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VENEZUELA

Cisma en el chavismo

Desde que el presidente Hugo Chávez manifestó abiertamente que es marxista leninista (y, por lo tanto, comunista), comenzaron a producirse deslindes internos en las fuerzas chavistas.

Jesús Seguías
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La renuncia del vicepresidente Carrizales, la aun no bien aclarada intención de colocar generales cubanos al frente de guarniciones venezolanas, la decisión de eliminar las ganancias y utilidades en las empresas del estado, la presión extrema para eliminar todo rasgo capitalista de las empresas públicas y convertir las comunas en unidades productivas que reemplacen a las grandes corporaciones y empresas estatales han hecho del chavismo una olla de presión al borde del estallido.

El presidente Chávez llegó a la última estación de su largo trayecto gubernamental de 10 años. Ya no es bolivariano, ya no es de la Tercera Vía, ya no es socialista del siglo XXI (concepto que nunca supo explicar correctamente). Ahora es definitivamente marxista leninista, militante del socialismo real (es decir, totalitario), y no cree en las empresas que generen ganancias y utilidades. El estado paga la cuenta.

De acuerdo a su nuevo concepto económico marxista, las empresas públicas –comenzando por Pdvsa– ya no deben vender sus productos para generar ganancias, lo cual significa que venderán al costo y no habrá excedente para pagar las utilidades y los bonos de productividad a los trabajadores.

Como nadie en su gabinete, ni en su partido, ni en las gobernaciones ni en las alcaldías entiende una papa de este bodrio marxista que quiere imponer a juro, Chávez tiene a todo el mundo en estado de shock. A García Carneiro, gobernador de Vargas, le rompió en la cara unas cartas de intención según las cuales algunos inversionistas europeos iban a rescatar en ocho meses los hoteles del Litoral que llevan destruidos años y más años. "Esos hoteles tienen que ser para el pueblo, no para los turistas pitiyanquis; no necesitamos a esos turistas, que sean las comunas las que rescaten esos hoteles", le habría dicho, en medio de su ya normal iracundia.

A Henry Falcón, gobernador de Lara, lo quiere obligar a reprimir a los estudiantes. No quiere que dialogue y busque la paz, sino que responda con firmeza ante las "amenazas desestabilizadoras de la oposición" (ve conspiradores y a la CIA hasta en la sopa). Cree que Falcón no es leal y puede saltar la talanquera en cualquier momento. Ya lo trata como a un gobernador de oposición.

Chávez impone decisiones en el PSUV sin consultar a la dirección nacional. Se reservó para sí casi todo el presupuesto correspondiente a las misiones sociales, que antes manejaban gobernaciones y alcaldías. Da órdenes tajantes a la Corte Suprema de Justicia, a la fiscal Ortega Díaz, al contralor Russian. Insulta públicamente a ministros (lo de Diosdado Cabello y Rafael Ramírez da pena ajena); a Carrizales le insultó y responsabilizó de los cortes eléctricos de Caracas que casi ponen al gobierno al borde de un 27 de Febrero (fue la gota que desbordó el vaso). 

Desde hace un buen tiempo vengo diciendo que el presidente Chávez ha sido dueño del discurso mas no del gobierno. El poder real en Venezuela está en manos de gentes que se definen como chapistas y fingen obedecer todas las órdenes de Hugo Chávez pero que terminan haciendo lo que convenga a sus intereses personales. Es decir, todo lo contrario.

Por eso no arranca el gobierno, y por eso Chávez se desespera y opta por los insultos y las agresiones a sus subalternos. Da órdenes desaforadas, pero nadie le sigue los pasos, nadie le escucha. La impotencia lo consume, al ver cómo se le viene abajo todo el país, sin resultados, sin obra de gobierno. Ordena leer El Capital de Marx, pero nadie le secunda... porque él tampoco se lo ha leído.

El poder de convocatoria de Chávez ya es casi nulo. Las concentraciones que convoca están conformadas por asalariados del gobierno. De los 7 millones de militantes que el PSUV tenía hace dos años, apenas fueron a votar en las últimas elecciones internas menos de un millón. Esos son sus votos duros: el 6% de los 17 millones de electores del país. Los pueblos se cansan hasta de los buenos gobiernos, y éste no es precisamente el caso.

Hugo Chávez ya está sintiendo el sol en la espalda. Ya siente la soledad. Ve traidores por todas partes. La paranoia lo paraliza. Amenaza con llegar hasta el final con su cementerio de ideas muertas, y quiere forzar a los suyos a enterrarse con él en la fosa de la historia. Sabe que es el máximo responsable del desastre gubernamental, pero quiere endosar la culpa a sus subalternos, con cuyos miedos juega: les dice que si él se va, irá preso, pero también caerán todos sus ministros y seguidores.

Ya se está programando la estampida interna. Todos en el chavismo saben que a Chávez se le pasó la mano, y que ese gobierno totalitario no es lo que querían para Venezuela. Muchos aspirantes a diputado están esperando al mes de septiembre, pues tratan de conservar algo del poder. Gobernadores y alcaldes ya sienten que el gobierno perdió toda capacidad de gestión. Se agotaron las respuestas y los reales. Es decir, Hugo Chávez ya no les es útil. Ya no es el portaaviones de antes. Comienza a parecerse más bien a un submarino. Es el principio del fin. 

Ruego a Dios que lleguemos al año 2012. Es lo mejor para el país, para los opositores y para el mismo pueblo chapista. Unidos todos, tratemos de rescatar el país de la mayor catástrofe gubernamental de su historia. Voto a voto y no bala a bala.


© Diario de América

JESÚS SEGUÍAS, presidente de Política América Group.
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