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RECUERDOS SUELTOS

Tres visitas al Valle de los Caídos

Hace dos semanas visité con la familia el Valle de los Caídos. Aunque llevo viviendo en Madrid treinta y siete años, con ausencias ocasionales, sólo había estado allí un par de veces. La primera fue en 1976, con Brotons, que sería más tarde jefe del Grapo, y con su mujer, Carmen. Veníamos de una pequeña marcha de observación a la Bola del Mundo, principal centro retransmisor de televisión por entonces, donde pensábamos poner una bomba. Fue en otoño, un día frío pero sin nieve aún, y no había gente por los alrededores.

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Haciéndonos los turistas despistados, nos acercamos a las instalaciones, las fotografiamos desde todos los lados y entramos en ellas. A un lado había una amplia nave o sala vacía, con un pasillo a la izquierda, tapizado de instrumentos electrónicos en uno de sus muros. Apareció por allí un empleado y fingimos interesarnos por si había en el edificio algún bar para calentarnos con un café. El empleado hizo un gesto ambiguo y desapareció por una puerta. Ya nos íbamos cuando nos salieron al paso, no sé de dónde, dos guardias civiles. Uno, armado con metralleta, se situó al fondo, observándonos, y el otro vino a nosotros, con expresión severa, preguntando qué hacíamos allí.
 
– Hemos venido de excursión, y pensábamos que a lo mejor había una cafetería por aquí.
 
Sin contestar, y mirándome fijamente, nos pidió la documentación. Le enseñamos los carnés. Los tomó, los miró por ambos lados, comparando las fotos con nuestras caras, y no hizo más preguntas. El PCE (r) tenía un buen aparato de falsificación.
 
– Váyanse. Aquí no hay ningún bar.
 
Quedó junto a la puerta, contemplándonos mientras salíamos, como si no estuviera muy convencido de dejarnos marchar. Nosotros, todavía inquietos, fuimos andando, sin volver la vista ni apresurarnos, y haciendo como que bromeábamos.
 
– ¡Qué pinta de fascista, el tío! No me atrevía ni a levantar los ojos –dijo Carmen. Los tres habíamos pasado un mal rato.
 
Para redondear la jornada nos acercamos al Valle de los Caídos. Pese a mis prejuicios, me impresionó. Es de esos monumentos que dejan a cualquiera boquiabierto. Brotons, que había estudiado varios cursos de ingeniero de Caminos, comentó alegremente:
 
– En cuanto hagamos la revolución, dinamita y a paseo.
 
La idea me irritó un poco.
 
– Esto no puede volarse, hombre. Lo transformaremos en otra cosa, en museo de la revolución, o así.
 
Pero él insistió en su buen propósito. Me recordó a otro camarada, cuando, viniendo una noche de robar un automóvil, pasamos ante el Museo del Prado: "Esto tendremos que quemarlo". "¿Por qué? No seas bárbaro". "Bueno, es arte burgués y feudal, arte al servicio de los explotadores, ¿no? ¿Qué importancia tiene?". No le faltaba lógica, vistas así las cosas. Durante la guerra, políticos casi tan bárbaros se llevaron las pinturas del museo, exponiéndolas a bombardeos y otros avatares, con el probable fin de pagar con ellas armas soviéticas. A tal atropello lo bautizó su propaganda, y todavía lo hace, "salvamento de los cuadros del Prado". Con un par.
 
Mi segunda visita debió de ocurrir hacia finales de 1984, y fui con otros dos, con quienes compartía piso en la calle Atocha: Luis el de Burgos, que preparaba oposiciones, y Daniel Haener, un periodista suizo que escribía una tesis o algo así sobre la implicación de Suiza en la guerra de España. Mi compañera de entonces, Violeta, debía de estar en Navarra, viendo a la familia.
 
Llegamos en tren a El Escorial, y desde allí subimos por el monte Abantos. Estaba todo nevado, y en lo alto se extendía una planicie o meseta por donde pasaba un camino solitario con rodadas de coches, en medio del bosque de pinos: podía uno imaginarse en Rusia. Luego bajamos hacia Cuelgamuros por un empinado barranco cubierto de nieve, bajo la cual el terreno estaba lleno de pequeñas rocas.
 
Luis y yo bajábamos con precaución, temiendo rompernos una pierna o torcernos un tobillo si de pronto nos hundíamos en algún hueco entre las piedras, pero el suizo, mucho más avezado (había sido instructor de esquí, creo), bajaba corriendo, casi como si planeara, evitando descargar con fuerza el peso del cuerpo sobre un pie. Enseguida le imitamos, y llegamos abajo sanos y salvos.
 
Pasamos sobre una verja, quizá era una alambrada, y, haciendo caso omiso de las advertencias de algún tablón, nos aproximamos entre los árboles y las peñas hasta el monumento, fuera de la entrada normal. Apenas había nadie allí, en aquella tarde fría y hosca.
 
Para entonces mi animosidad hacia el franquismo había cedido algunos grados, una vez hube llegado a la penosa conclusión, tras años de darle vueltas, de que las ideas por las que tanto había peleado eran falsas de raíz, y por tanto engendradoras forzosas de errores y de horrores. Luis el de Burgos, en cambio, si bien nunca había luchado contra aquel régimen, le tenía la inquina, un tanto trivial, propia de los lectores de El País, y no paraba de hacer comentarios despectivos. Por cabrearle, le informé:
 
– Tengo entendido que no hubo un solo muerto en la construcción del monumento.
– Eso sería un milagro –dijo Daniel–. Las obras de este tamaño siempre causan accidentes mortales.
 
En la construcción de muchos rascacielos de Nueva York el número de accidentes llegó a ser muy elevado. A decir verdad, hubo muertos en el Valle de los Caídos, pocos para la envergadura de una obra prolongada durante dieciocho años, pero los hubo. No sé de dónde había sacado yo la falsa información.
 
Daniel, asombrado por la mole y las esculturas de los evangelistas, opinó que aquello le parecía un tanto demoníaco, una expresión de hybris o desmesura. En parte coincidí con él. La severidad del conjunto sobre las grandes rocas y el entorno boscoso y nevado, ciertamente, causaban una impresión profunda, pero extraña, difícil de definir.
 
En mi última visita, un día ya caluroso de primavera avanzada, lo vi de otro modo. La grandiosidad de la construcción sobrecoge, su austeridad impone, pues, en definitiva, se trata de un monumento funerario. Pero éste se integra en el entorno natural con armonía muy pocas veces lograda en el arte del siglo XX. Pocos monumentos comparables, si alguno, se habrán erigido en esta época en cualquier lugar del mundo, y no me refiero sólo a su aire colosal, pues ha sido un siglo de colosalismos, sino a esa armonía y originalidad. Sostengo que, si no fuera por el prejuicio ideológico, casi todo el mundo coincidiría en estas apreciaciones.
 
El monumento fue concebido como un símbolo de reconciliación después de la Guerra Civil, pero difícilmente lo aceptarían muchos, al estar dominado por la cruz. Desde hace un año, el anticonstitucional Gobierno de Zapatero se aplica a recuperar los vetustos odios que llevaron al enfrentamiento civil, y a tal fin ha inventado una leyenda nada atípica, quiero decir muy tradicional en el arte de la propaganda izquierdista: el Valle de los Caídos se habría alzado sobre el sudor y la sangre de miles de prisioneros "republicanos" utilizados como trabajadores esclavos, al modo de los campos de exterminio nazis.
 
Ese engaño inmenso, aunque no mayor que tantos otros, lo difunden dentro y fuera de España los señores y señoras de los "cien años de honradez", valiéndose de los enormes medios propagandísticos a su disposición y de los fondos públicos, del dinero de todos.
 
En realidad fueron muy pocos, unos centenares a lo largo de seis años, los presos empleados, al lado de una mayoría de obreros corrientes. Lo hicieron en condiciones privilegiadas para la época, redimiendo penas a razón de hasta cinco días por cada uno de labor, y cobrando el jornal corriente de un peón. Con grandes facilidades para huir, por la naturaleza del lugar y la escasa vigilancia, muy pocos lo intentaron. Por el contrario, muchos de ellos, cuando cumplieron su sentencia, siguieron en la obra como trabajadores libres.
 
Me preguntaron una vez si me parecía bien la colocación de una lápida en memoria de aquellos presos. No soy quién para decidir, pero tampoco le veo impedimento. Siempre, claro, que el texto de la lápida cuente la verdad, y no algún cuento de los héroes de los cien años de no sé qué.
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