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Eduardo Goligorsky

Un episodio revelador

Tarradellas, al que sus enterradores pretenden secuestrar, sabía con qué bueyes araba.

Eduardo Goligorsky
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Al recorrer las páginas del libro Una vida entre burgesos (Proa, 1993), de Manuel Ortínez, en busca de información sobre las actividades del estraperlista y contrabandista de divisas Florenci Pujol, encontré en la "Selección epistolar" del apéndice una carta de Josep Tarradellas a su amigo y colaborador, el periodista Manuel Ibáñez Escofet, fechada el 23 de diciembre de 1976, en la que declara (traduzco del catalán):

Naturalmente, me hacen daño, mucho daño, ciertas actitudes, como la adoptada por el Sr. Jordi Pujol. Las cosas que han ocurrido en este mes de diciembre se cuentan, a mi entender, entre las más graves que he conocido durante mi larga vida en el exilio. En efecto, no puedo admitir –es un hecho muy conocido– las mentiras, las deslealtades, ni confusiones como las que vemos hoy en nuestra casa, encaminadas, naturalmente, a imposibilitar la recuperación de nuestras instituciones, por parte de cierta gente que se dice nacionalista y actúa como adversaria. (…) Al volver a casa he leído los diarios y me he enterado de toda esta gran campaña que ciertos comunistas, junto al Sr. Jordi Pujol, desarrollan de común acuerdo contra la Generalitat de Catalunya y contra mi persona.

El gigante secuestrado

El episodio que narra esta carta resulta especialmente revelador ahora, cuando los continuadores de Pujol, que Tarradellas habría rebajado a la categoría de lo "ridículo" que tanto despreciaba, tienen la desvergüenza de secuestrar la figura del gigante –físico y moral– mezclándola con argumentos torticeros a favor del secesionismo.

Tarradellas se enteró de que en una reunión convocada por el dirigente del PSUC Pere Ardiaca, a la que solo acudieron delegados de siete organizaciones y otros que dijeron representar a CCOO y al PSOE, en ausencia del casi centenar de entidades integradas en la Assemblea de Catalunya y el Consell de Forces Politiques de Catalunya, el secretario general del PSUC, Gregorio López Raimundo, "propuso a un ferviente patriota, con cuyo nombre todos estarían de acuerdo, el Sr. Jordi Pujol, para que fuese el representante de Catalunya". Subraya Tarradellas en su carta:

Fíjese bien. Representante de Catalunya, no de aquella docena de representantes reunidos, sino de Catalunya.

Apoyo de los comunistas

Antonio Gutiérrez Díaz, dirigente del PSUC, se explayó durante media hora sobre las cualidades y virtudes del señor Jordi Pujol, anunció que su partido lo votaría y pidió y consiguió el apoyo de los otros representantes. Continúa la carta de Tarradellas:

El Sr. Jordi Pujol creyó que le había llegado el momento de dar un gran golpe. Aceptó aquella designación, lo cual implicaba aceptar, aunque alguno pudiera ponerlo en duda, que aplicaría la política del Partido Comunista de España. (…) Tenga presente que el Sr. Jordi Pujol es el único político catalán no comunista que se ha entrevistado en distintas ocasiones con dirigentes del Partido Comunista de España, y todo hace pensar, por su actitud, que existen coincidencias entre ellos.

(…)

No quiero insistir en el pasado. La presencia del Sr. Jordi Pujol en París me ha permitido decirle claramente que lo que me parecía muy equivocado no era el hecho de haber aceptado esta representación del Partido Socialista Unificado de Catalunya, ni que se convirtiera en un "mandado", como dicen los castellanos, de este partido, sino que pretendiera hablar en nombre de Catalunya cuando nadie le había otorgado esta representación. Ni lo había hecho la Assemblea de Catalunya, ni el Consell de Partits Politics de Catalunya, ni yo, ni nadie. Él mismo se había otorgado esta representación de acuerdo con la designación hecha por los Sres. Gregori López Raimundo y Antoni Gutiérrez.

Este es el verdadero problema. ¿Hoy en día el Sr. Jordi Pujol cree que puede representar a Catalunya porque los comunistas le dan su total apoyo? ¿Porque lo ponen al servicio de sus fines políticos?

Promesas incumplidas

Tras largas discusiones, Pujol prometió dimitir. Tarradellas le fijó un plazo de ocho días, Pujol pidió más tiempo y acordaron hasta fin de mes. A esta altura de la carta, Tarradellas se felicita de haber exigido que Ibáñez Escofet fuera testigo del encuentro, para lo que tuvo que vencer la tenaz oposición de Pujol.

Si usted no hubiera estado presente hoy podría negar sus afirmaciones. Fue precisamente porque pensé en esa posible actitud suya que insistí en su presencia, que mucho le agradezco.

Pujol prometió incluso que si su partido, Convergència Democràtica de Catalunya, no le permitía renunciar a la representación, dimitiría de la Secretaría General y hasta se daría de baja del partido y se retiraría de toda actividad política. Tarradellas sabía con qué bueyes araba.

Digo todo esto porque, después de sus múltiples declaraciones y de las de sus amigos políticos, todo me hace pensar que el día 31 no habrá dimitido como prometió y continuará esta política, que no tiene nada que ver con su nacionalismo. Se ve que el Sr. Jordi Pujol, que tanta admiración dice sentir por el Sr. Francesc Cambó, olvida que cuando este iba a Madrid no era para hacer de cartero, sino porque lo llamaban para nombrarlo ministro.

Y concluye Tarradellas:

Amigo Ibáñez, soy muy consciente del peligro que representa para la Generalitat y para mi persona, la campaña que está montando el Sr. Jordi Pujol, de acuerdo con los comunistas. El primero, impulsado por sentimientos que no tienen nada que ver con su pasado, y los segundos porque, por móviles políticos, quieren destruirme para lograr sus propósitos.

Calumnias fraguadas en Montserrat

Quienes intentaron obstaculizar el regreso de Tarradellas a Cataluña no fueron los políticos de la Transición española, que lo recibieron en Madrid y pactaron con él, sino los conspiradores agrupados en torno al "mesiánico" (Manuel Ortínez dixit) Jordi Pujol, asesorados por el intrigante Josep Benet, difusor de las calumnias fraguadas en la abadía de Montserrat contra el incorruptible presidente histórico de la Generalitat. El libro de memorias de Ortínez dedica páginas bien documentadas a las hostilidades entre Tarradellas y Montserrat, y a las insidias del subalterno Benet.

En verdad, Josep Tarradellas fue el último presidente de la Generalitat con dotes de estadista, cuya impecable racionalidad le decía que su compromiso con la integridad de Cataluña era inseparable de su compromiso con la integridad de España. Después de él, sobrevino la degradación de las instituciones que se prolonga hasta hoy: abuso de poder, delitos económicos, mentiras flagrantes para ocultar la ruptura inevitable con la UE, demagogia cainita trufada de falacias identitarias, sustitución de la democracia parlamentaria por el pucherazo referendario, manipulación populista de las masas en los espacios públicos, discriminación lingüística, alianzas contra natura con el totalitarismo antisistema y, para culminar, la caída torpe en el ridículo más bochornoso, que el gigante austero habría fulminado con su proverbial severidad.

El escarmiento de la ciudadanía caerá en las urnas –las verdaderas urnas que marca la ley– sobre el somatén golpista que invoca en vano el nombre de Josep Tarradellas. ¡Elecciones ya al Parlament de Cataluña!

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