Menú
UN VIAJE POR LAS HURDES

En Las Mestas

Hice este viaje hacia 1984, año más o menos. Fui primero a Salamanca; en el autobús ponían la película Gilda, para pasar el rato, y en todo el día me siguió sonando en la cabeza la tonadilla de Amado mío. Otro autobús a La Alberca, y allí empecé el viaje a pie. El lector perspicaz se dará cuenta enseguida de que trato de imitar un poco a Cela y a Ferrer Vidal ("el viajero hace", "el tuercebotas dice", etcétera). Sin mucho éxito, claro, pero qué vamos a hacerle.

0
El viajero deja por la mañana temprano el bonito pueblo de La Alberca y echa a andar carretera arriba, en medio de una persistente llovizna. El día, de fines de este mayo tan lluvioso, está muy oscuro, y de la espesura se desprenden velos de niebla. Luego de un buen trecho, el del macuto llega a un lugar alto, señalizado como El Portillo. Desde allí el panorama se transforma. De valles muy profundos se yerguen moles tremendas de montañas pobladas de bosques, peñas y pizarrales; bajo el cielo gris negruzco parecen aún más sombrías. La soledad es total, no la turban la mancha roja de los tejados de pueblecillos, frecuentes en otros paisajes, ni el ronroneo de motores: en toda la mañana circularán tres coches, contados: las míticas Batuecas.
 
La carretera, ladera abajo, se sumerge en el valle inmediato dando cien vueltas. No cesa de llover, y el caminante piensa abreviar la ruta cortando directamente por el monte entre un tramo de carretera y otro. Aprovecha un trozo pedregoso y termina dejándose caer en medio de un pequeño alud de pedruscos. Embarrado, pero con los huesos intactos, decide que seguir la línea de asfalto convendrá más a su salud, por muchas curvas que haga.
 
A ratos el calabobos arrecia. Soplos de viento hacen murmurar al bosque, de donde salen silbidos y trinos. La vegetación es muy variada y densa, con la pujanza de la primavera. Se va distinguiendo el rumor sordo de los riachuelos que discurren allá al fondo.
 
En un recodo hay una fuente protegida por una bovedilla rústica, donde caben dos o tres personas, y con un saledizo para sentarse. Las piedras del curvado techo están renegridas de humo, y en ellas han grabado nombres y fechas gentes que por allí pasaron. En el muro, un azulejo pintado, destrozado a pedradas. Unos papeles mojados, tirados por el suelo, cuentan la historia de un médico, excelente persona pero descreído, que enferma gravemente y en ese trance se pone a leer la Biblia, y muere con talante piadoso. Los firma una asociación de amigos de la Biblia con dirección en Barcelona.
 
Un paraje de Las Batuecas.El caminante, después de descansar envuelto en la benévola soledad, continúa la bajada. Lleva empapados los vaqueros y las chirucas, pero con el calor de la andadura apenas le molesta. Se siente alegre, perdido como una hormiga en la naturaleza montaraz y bajo las nubes cargadas. Le dan contento los cantos de las aves, la música de los torrentillos que descienden saltando por todas partes, la visión de los pinos, con sus copas cónicas de perfiles más claros, que trepan en masa por las laderas como llamas de un incendio verde.
 
Llegando al fondo del valle, unos altos cipreses anuncian un monasterio de monjes contemplativos. Carmelitas. El caminante se aproxima sin propósito definido. Junto a la tapia desciende inquieto el riacho Batuecas. Cerca de la entrada expele sus hedores un pilón repleto de basuras, sobre el cual merodean las avispas. Al lado, una caseta en ruinas.
 
A la puerta del monasterio una nota advierte de su falta de interés artístico o turístico, y sugiere un mejor sitio para acampada, a unos cientos de metros. También recomienda no llamar, salvo causa justificada. Como la del viajero no lo es, opta por seguir el consejo. Debajo del texto alguien ha escrito, con buena letra y ortografía: "No molestéis a estos trabajadores por cuenta ajena…", y una alusión a la seguridad social, rematando el texto un "¡Viva la República!". "Un pensador", opina el caminante. Modesto, además: no quiso dejar su nombre.
 
Los parajes extraños de Las Batuecas, más sugestivos por su aislamiento, han atraído a diversos personajes al retiro y la meditación. En el tronco de un grueso alcornoque halló cobijo San Francisco de Borja cuando vino a hacer penitencia, ha leído el de la mochila, y también que hay por allí unas cuevas con pinturas prehistóricas; pero no se detiene a buscarlas.
 
Viniendo del noreste, Las Batuecas forman el vestíbulo de Las Hurdes. Desde La Alberca al monasterio carmelita hay doce kilómetros, y unos cinco más hasta Las Mestas, primer pueblo propiamente hurdano. Este pueblo es pequeño, en un bello entorno de sierra. El tiempo sigue fresco y húmedo, aunque ha dejado de llover. Un letrero indica un bar hacia una callejuela oblicua a la carretera. En la tasca están cuatro o cinco paisanos, y el visitante se fija enseguida en el tricornio que descansa en una mesa, y en la pareja de guardias civiles junto al mostrador. Uno de estos es joven, con barba cuidada y aire vagamente intelectual. El otro, mayor, se le antoja al viajero poseedor de la pinta suspicaz y malévola propia de los beneméritos, según las malas lenguas.
 
– Póngame un vaso de vino, grande, y un bocadillo de jamón.
 
Queda una mesa libre, bajo el televisor, y el recién llegado ha de sentarse de espaldas a los demás. Percibe, no obstante, que el guardia de más edad le observa: los tiempos de la clandestinidad imprimen carácter. Entonces se ladea para contemplar la escena. Piensa que pudiera haber percances. Personas en situación legalizada desde hace años han sufrido alguno, y no le agradaría perder un día o dos en aclaraciones innecesarias.
 
El joven bromea con una chica de bastante buen ver, vestida con blusa y pantalones ajustados. "Te tengo que leer una poesía", le dice aquél. El guardia compone poesías, al parecer. "Esta noche tenemos que bailar a gusto". "Uy, si casi no sé…"
 
Un tablero coronado por un anuncio de Cocacola pregona "chorizo al jumu" y "jamón jurdano serrano". Otro anuncio: "Se suspende el teléfono por falta de pago"; y "Hoy, gran fiesta". Un par de estanterías con variedad de botellas. Una cafetera familiar.
 
Al guardia de la barba van a trasladarle: "Por fin me largo de estos poblachos hurdanos", sonríe. "De Las Hurdes al cielo", replica el tabernero. Entra un hombrón con una lima larga en el bolsillo posterior del pantalón de pana, la empuña y la coloca al cuello del guardia mayor. No hay tensión, todos se llevan bien. A un muchacho de la casa le toca irse a la mili. "Tú, allí, del montón, ni de los primeros ni de los últimos", le aconseja un paisano. Comentan el reciente intento de asesinato de una muchacha por su padre, que la había dejado embarazada. "Un padre así tiene que estar loco", afirma la chica.
 
Es la hora de comer. Va saliendo la gente y sólo quedan dos lugareños, jugando la partida. El mochilero ha terminado su bocata de jamón, presumiblemente hurdano, muy sabroso aunque servido con trozos de piel y demasiado tocino. Pide café y un coñá barato, y traba conversación con los otros, que interrumpen su tute. Son un campesino y un funcionario del Icona, ambos naturales de la comarca. El último lleva la voz cantante.
 
Un paraje de Las Hurdes.– No, vengo andando. Quiero recorrer Las Hurdes a pie, aunque con este tiempo… A lo mejor escribo sobre ello. Se han dicho tantas cosas raras…
 
– ¡Ya lo creo! Imagínese que un profesor mío me leyó de no sé dónde que la gente aquí, en lugar de llamarse normalmente, se gritaba sonidos inarticulados, como los animales. Oiga, le dije, entre los pastores y la gente del campo, para llamarse de lejos, ¿cómo hacen? Gritan. Es lo normal en todas partes.
 
El visitante, la verdad, se acerca a Las Hurdes con algunos prejuicios. Buñuel presenta unas tierras no ya míseras, sino degradadas, una tierra, tanto como sin pan, sin alegría ni fiestas; Caro Baroja, entre muchos, menciona rasgos de degeneración entre los hurdanos, y el viajero, en un primer momento, creyó distinguirlos en los paisanos a quienes había preguntado al entrar en el pueblo. Además, la higiene visible y olfateable no daba impresión de ser en modo alguno exagerada. Había oído que las mencionadas degeneraciones físicas y mentales se originaban en la endogamia propia de un territorio pequeño y secularmente aislado.
 
– ¿De qué vive la gente? Pues ya ve usted. De los pinos y del paro. El Icona recibe en Extremadura 500 millones, más o menos, y pongamos que unos cien vienen a Las Hurdes, en jornales. Se pagan 1.750 pesetas por una jornada de seis horas, en los pinos.
 
– Yo me acuerdo de los primeros jornales, en los años 40: nueve pesetas con treinta y tres céntimos. No eran pesetas de ahora, pero fíjese usted…
 
– El paro son 17.500 pesetas al mes. Sí, da para vivir. Cada hurdano tiene sus patatas, algo de matanza o cabras. La mayoría tiene olivos, tomates… Pan hay que comprarlo, y dos o tres cosas más, porque casi no se cultivan cereales. Antes había muchas más cabras… ¿Que si la repoblación les ha perjudicado? Poca cosa. Antes de los pinos, los montes estaban cubiertos de matorral bajo.
 
– Tenemos también la apicultura. Muchas colmenas. Los pinos, ya lo habrá notado, son iguales a los de Galicia. Sólo que allí se pueden talar a los catorce años, y aquí tardan más en crecer: veinticinco o treinta años. Por las diferentes alturas, y porque llueve menos; porque el suelo, en cambio, es propicio.
 
– ¿Qué quiere la gente? –interrumpe con énfasis el campesino–. Lo que queremos es un jornal estable, ¿entiende usted? Tener trabajo.
 
– Se ha intentado montar alguna industria, pero no ha cuajado. La piscicultura sale mal, las aguas no son adecuadas.
 
Viene gente. La televisión anuncia cielos menos nublados. El tuercebotas se despide y vuelve al camino.
0
comentarios

Servicios