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MEMORIAS ERRÁTICAS

Primavera vagabunda

Los meses iban cayendo y cada vez me encontraba más incómoda con aquella vida sin oficio ni beneficio que llevaba en las hermosas orillas del lago Leman. Sin saberlo todavía, me iba acercando al punto y final de la etapa viajera. En realidad, ya había terminado, pero aún no me había dado cuenta. Sólo notaba que el impulso que había tirado de mí, de viaje en viaje, durante los años anteriores, se estaba agotando.

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Pensaba en regresar a España por una temporada, a ver si allí reverdecía o se me ocurría alguna idea feliz. De momento, seguía siendo una vagabunda, aunque mi radio de acción se limitara a Ginebra.
 
Aprovechando que la primavera era tan esplendorosa como ceniciento había sido el invierno, me instalé o poco menos en el Jardín Botánico, que se encontraba al final del parque Mon Repos. Era un lugar tranquilo y poco transitado. Allí pasaba las horas matinales leyendo y haciendo fotografías de las plantas y las flores, para probar los artilugios de mi cámara. Pero no podía ver el resultado. Acumulaba ya unos cuantos rollos de negativos que la falta de dinero me impedía revelar.
 
La casa de la rue Voltaire me resultaba inhóspita, y pasaba en ella el menor tiempo posible. Jim salía por la tarde de su trabajo y se iba con sus amigos a un bistró del barrio, pero pronto dejé de aparecer por aquellas reuniones, dedicadas a beber cerveza y a jugar a las cartas, actividades que me aburrían inmensamente. Prefería refugiarme en alguno de los cafés que en aquella época sacaban sus terrazas. O caminar por la ciudad.
 
En una de aquellas tardes sin rumbo me pidió dinero una chica bien vestida, de aspecto árabe. Me paré con ella y me contó que estaba sin un duro y se veía obligada a dormir en un albergue para vagabundos. Le dije que no le daría dinero, pero que podía acogerla en la rue Voltaire por un par de noches. Resultó que era jordana, que había estudiado y que había decidido "ver el mundo". Hablaba inglés, y todo indicaba que era de buena familia.
 
En su particular vagabundeo, circunscrito a Europa, le habían ocurrido los percances que suelen caer sobre el viajero inexperto, pero no quería pedir ayuda a sus padres. Traté de convencerla de que pedir limosna en las calles no era el procedimiento. Pero creo que no logré persuadirla. Fue la primera y última viajera árabe que me encontré en el camino, pero su aparición me resultó significativa. La especie de los globe-trotters se estaba extendiendo más allá del mundo occidental.
 
En Ginebra se hallaba bien consolidada, aunque más que trotamundos, había clientes de lo que ya empezaba a llamarse "turismo alternativo". Eran personas jóvenes que trabajaban una temporada y luego se tomaban unos meses libres para viajar. La mentalidad era la misma que la del europeo común y corriente, que trabaja para pagarse sus vacaciones reglamentarias. Vivían pensando en el viaje siguiente. La diferencia era que éstos se tomaban más tiempo de ocio y huían de los lugares trillados. Había una especie de competencia por ver quién iba al lugar menos conocido y quién descubría la zona más exótica, que era aquella donde todavía no llegaba el turista normal.
 
Este tipo de viajeros tenían el detalle de no incordiar luego a los amigos con sesiones de diapositivas, pero no los libraban de largos y entusiastas relatos sobre la autenticidad y la simplicidad de la vida en los países, siempre del Tercer Mundo, donde habían estado. Todo ello contrastaba con la tediosa y alienada vida en el seno de la vieja Europa. Se prefiguraba la admiración hacia "otras culturas" y el desprecio de la propia que luego se convertiría en moda o tendencia dominante.
 
Nyon.La juventud europea hacía de nuevo el hallazgo del "buen salvaje". Y era curioso que, como había comprobado en mí misma, esa celebración de la vida primitiva se manifestara sobre todo una vez que uno regresaba al hogar. Cuando se estaba sobre el terreno y se sufrían dificultades y penurias, bien que se lamentaban y criticaban, tal y como hubiera hecho el señor que ha contratado un viaje convencional.
 
Ginebra tenía también su circuito turístico convencional, y no me fui de allí sin subirme a uno de los barcos blancos y deslumbrantes que hacían el recorrido por el lago y paraban en todos los pueblecitos de sus orillas: Hermance, Yvoire, Thonon les Bains, Evian-les-Bains, Montreaux, Vevey, Ouchy, Rolle, Nyon y otros muchos. En cambio, evité unirme a una salida en un pequeño velero.
 
Los ginebrinos tenían dos grandes aficiones: la navegación a vela y el esquí, ninguna de las cuales se contaba entre las mías. De la vela pude librarme, pero no de los esquís. Jim era un aficionado fanático, y sus amigos también, así que hube de unirme a un par de excursiones a la nieve.
 
Mis únicas prácticas anteriores en el esquí habían terminado con lesión, pero los fans de un deporte no suelen aceptar que uno no comparte su entusiasmo y prefiere quedarse en la terraza de un bar, contemplando el horizonte. Además, se empeñan en iniciarte en los secretos del asunto. Para familiarizarme con los movimientos, Jim me llevó de paquete, como en una moto, mientras él bajaba a toda pastilla por las pistas. Fue la primera y última lección. Desde esa, encontré el subterfugio del esquí de fondo, más apacible, aunque trabajoso, y pude salir del paso.
 
A finales de mayo, la decisión que había ido madurando se hizo firme. Iba a regresar a España. Al menos, para hacerle una visita a la familia. Y para hacerme con los certificados que necesitaría si finalmente me matriculaba en la escuela ginebrina de estudios sobre el desarrollo.
 
 
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