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CRÓNICA NEGRA

Asesinos en serie, en USA

Acabo de regresar de un viaje a los Estados Unidos, adonde he ido a hablar de los peores criminales de todos los tiempos. Me han invitado, en un viaje lleno de respeto y atenciones hacia mi persona, con un claro objetivo: aportar información sobre asesinos en serie en la tierra de los asesinos en serie. No está nada mal, para un investigador que lleva treinta años haciendo acopio de datos sobre el crimen y los criminales.

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Vengo impresionado. Lo mejor fue la cita en uno de los grandes programas de TV de la poderosa Univisión, emisora de habla hispana con puntas de audiencia de 20 de espectadores. Estoy deslumbrado por algunos de sus grandes comunicadores: Don Francisco, Jorge Ramos, Neida Sandoval… y tantos otros. ¡Qué bien lo hacen!
 
Hablamos de los criminales que disfrutan dando muerte, exhibiendo su capacidad de ostentar el mayor poder, el de quitar la vida; sólo superado por el inconmensurable de devolver la existencia a los muertos. Esto último, como diría Elías Canetti, no está al alcance de ningún asesino.
 
El propósito era claro: facilitar la prevención de la peor delincuencia. Arrancar el veneno a la cobra para fabricar el antídoto. Los buenos periodistas de Univisión tenían disponible una entrevista con uno de los condenados contemporáneos, el mejicano Ángel Maturino Resendez, conocido como el Asesino del Ferrocarril. ¡Qué distinto a nuestro país, donde los grandes criminales se pudren en sus celdas sin ser analizados, sin que se les ofrezca la oportunidad de rendir el más importante servicio que está en su mano: facilitar la extinción de su propia especie! El caso es que en USA eso es posible; y hasta frecuente.
 
En unos pocos días vi al Asesino de Green River contar su visión del mundo, en la NBC, y también a Reséndez crear su propia leyenda, en Univisión. Este último fue preguntado de forma directa y cortante: "¿Ha matado usted a las trece personas de las que se le acusa?". "No –dijo con una helada sonrisa–. Fueron más. Muchas más". "¿Está arrepentido de lo que hizo?". "No", afirmó descarado y retador.
 
Se trata de un episodio perfectamente compatible con la forma de actuación de esta tipología delincuencial. He escuchado muchas veces a mi respetado amigo el doctor José Antonio García-Andrade, psiquiatra forense, cómo en una ocasión en la que coincidieron, en el psiquiátrico penitenciario, Manuel Delgado Villegas el Arropiero y José Antonio Rodríguez Vega el Mataviejas, competían para ver quién había matado más.
 
El Asesino del Ferrocarril.Reséndez está condenado a muerte por haber abusado y eliminado a la doctora Benton, y debería haber sido ejecutado, con inyección letal, según lo planeado, el 10 de mayo; pero ha logrado un aplazamiento. En sus impulsos alienta una perversión sexual, y también la búsqueda del trabajo bien hecho. Se esmera en el horror. Es un sin papeles, un inmigrante ilegal que aprovechaba para robar a la vez que satisfacía su ansia de poder supremo. Nada que ver con el atildado Ted Bundy, el serial killer por excelencia: buen estudiante, inteligente, guapo y sofisticado. Sin embargo, son dos lobos de la misma camada.
 
En Estados Unidos descubrieron a los asesinos de repetición y los bautizaron, pero en realidad este tipo de depredadores ha existido siempre y se ha dado en todos los países. En el nuestro encontramos, como muy representativos, al Hombre Lobo de Allariz, al Sacamantecas de Vitoria, a La Vampira de Barcelona y, más recientemente, al matamujeres Tximo Ferrándiz, de Castellón, al asesino del Putxet y al de la Baraja. Este grupo de exterminadores son un catálogo viviente de criminalidad, y en ellos pueden ser reconocidos muchos de los procedimientos y tics empleados por toda clase de agresores: desde los sexuales a los que matan por simple diversión.
 
En Estados Unidos hemos recordado las andanzas de BTK, que se bautizó con las iniciales de las palabras inglesas que significan "atar, torturar y matar", que fue descubierto treinta años después de comenzar su carrera delictiva por su insistencia a la hora de reivindicar sus "obras maestras".
 
Hay criminales especializados en dar muerte a mujeres de mediana edad, a chicas jóvenes o a niñas. Los hay que matan a hombres, mezclando procedimientos y estilos; y los altamente especializados en la tercera edad.
 
También indagamos en la personalidad y horror de Jeffrey Dahmner, el Carnicero de Milwaukee, especializado en chicos de color, muy jóvenes, aunque de vez en cuando caía alguno entrado en años. Era un hombre sediendo de amor y compañía: taladraba el cráneo de sus víctimas para introducir ácido clorhidrico en sus cerebros y convertirlos en una especie de esclavos zombies. Quería fabricar un juguete sexual, y a la vez un chico de compañía. Con la ventaja de que no podrían defenderse de sus exigencias. Hay que decir que su experimento fracasó. Los zombies se le morían en seguida. Cuando la policía registró el apartamento en que vivía, encontró cuerpos decapitados y cabezas cortadas en la nevera. En toda la estancia reinaba un olor rancio que uno de los policías definió así: "Como si alguien se hubiera cagado dentro". Los reclusos de la prisión en la que cumplía condena lo ejecutaron sin piedad. Se había convertido en un ser odioso, al que en la cárcel de los horrores no era posible aceptar como uno más entre los delincuentes de la peor calaña.
 
La preocupación por los serial killers, lejos de ser un efecto recurrente en un mundo hiperviolento, es una sana vacuna para cortar la extensión y propagación de las muertes que provocan. En España, hasta hace muy poco, la postura oficial era ignorar la existencia de quien, según la definición del FBI, "mata a tres o más con un paréntesis entre cada crimen durante el que perfecciona su método". Recuerdo haber titulado una de mis innumerables crónicas como 'Mata tres ya es mata cuatro', sin que nadie se diera por aludido. Eran otros tiempos: ahora todo el mundo lo entiende cuando se dice: "El asesino en serie alcanza su cuarta víctima".
 
Los países más avanzados tratan de ganarle la delantera a la delincuencia. Incluso buscando estudiosos allende sus fronteras. Dios los bendiga.
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