo Pere Aragonès, favorito de los pragmáticos y ninguneado por los ortodoxos. Así lo presenta el director del diario de la dinastía Godó (Jordi Juan, "El president ninguneado", LV, 2/5): "Incluso en el caso de que se llegase a un acuerdo, Aragonès ya sufre el desgaste del menosprecio de Junts. Ha sido un candidato ninguneado y puede acabar siendo un president ninguneado". Toma castaña.

Caciques hiperventilados

A los estrategas del "Hoy paciencia, mañana independencia" les resulta difícil meter en vereda a sus caciques hiperventilados. El 2 de abril escribió el editorialista del vocero de las 400 familias, citando un texto suyo, premonitorio, del 28 de febrero: "Esperar hasta el último minuto para cerrar la formación del nuevo Ejecutivo catalán y los apoyos a la investidura sería jugar con fuego". Y añadía: "El problema es la atroz desconfianza entre los mismos partidos que han integrado el Govern presidido por Quim Torra, marcado por la falta de impulso y cohesión". Un esperpento, en síntesis.

Sintomáticamente, estos estrategas trapaceros muestran la hilacha en dos editoriales consecutivos (LV, 1 y 2/5), el primero de ellos titulado "Acelerar los indultos":

Los condenados en el juicio por el procés llevan tres años en prisión. Y el llamado conflicto catalán sigue causando estragos en nuestra sociedad. Urge avanzar para resolverlo. Y un indulto constituiría un paso al frente en esa dirección. Cuanto antes, mejor.

Esto, a pesar de que, según confiesa el editorialista:

Como es fácilmente comprensible, las reiteradas soflamas de algunos líderes independentistas, afirmando que volverían a hacer lo que hicieron, pueden quizá cohesionar a sus seguidores, pero sin duda indisponen a los jueces y constituyen un obstáculo para los gestos de concordia que pueda tener el Gobierno.

¿Indulto, amnistía? Ja, ja, ja. Son los puigdemontistas quienes corean, frente a la sede de ERC, en Barcelona: "Junqueras, traidor, púdrete en prisión" (LV, 11/5). Lo dice el JxCat, no Vox.

En Cataluña como en Madrid

Esta reseña confirma que lo que urge no es insuflar más aire a los hiperventilados mediante indultos, amnistías, revisiones del Código Penal, mesas de diálogo o refuerzos para sus malversaciones crónicas, sino sofocar sus emanaciones de odio con todas las medidas que contempla el sistema legal. Si quieren seguir desahogando el odio acumulado, que continúen haciéndolo recíprocamente en sus interminables torneos de rapiña entre hampones mal avenidos. Hasta que los ciudadanos catalanes que les otorgaron su confianza, desengañados tras comprobar que a estos fariseos solo los mueven apetitos insaciables, ajenos a toda motivación patriótica, los depositen por abrumadora mayoría en la pocilga de la historia con el repudio que merecen.

En Cataluña también puede triunfar, como en Madrid y mañana en toda España, por la voluntad de sus ciudadanos, la consigna de "Libertad".

En España

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