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Eduardo Goligorsky

Los pecados del patriarca caído

La sociedad debe neutralizar y revertir los efectos nefastos de la larga campaña que el pujolismo inició en 1980 contra la convivencia entre españoles.

Eduardo Goligorsky
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La sociedad debe neutralizar y revertir los efectos nefastos de la larga campaña que el pujolismo inició en 1980 contra la convivencia entre españoles.

Sé que nado contracorriente pero me niego a sumarme al coro de quienes denuncian la evasión fiscal de Jordi Pujol y su sospechosa acumulación de bienes aún no cuantificados como el pecado mortal del patriarca caído. Si un empleado díscolo de la banca andorrana no hubiese destapado la olla podrida de sus cuentas secretas, el expresidente de la Generalitat habría prolongado hasta la eternidad la distracción que le impidió regularizar el patrimonio oculto, su farragosa confesión no habría salido a luz y sus catecúmenos habrían continuado aplicando, prietas las filas, el añejo plan secesionista de su venerado oráculo.

Peccata minuta

No, este chanchullo es peccata minuta si se lo compara con el añejo plan secesionista del venerado oráculo, plan que desemboca en una sociedad catalana fragmentada por tensiones cainitas, donde la idealización de mitologías rancias y rencores artificialmente alimentados está acompañada por la demonización de las raíces históricas y culturales compartidas con el resto de los españoles. La educación coactivamente monolingüe, el sometimiento de los medios de comunicación a las obsesiones identitarias y al espíritu del Volkgeist, sumados a la sustitución de los comicios parlamentarios por referéndums incontrolados y movilizaciones de masas regimentadas, nos aproximan peligrosamente a la matriz del totalitarismo. La salida de la Unión Europea y de todos los organismos internacionales está irrevocablemente asegurada si la herencia que nos deja el expresidente de la Generalitat se materializa, con el consiguiente desbarajuste económico y la fatídica desprotección frente al terrorismo subversivo, el yihadismo islámico y las mafias internacionales. Este es el pecado mortal, que convierte, repito, en peccata minuta la defraudación de unos milloncetes.

Ahora, toca a la inspección fiscal y a la Justicia determinar hasta qué punto las transgresiones de Jordi Pujol y sus familiares constituyen delitos, y, en caso de que así sea, cuáles son las penas que les corresponden. Pero a la sociedad le toca un papel no menos importante, que consiste en neutralizar y revertir los efectos nefastos de la larga campaña que el pujolismo inició en 1980 contra la convivencia y la solidaridad entre los españoles. Este es un buen momento para emprender dicha limpieza, porque acaba de pulverizarse uno de los más perversos equívocos que generó el aparato de propaganda secesionista: el que identificaba a Jordi Pujol con la totalidad de los catalanes. ¡Dios nos libre de que así sea!

Nocturnidad y alevosía

Por supuesto, nunca faltaron argumentos sólidos para desmontar la falacia de que todo catalán de pura cepa debía ser nacionalista y, hoy, secesionista. El disidente era "facha", botifler, víctima del autoodio. Dicho sea entre paréntesis: sería mucho más justo aplicar el calificativo de facha a la fortuna aflorada de Pujol, que su padre acumuló durante el franquismo mediante tráfico de divisas, como consta en el Boletín Oficial del Estado del 9 de marzo de 1959. El proyecto secesionista urdido a espaldas de los catalanes, con nocturnidad y alevosía, y aplicado paulatinamente gracias a complicidades imperdonables de los partidos españoles, fue desenmascarado desde el vamos por activistas sociales, intelectuales y periodistas insobornables, sobre los que cayeron los motes infamantes.

La lectura de las casi 700 páginas de Historia de la Resistencia al nacionalismo en Cataluña, de Antonio Robles (Biblioteca Crónica Global, 2013), que ya califiqué de "vademécum de la dignidad ciudadana", reseña minuciosamente la movilización de aquellos catalanes que no se dejaron engatusar por el discurso pujolista cuando el patriarca aún exhibía su fachada aparentemente impoluta. Igualmente ilustrativa resulta la lectura de Paciencia e independencia. La agenda oculta del nacionalismo, de Francesc de Carreras (Ariel, 2014), que recoge los artículos en que este catedrático de Derecho Constitucional retrató las maniobras torticeras encaminadas a convertir en realidad la quimera de la Nación independiente. Hubo valiosos aportes premonitorios de Miquel Porta Perales y Manuel Trallero, sin olvidar la labor pionera de la Asociación por la Tolerancia. Pero, al hacer balance, vale la pena rescatar lo que Arcadi Espada escribió, clarividente, sobre la estulticia con que se comportó la izquierda cuando Jordi Pujol y Marta Ferrusola apelaron a las masas para tapar el escándalo de Banca Catalana (Contra Catalunya, Flor del Viento, 1997):

La izquierda antifranquista pudo denunciar que aquel grito -"Això és una dona le decía el pueblo a Marta" fue entonces el título de mi crónica- era propio de unos alucinados; pudo rebelarse contra el hecho de que Cataluña, gran país, se comportara con semejante vulgaridad política, casi premoderna; pudo reflexionar en voz alta sobre el hecho ya inexorable de que el autogobierno fuera a caer en esas manos caudillistas. Optó por el silencio, por que ese grito pasara casi inadvertido, por no hacer de él un mojón de su fracaso y, en consecuencia, el punto de arranque de su recuperación. Ciertamente, su desconcierto podía explicarse: no lo había previsto, ¡la izquierda antifranquista no había previsto, ni en sus peores y sus más lúcidos sueños, el pujolismo! Habría bastado con que la izquierda no reprodujese la ficción dominante del pujolismo -esto es, que Cataluña era una nación- para que su influencia aumentara. Pero en vez de discutir cada paso dado en la construcción -no propuesta pero real- de esa nación, en vez de discutirlo todo sin temor a quedar fuera de lo nacionalmente correcto, en vez de subrayar los perfiles cada vez más grotescos y amenazantes de la situación, la izquierda se dispuso a participar en una ficción cuyo guión ya había elaborado otro. Aceptó ese guión por incapacidad política, una incapacidad que ya venía del franquismo, de su dubitativo análisis del impacto del franquismo en Cataluña, y de su imprevisión acerca de la capacidad hegemónica del pujolismo. Pero también, no hay que engañarse, la izquierda perdió porque compartía la ilusión fundacional de todo nacionalismo: la diferencia. En sentido profundo, nada separa el "España es diferente" del “hecho diferencial catalán”. Nada: se trata de la misma estocada retórica, del mismo orgullo patético. También en el corazón de la izquierda macera todo eso. En el guión pujolista estaba la mujer modelo y estaba escrito que ese hombre podía sacar a la calle a cien mil valientes en defensa de un asunto privado.

Arcadi Espada reproduce, a continuación, las palabras que pronunció Jordi Pujol el 24 de mayo de 1984, en el primer acto de adhesión que le tributaron pocos días después de su triunfo electoral, cuando el fiscal general del Estado, Luis Burón Barba, presentó la querella por Banca Catalana:

Esta victoria nos la quieren confiscar, destruir, y nos quieren destruir a todos. Esto no afecta sólo a las personas contra las que se han querellado, sino que afecta a todo el pueblo de Cataluña. Nos quieren hacer perder la ilusión, la confianza, la esperanza, el equilibrio, la serenidad, la tranquila decisión de trabajar cada día ilusionadamente.

Depredadores autóctonos

Vista desde la perspectiva actual, la tentativa de involucrar a todo el pueblo de Cataluña en las trapacerías de sus gobernantes transitorios se manifiesta como un derroche de hipocresía y cinismo, agravado por la explotación de la buena fe del ciudadano desprevenido. Por fin se comprueba que lo que denunciaban los falazmente acusados de "fachas" y botiflers era cierto: quienes pusieron en marcha la hoja de ruta del secesionismo desde los centros de poder no eran abnegados patriotas sino depredadores autóctonos que necesitaban la complicidad de una Justicia y una Hacienda endógamas para asegurarse la impunidad.

Ahora, la sociedad catalana deberá estar alerta para evitar que, en medio de la anatematización espectacular del patriarca caído, le cuelen de contrabando la mercancía tarada del secesionismo que éste nos dejó en herencia.

Francesc-Marc Álvaro asume el papel ficticio de Savonarola para consolidar lo que él mismo calificó de "psicodrama tribal" y sermonea (LV, 28/7):

Tengo escrito que una gran contradicción del proyecto soberanista -también regeneracionista- es que dependa en muy buena parte de una formación como CiU, con todos los males y lastres de la vieja política. (…) Los dirigentes de CDC y CiU no tienen otra salida que despujolizar la organización a marchas forzadas, y eso también pasa -como ha insinuado Rull- por la dimisión de Pujol como presidente fundador. Es hora de hacer limpieza y catarsis.

El patriarca caído ya se ha esfumado del escenario. El pal de paller, la viga maestra, se ha podrido y la Casa Gran, embargada por el escándalo Palau, solo acoge a los fantasmas de los expoliadores de postín como Javier de la Rosa, Lluís Prenafeta, Macià Alavedra, Lluís Pasqual Estevill, Juan Piqué Vidal, Fèlix Millet y otros validos del clan Pujol. Pero las semillas ponzoñosas que sembró el patriarca caído, semillas de la insumisión solapada contra el Estado de Derecho y sus instituciones, siguen germinando. Una fauna variopinta de enemigos de la sociedad abierta urde alianzas espurias que amanceban a secesionistas radicales con vándalos antisistema, a demagogos chavistas con monjas rebeldes, a anarquistas trashumantes con yihadistas encubiertos, a granujas incorregibles con buenistas desnortados. Vaya, que si Artur Mas no estuviera cegado por el sectarismo y la megalomanía se daría cuenta de que el monstruo que ha creado será tan despiadado con él y con la sociedad catalana como lo está siendo con su padrino.

La caída del patriarca, cuyo mayor pecado consistió en resucitar los reflejos identitarios de la tribu, puede convertirse en la circunstancia ideal para que la sociedad catalana, moderna, culta y laboriosa, recupere la normalidad y se desembarace de los falsos mesías retrógrados que la están divorciando de su entorno civilizado.

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