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Lo que ya ha cambiado Andalucía

Al final ha sido un acto de valor, casi suicida, lo que ha dado a VOX la posibilidad de ser algo más que la fantasía mediática del populismo atroz.

Puede que, en Andalucía, al contar los votos esta noche, parezca que no ha cambiado nada. La paupérrima campaña, con candidatos mediocres, si no hay grandes sorpresas parecería encauzar hacia el arenal de siempre lo que se barruntaba torrente de expectativas y esperanzas. Sin embargo, la campaña andaluza ha cambiado muchas cosas ante lo que será su inmediata continuación: las elecciones generales. Veamos cuáles son esas novedades.

VOX nació en Cataluña y echa a andar en Andalucía

La novedad fundamental es VOX. Salvo batacazo monumental -no sacar ningún escaño o sólo uno, y a última hora-, toda la campaña ha girado en torno a ellos. Y ha sido la audacia de haberse presentado sin la menor infraestructura electoral lo que ha permitido entrever sus posibilidades. El viernes le pregunté a Abascal, que tanto ha madurado en la lucha y apenas recuerda a aquel muchacho acogido a la hospitalidad de Esperanza Aguirre tras la canallesca demolición del PP vasco por Rajoy y sus esbirros, qué les decidió a presentarse cuando precisamente el éxito aconsejaba no correr el riesgo. La respuesta, aunque imaginada, no fue menos interesante; después del éxito de Vista Alegre, no podían dejar de ofrecerse en Andalucía como una fuerza que venía a disputar la primacía de la representación nacional. O sea, que al final ha sido un acto de valor, casi suicida, lo que les ha dado la posibilidad de ser algo más que la fantasía mediática del populismo atroz.

Lo único indiscutiblemente populista de la campaña de VOX ha sido, justamente, la reacción desmesurada, disparatada y sectaria de los medios. Y si en muchos países el triunfo del populismo está siendo el del rechazo a la dictadura política y, sobre todo, mediática de lo políticamente correcto, en España se ha producido, al menos, la primera parte del fenómeno: el injusto tratamiento de propuestas normales como si fueran inmorales, racistas, sexistas, anticonstitucionales y demás sambenitos progres.

El populismo, recreación mediática

Con una diferencia con respecto a Brasil, Alemania o los USA: lo que en España defienden los malos es la legalidad que atacan los buenos. Es pasmoso ver a las terminales mediáticas de un Gobierno de socialistas antiespañoles, bildutarras, golpistas catalanes y comunistas venezolanos bramar contra un partido que defiende la base esencial de la Constitución, que es la soberanía nacional del pueblo español, y denuncia las flagrantes vulneraciones, nacionalistas y autonómicas, de los derechos fundamentales.

Pero si era más que previsible la reacción populista en los medios de izquierdas demonizando como "populismo" lo que, en muchos casos, es la simple reacción ante las catástrofes provocadas por el buenismo occidental, confieso que me ha sorprendido la virulencia, para mí absurda e irracional, de varios columnistas y creadores de opinión, socialdemócratas o liberales, a los que yo aprecio mucho y que suelen alinearse con Ciudadanos o el PP en la defensa de la nación y sus libertades, pero no de forma incondicional. Leyendo alguna diatriba disparatada, sobreactuada o hiperventilada, uno tiene la impresión de que para los defensores del patriotismo constitucional VOX se ha metido sin permiso en una casa arruinada, pero cuyos orgullosos guardeses han colgado el fatuo cartel "Reservado el derecho de admisión".

Los cambios de discurso

Sin embargo, la gravedad de la situación nacional, que se deteriora por semanas, casi por días, debería llevarnos a ver con simpatía a cuantos vienen a defender lo que el PP y Ciudadanos no defienden o defienden mal. De hecho, uno de los efectos de la voxización de las elecciones andaluzas ha sido el de imponer en el debate político asuntos que parecían proscritos para siempre, como la inmigración ilegal y la Ley de Violencia de Género.

En la última semana de campaña, el discurso de Casado era casi el de Abascal en la primera. Y lo que ambos dicen está lleno de sentido común. También la defensa por parte de Ciudadanos de la unidad nacional, que ha corrido a cargo de Inés Arrimadas, la Agustina de Aragón contra el Golpe, ha sido, lógicamente, muy parecida a la de Abascal. ¿Podía ser otra cosa? Lo que ha logrado la irrupción de Vox en la campaña andaluza es centrar el debate en asuntos sociales, en su vertiente política, más que partidistas. En parte, era lógico, porque Vox está inédito en una plaza donde los mismos llevan toreando a los mismos cuarenta años; y en parte, ha sido el mérito de abordar problemas que el periodismo considera tabú, facha o desagradable.

Los tres partidos del centro-derecha tienen que ganar y que perder en estas elecciones, pero no lo van a hacer por separado. De hecho, hay datos que apuntan a una complementariedad evidente: si Ciudadanos capta votos del PSOE, y no sólo del PP, VOX capta, según las encuestas, votos de PP, Ciudadanos… y Podemos. La fortaleza del PSOE está asediada por el centro y por la izquierda, porque hay 300.000 nuevos votantes que acaso hace tres años hubieran ido masivamente a Teresa Rodríguez y ahora podrían ir a VOX.

El PP tiene poco (más) que perder

El partido que más tiene que perder es, aparentemente, el PP. ¿Pero puede perder algo que no hubiera perdido ya? Sin expectativas de triunfo, con un candidato que es la viva prueba de la selección lerda del sorayismo, con Ciudadanos jugando en el campo de la responsabilidad y la rebeldía, el PP no ha existido en la campaña. Sólo ha existido Pablo Casado. Nada más. Pero no por "exceso de protagonismo", como dicen los gremlins rajoyanos, sino porque no había otro protagonista posible. Lo que saque, o sea, lo que salve el PP, se lo deberá a su joven presidente. Rajoy ha dejado un erial. La cuestión es qué hacer con los pecios del partido de Aznar, náufrago desde hace diez años en las arenas movedizas de una burocracia a la que le daba lo mismo ganar que perder porque, si se metía en las listas, salía colocada.

La rectificación -poco convincente, tras lo de Cosidó- del desastre en el CGPJ habrá limitado el posible "efecto Casado" en la migración del voto del PP a Vox. Pero viendo el entusiasmo del votante voxista es imposible imaginarlo votando al PP de Arenas. Dentro de algún tiempo, si Casado es capaz de crear un equipo intelectualmente sólido y que siembre el terror en las taifas autonómicas que aún conserva el PP, es posible recuperar un tipo de votante o captar otro nuevo. Hoy por hoy, lo único que cabe esperar es la limitación de daños y el diseño de una estrategia clara de supervivencia.

¿Pero de supervivencia política o de partido? Hace ya dos años que Aznar dijo que había que crear un nuevo espacio político que tuviera en cuenta la fragmentación del voto de centro-derecha. Si eso estaba claro por la existencia de Ciudadanos, más debería estarlo con la de Vox. El jueves, en la entrevista que le hice a Casado, dijo algo que ha pasado inadvertido, pese a ser, a mi juicio, absolutamente esencial. Dijo que lo importante no eran las siglas, sino el servicio instrumental de un partido a los ciudadanos. Eso supone que el PP, si el deterioro electoral de este domingo es mucho o poco tiene ante sí no sólo una reorganización que no tenga que ver con las alianzas del congreso que lo eligió presidente sino con la recomposición del centro-derecha, cuyo primer diseño va a salir, precisamente, de Andalucía.

La Izquierda abandona la Nación a la Derecha

Y hay un cambio andaluz, en la derecha y la izquierda, que marcará indeleblemente las próximas elecciones generales, que lo serán de régimen: la derecha está actuando en clave nacional, sin tentaciones cedistas. En cambio, la Izquierda ha abandonado definitivamente la Nación como marco político y se limita a conservar, defender o fundar taifas a costa de España. El perfil nacionalista andaluz del PSOE y de Podemos, coherente con su apuesta desintegradora junto a los separatistas catalanes y vascos, deja en manos de la Derecha un factor clave en unas elecciones generales sin duda dramáticas: sólo con la Derecha en el Poder cabe imaginar la defensa del Estado de Derecho, de la monarquía parlamentaria y de la propia Nación. El miedo, decía antaño Pablo Iglesias, puede cambiar de bando. Debería.

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