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Política ficción para supremacistas

Sería un interesante ejercicio preguntarse qué ocurriría si los más recalcitrantes supremacistas se divorciaran del resto de la sociedad.

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Torra, paseando por Washington | EFE

El espectáculo obsceno que montó en Washington el renegado de su nacionalidad española Quim Torra, parodiando los modales de los pistoleros fascistas de los años 1930 a los que ha dedicado públicos elogios, ha hecho que pase inadvertido el derroche, ahora incontrolado por la complicidad del gobierno entreguista, de cuantiosos fondos públicos invertidos en la logística del multitudinario cortejo que el insolente provocador llevó consigo.

Jeremiada fóbica

Informó la corresponsal Beatriz Navarro ("Folklore y diplomacia en el primer viaje de Torra a Washington", LV, 27/6), que los temas reservados a Cataluña en el Folklife Festival organizado por el Smithsonian Institute eran "plaza mayor, Pirineos, Ateneu, Ramblas". Y el evento debía prolongarse durante diez días al aire libre en la explanada del Mall de Washington con "giganters de Oliana, diables d´Igualada, la tradición de las colles, la Patum de Berga, un cercavila, alfombras florales (catifaires), música, talleres de cocina, baile, artesanías tradicionales". Y los paganosde esta juerga turística de la farándula etnocéntrica, montada como telón de fondo para que el sedicioso regurgitara su jeremiada fóbica somos, como siempre, los vituperados ciudadanos españoles.

Pero el telón de fondo tampoco es casual. Jordi Canal dedica páginas ricas en información de su ilustrativo Con permiso de Kafka a explicar el uso torticero que los propagandistas del nacionalismo hacen de mitos, leyendas, símbolos y tradiciones inventadas para seducir incautos y sumarlos al rebaño. Tras "la reescritura de la historia en clave nacional nacionalista":

La segunda tarea ha consistido en la reelaboración e invención de tradiciones en el sentido que apuntaron Eric J. Hobsbawm y Terence Ranger en un estudio convertido ya en clásico: The Invention of Tradition (1983). Entre finales del siglo XIX e inicios de la centuria siguiente, al tiempo que tenía lugar la emergencia del nacionalismo en Cataluña se asistió a una fecunda puesta en circulación de supuestas tradiciones. Nacieron entonces, adecuadamente recreados en la historia y dotados de indiscutible contenido nacional, los verdaderos y sacros símbolos de la patria, en especial la bandera de las cuatro barras o señera, la sardana considerada como danza nacional, el Pi de les Tres Branques, la montaña mí(s)tica y la virgen de Montserrat, el patrón Sant Jordi, el himno Els segadors y la Diada o día de la patria, el 11 de septiembre. La "causa vencida" de 1714 entraba con fuerza, culturalmente armada, henchida de estrategias de supervivencia simbólica, en el siglo XX.

Otros artefactos culturales, como (…) los castillos humanos en cuanto espectáculo nacional o el burro catalán pertenecen a épocas más tardías o, incluso, al propio siglo XXI. A través de la apelación a las emociones, los símbolos considerados como nacionales contribuyen a generar identidad, permanencia y cohesión, al tiempo que se definen frecuentemente frente a otros, percibidos en ocasiones como contrarios o amenazantes.

Cultura adulterada

Este fue el cargamento de cultura adulterada que transportó a Washington el abigarrado séquito privilegiado que escoltó al testaferro Torra. Pero, ¿esos histriones conchabados eran auténticos mensajeros de una idiosincrasia catalana hegemónica? La respuesta será afirmativa si nos ceñimos a los prejuicios de la omnipotente Elsa Artadi, que exige acatar la voluntad de "los dos millones de catalanes que quieren dejar de ser españoles" y se queda tan fresca, porque su segregacionismo desorbitado niega derechos a los otros 3.550.000 compatriotas que completan el censo electoral y que ella y sus correligionarios consideran intrusos de raza inferior.

Muy distinta es la conclusión si se observa el mundo real a través de la encuesta de GAD3 para La Vanguardia (25/6). Se han formulado muchas especulaciones sobre los resultados electorales que pronostica dicho sondeo. Cada cual sacó las conclusiones que más le complacían, olvidando los cambios radicales de preferencias que se registran en los breves lapsos transcurridos entre una encuesta y otra. Pero muy pocos prestaron atención al factor humano más estable y significativo: el que desvela los sentimientos identitarios, hoy tan explotados para bien y para mal.

Aquí es donde implosiona el modelo de sociedad regido por el supremacismo hegemónico. El 57,3% de los consultados se siente tan español como catalán, más español que catalán o solo español y el 39,7% más catalán que español o solo catalán (el resto no contesta). El 34% habla mayoritariamente castellano en su casa, el 36 % tanto castellano como catalán, y el 29% mayoritariamente catalán. Y lo más esclarecedor: el 81,2 % se siente en su propio país cuando viaja por el resto de España.

Dueños de la tropa

Queda al descubierto que quienes enarbolan la bandera del odio y la discriminación son los racistas que se sienten dueños de la tropa de dos millones de súbditos. A juzgar por la encuesta arriba citada sus filas tampoco son homogéneas y abarcan a muchos ciudadanos que están maduros para retomar los valores de la convivencia. Y es evidente que esa camarilla circunstancialmente usufructuaria del poder no está en condiciones de continuar recluyendo por mucho tiempo a los restantes 3.550.000 ciudadanos en un gueto, como intentan hacerlo ahora.

En este contexto, sería un interesante ejercicio de política ficción preguntarse qué ocurriría si los más recalcitrantes de esos dos millones de supremacistas que no quieren ser españoles tomaran la iniciativa de divorciarse del resto de la sociedad que los supera en número y resolvieran ser ellos quienes, para conservar intacta su pureza, optaran por recluirse en un gueto al que, por razones estéticas, llamaremos taifa.

Lucrativa atracción turística

Siempre dentro del marco de la política ficción, tal vez se podrían iniciar negociaciones productivas si los supremacistas abandonaran la fantasía de ser ellos quienes tienen la sartén por el mango, y presentaran al Gobierno legítimo un plan encaminado a formar, dentro del Reino de España, una red de taifas optativas donde pudieran concentrarse libremente todos quienes desearan vivir como vivían sus antepasados, imitando a los amish anabaptistas de Pennsylvania, anclados en el siglo XVIII, y a los jaredim judíos ultraortodoxos de Jerusalén, absortos en las ensoñaciones bíblicas. En esos asentamientos se blindarían –como proponen explícitamente los supremacistas, el PSC y Podemos– la historia, la cultura y la lengua atávicas, sin atropellar los derechos de quienes no formamos parte de la tribu, como ocurre ahora.

Estas taifas tendrían el incentivo de convertirse en focos de lucrativa atracción turística, como los amish y los jaredim, gracias a la práctica de las actividades pintorescas que promocionó el Folklife Festival y a la venta de productos regionales, como el licor ratafía, que según el catador Quim Torra "nos hace un poco más fuertes" ("Torra celebra la ratafía", LV, 2/7).

¿Que a los supremacistas no les gustará esa forma de vida arcaica emanada de la política ficción? A nosotros tampoco nos gusta, y tenemos que apechugar con sus aberraciones en el gueto –llamémoslo por su nombre– donde ellos nos han recluido contra nuestra voluntad mayoritaria. Hasta que vuelva a regir el imperio de la ley para sancionar a quienes la violen y salvaguardar a quienes la cumplan.

PD: En mi artículo anterior argumenté que nuestros gobernantes entreguistas dicen que llueve cuando los sediciosos les orinan encima. Es evidente que durante la última semana, y hasta el 9-J, los supremacistas aumentaron y aumentarán su ingesta de diuréticos para terminar de ahogar a los peleles bajo un diluvio fétido.

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