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Votar no es pecado

Dicen que en España no existen partidos de extrema derecha. Vaya si existen: el secesionismo es más extremista que el lepenismo.

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EFE

La idea no me pertenece. Confieso que he copiado el título de un artículo de Josep Ramoneda ("Votar no es pecado", El País, 23/3). Al leer ese encabezamiento experimenté una sensación de alivio. Imaginé, por un momento, que el filósofo liberal que había conocido poco después de mi llegada a Barcelona, y que en 1982 me había introducido en las páginas de Opinión de La Vanguardia, decidía volver a las fuentes. Y que, desdeñando su condición de apparátchik del Diplocat filibustero, abría una brecha en el bloque totalitario del Catexit y reclamaba elecciones democráticas al Parlamento de Cataluña. Me equivoqué. Seguía refiriéndose al voto degradado y transformado en instrumento viciado del referéndum ilegal.

La Cataluña de Erdogan

Esta tergiversación del significado del voto es lo que me impulsa a retomar el título para devolverle su valor cívico: votar no es pecado cuando los ciudadanos están suficientemente informados de lo que votan, cuando no viven sometidos a una campaña permanente y discriminatoria de propaganda maniquea y, sobre todo, cuando eligen legisladores capaces de debatir y acordar transacciones racionales y no están obligados, esos ciudadanos, a optar entre papeletas binarias donde la polarización excluyente entre el y el no puede abrir las compuertas a desastres irreversibles. Ya sea el Brexit o el Catexit. Sobran las pruebas de que, contrariamente a lo que sostuvo el difamador Puigdemont en Harvard, la que se parece a la Turquía inconstitucional, regimentada, fraudulenta y referendaria de Erdogan no es la España de Rajoy sino la Cataluña que el mismo Puigdemont cogobierna con la estrafalaria CUP.

Cuando el que llama a votar es un régimen autocrático que ha convertido las mentiras rampantes en el catecismo cotidiano, y cuando el ocultamiento de los medios deleznables que se están empleando en la operación, por un lado, y del desenlace nefasto que esta tendrá, por otro, pervierten todo el proceso, es lícito denunciar el pecado, no del votante sino de los sinvergüenzas que han montado la farsa.

En el artículo de Ramoneda no aparece ni por asomo la voluntad de hacer competir en las urnas –de metacrilato y no de cartón– a los candidatos de los partidos secesionistas con los de los partidos constitucionalistas. El texto es un panegírico crudo de la soflama que nos endilgaron Carles Puigdemont y Oriol Junqueras ("Que gane el diálogo, que las urnas decidan", El País, 20/3), escrito de espaldas al sistema parlamentario de las democracias occidentales y con la mirada puesta en los trampantojos referendarios del populismo totalitario.

Sí a la tribu

Dato curioso: el mismo Ramoneda parece retomar el pensamiento humanista de antaño cuando aborda lo que sucede en Francia ("Triunfalismo sospechoso", El País, 18/3). Explica en él:

La extrema derecha ha conseguido que las campañas electorales giren en torno a su agenda. (…) Lo estamos viendo en Francia, donde las cuestiones identitarias (y la corrupción) dominan el panorama político.

Sustituyamos la agenda de la extrema derecha por la del secesionismo, igualmente enfrascado en las cuestiones identitarias, y tendremos un retrato fiel de lo que sucede en Cataluña. O sea, de lo que Puigdemont, Junqueras y también Ramoneda pretenden ocultar. Con el añadido de una mención a

los discursos de exclusión con que se pretende encauzar el malestar por la incertidumbre sumando a la brecha social la brecha cultural.

Cuestiones identitarias, discursos de exclusión, brecha social, brecha cultural… ¿cómo es posible que Ramoneda no se dé cuenta de que las lacras que atribuye, con razón, al lepenismo son las mismas que cultiva con perseverancia el secesionismo? Eso sí, Marine Le Pen acepta las reglas del juego y se somete a la prueba de las urnas de metacrilato, en tanto que Carles Puigdemont y sus socios agotan las triquiñuelas del vademécum totalitario para conjurar el fantasma de las elecciones parlamentarias que ellos temen convocar y perder.

Dicen que en España no existen partidos de extrema derecha. Vaya si existen: el secesionismo es más extremista que el lepenismo porque funda su autoridad en su capacidad para movilizar a la masa en las calles y no en la conquista de mayorías propias de legisladores, razón por la cual nuestros extremistas de derecha se alían con otros extremistas, esta vez de izquierdas. El paleoencéfalo cainita los guía y ellos se juntan para votar sí a la tribu y no a la comunidad civilizada. Este voto es peor que un pecado, es una regresión teledirigida a la caverna.

Caricatura de la posverdad

Cegado por la dedicación preferente al Diplocat, Ramoneda escribe "Votar no es pecado" como si su público estuviera compuesto por conserjes y bedeles de las instituciones europeas –los únicos que atienden, por obligación, a estos enviados– y no por lectores españoles bien informados. Por eso adjudica al artículo de los dos gerifaltes una intención esclarecedora que en el mundo real solo podría impresionar a los catecúmenos más dóciles del rebaño. Sostiene Ramoneda que dicho artículo

pretende cargarse de razones ante un previsible choque, especialmente de cara a Europa: los que no quieren dialogar son los otros. Exhibe unidad del Gobierno catalán, en un momento en que abundan los rumores sobre las tensiones entre los socios de Junts pel Sí, con el PDECat en busca de autor y de guión, y con Esquerra al alza. Y mantiene vivo el compromiso de convocar el referéndum ante su gente, pero también como instrumento de presión.

Dada su inserción en el Diplocat, el autor de esta elegía sabe que en Europa ni los citados conserjes y bedeles quieren oír hablar de los delirios separatistas. Y en Estados Unidos tampoco, salvo algún lobista profesional, amigo de Putin y de las largas juergas nocturnas. En cuanto a la exhibición de unidad para disipar rumores de tensiones, está demostrado que de la colaboración entre dos mentirosos nunca puede salir un relato veraz sino una caricatura de la posverdad.

Puñaladas traperas

La prensa situada en el foco del proceso y atenta a cómo sopla el viento porque de ello depende en buena medida su supervivencia desvela lo que el lenguaraz del Diplocat tiene la obligación de esconder. O sea, que detrás de la máscara de unidad se oculta un intercambio de puñaladas traperas entre rivales que se disputan el poder lucrativo. No los mueve el patriotismo sino la ambición de convertirse en amos y señores de un feudo anacrónico donde sus intereses estén por encima de la ley. ¡Ay de los crédulos que todavía les siguen la corriente rumbo al abismo!

Escribe Lola García, directora adjunta del diario ("El sambenito de traidor", LV, 9/4):

En el PDECat y ERC son cada vez más conscientes de la dificultad de celebrar una consulta con mínimas garantías, pero nadie se atreve a confesarlo en público ni a adoptar otra salida porque ambos partidos se disputan cuál de los dos apechugará con el sambenito de traidor.

Isabel Garcia Pagan y Alex Tort lo ratifican (LV, 13-14/4):

La serie de desacuerdos de esta semana ofrece una imagen de desconfianza interna que puede haber dejado tocado al Govern, según admiten fuentes del Ejecutivo.

Y el editorial de ese mismo día lo remacha con un título explícito: "Desavenencias y secretos". Subraya que "las desavenencias entre PDECat y ERC son un secreto a voces" y que "los desencuentros entre exconvergentes y ERC vienen de lejos". Enumera las contradicciones por la compra de urnas y la contratación de parados y advierte de que "esos roces que se quieren ocultar no solo existen sino que pueden reproducirse en el futuro próximo, puesto que las diferencias son múltiples". Y para colmo "hay también diferencias intestinas en tales partidos. En particular en el PDECat".

Acabar con esta podredumbre

El secretario de organización del PDECat, David Bonvehí, amenazó públicamente con llevar a la Fiscalía una querella contra ERP por "delitos contra la intimidad y el honor" (LV, 15/4). ¿La causa? ERC podría haber filtrado a eldiario.es una conversación privada entre Bonheví y algunos correligionarios, grabada clandestinamente, en la que este planteaba una alternativa autonomista al secesionismo puro y duro. El esperpento no cesa: los salvapatrias que libran una guerra de calumnias contra la justicia española, acusándola de parcialidad, y se jactan de desobedecerla amagan con pedirle amparo cuando se enzarzan en una disputa tabernaria dentro de su propio contubernio.

Hoy, casi no queda ningún formador de opinión que no haya recuperado, en relación con el proceso secesionista, la famosa frase de Josep Tarradellas: "Todo se puede hacer en política, menos el ridículo" (mucho más citada que aquella otra muy elocuente que pronunció en Morella el 14 de junio de 1979 sobre la necesidad de "dar un golpe de timón" al rumbo político de España). Pero es hora de reconocer que el proceso ya ha traspasado la frontera del ridículo y ha entrado en una zona cuyas emanaciones envenenan a la república de pacotilla: la zona donde se pudren sus componentes protagónicos. Votar –¡ya mismo!– un nuevo Parlamento catalán para acabar con esta podredumbre no es pecado. Es un imperioso deber cívico.

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