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Casado, Rivera y la España que no se resigna a morir

La brillante oratoria de Casado y Rivera contra el Gobierno de Sánchez deja por primera vez claro el deslinde político nacional: golpistas y antigolpistas.

Rara vez se ofrece a los representados la ocasión sentirse orgullosos de sus representantes políticos. Este miércoles sucedió. Los discursos de Casado y Rivera contra el Gobierno de Podemos que preside Falconetti y administra desde la cárcel el golpista Junqueras fue una de esas ocasiones.

Del discurso de Casado se han resaltado muchas cosas, excepto una: la aplastante superioridad intelectual que exhibió el joven presidente del PP en el Hemiciclo. La campaña para presentarle como un analfabeto al que le regalaron sus títulos continuará, porque así es la Izquierda, pero nadie, que yo recuerde, ha hecho un primer discurso semejante en la tribuna, de casi media hora, sin mirar un papel ni errar un número, una fecha o una cita de esos acuerdos europeos donde suelen naufragar la memoria y la paciencia.

Hace un par de años hizo algo parecido Rivera, excelente orador que ganó premios de joven, pero al que le faltaba un rival serio con el que medirse. Ya lo tiene. Los dos líderes del centro-derecha en España -a la espera de la entrada en las Cortes de Santi Abascal- están tan por encima de las demás tribus de culiparlantes parlamentarios, que van a tener que disputar una liga ellos solos, como Messi y Cristiano en la última década de oro futbolística.

O se está con el Golpe o contra el Golpe

La ventaja de tener el grupo mayoritario en las Cortes es que cabe decidir los asuntos a debatir, obligando a contestar a los que intervienen después. Esa ventaja que nunca usó Cobardiano Rajoy, siempre esperando a lo que hicieran los demás, la aprovechó perfectamente Casado al poner el acento en lo esencial del momento político: el Golpe de estado en Cataluña y la abierta complicidad con él del Gobierno y Asociados, demostrada en la visita de Iglesias al recluso Junqueras para negociar los Presos-puestos, porque nunca se ha negociado ni se tiene interés en el Presupuesto, sino en sacar de la cárcel a los separatistas presos tras el Golpe de Estado de 2017.

Por eso fue decisiva, por su contundencia y claridad, la acusación de Casado a Sánchez de ser "partícipe y responsable de un Golpe de Estado". A partir de ahí, y de la forma de acusar el golpe por parte de Sánchez, esa es la cuestión a debatir en la política española. Y como Rivera se negó a desmarcarse de Casado y abundó en las acusaciones a Sánchez, quedó por primera vez claro el deslinde político nacional: golpistas y antigolpistas. Al día siguiente, Carmen Calvo gemía y confirmaba: "¡no, no hubo rebelión!".

El Gobierno Falconetti y sus terminales mediáticas llevaban así al extremo su hipocresía y ruin deslealtad al régimen constitucional: fingían escándalo porque les llamaban golpistas pero obedecían a Junqueras y le servían lo que había pedido: presionar desde la abogacía del Estado a la Fiscalía para anular el cargo de rebelión, un delito contra la Constitución, y limitarse al de sedición, que lo es sólo contra el Orden Público y acarrearía una pena más leve y más fácil de indultar antes de las elecciones generales.

El papel esencial de Rivera

Pero cuando te han llamado golpista en el Parlamento es más difícil favorecer el Golpe sin que se note. Por eso los medios golpistas están que muerden con Casado y el Asador Tezanos sirvió de inmediato una encuesta dizque del CIS en la que aparece como menos popular que Pablo Iglesias, algo que ni siquiera Monedero ha conseguido. Empeño inútil. La acusación ha hecho daño porque es verdad y vale más porque no sólo compromete al acusado sino al acusador. Este ya no es PP de Rajoy, haciendo como que no se entera del golpe de Estado para no combatirlo. Pero Casado no ha quemado sus naves como líder del PP. Las ha fletado como líder nacional.

Pero he insistido en estos días, tanto en la radio como en El Mundo, en que la fuerza de la posición de Casado se basa también en la de Rivera. Si el líder de Ciudadanos, que habló tras Casado y Sánchez, hubiera cedido a la tentación centristoide y equidistante ("ni la derecha dura ni la izquierda radical") el PP se habría quedado solo en el Parlamento, si acaso con cierto apoyo exterior de Vox. Pero al enfrentarse Rivera de forma contundente a Sánchez, y responder éste llamándoles "mellizos", eran los dos partidos del centro y la derecha en el Parlamento, además del emergente de Derecha fuera de él, los que se perfilaban y eran percibidos como un frente unido de resistencia nacional contra el golpe de Barcelona y sus aliados en Madrid.

Estamos ante una Revolución

Es difícil no recordar los discursos de Gil Robles y Calvo Sotelo en vísperas de la Guerra Civil denunciando al Gobierno del Frente Popular y su política de exclusión criminal contra la España de centro y derecha. En esos discursos sobresale, tras la enumeración de las atrocidades del Gobierno y los partidos que lo sostenían, la frase de Gil Robles: "Media España no se resigna a morir". La situación actual parece mejor. No hay facciones del Ejército, la Guardia Civil o la Policía, salvo las cloacas de Interior, dispuestas a someter desde las logias y por la fuerza a esa España que se niega a la esclavitud y la disolución. A cambio, la Revolución -y el Golpe de Estado de Sánchez, Iglesias y Junqueras es eso: la Revolución- tiene una potencia mediática mucho mayor que en el 36. Y el centro y la Derecha, de la que ha desertado la Iglesia Católica, muchísimo menor.

Por eso resulta siniestro que el PP se abstenga cuando la Diputación de La Coruña, para quitar mezquinamente su nombre a un instituto, llama "responsable de la guerra civil" a Calvo Sotelo, asesinado por escoltas de Prieto días antes de que empezara. No cabe seguir fingiendo que la condena del franquismo no es lo que es: el primer paso para liquidar la monarquía parlamentaria. Si están con el Rey y la Nación, ni Casado ni Rivera pueden aceptar la condena de la media España nacional. Y eso es la profanación de la tumba de Franco, aplicación perfecta de la Ley de Venganza Histórica.

En fin, lo importante es reconocer, para poder empezar a combatirlo, que este Gobierno ha dejado de ser un anuncio electoral. Es el pasquín de una revolución que quiere extender el Golpe de Estado en Cataluña a toda España. Su jefe nominal -el real es el comunista venezolano Iglesias-, el Dr. Fraude hará lo que sea para alcanzar un poder personal sin límite y sin freno. Hace cinco meses decía que lo de Cataluña era, sin duda, un acto de rebelión; ahora jura lo contrario. Sostendría que el PSOE no es su partido ni España su país ni conoce a Begoña Gómez. Y sólo mentiría en lo último.

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