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CIENCIA

La escuela, cero en salud

Uno de mis primeros recuerdos bibliográficos consiste en pulular con admiración por las páginas de una enciclopedia de salud para niños. Alguien se la había hecho llegar a mi padre. Se trataba de un manojo de volúmenes ilustrados con viñetas de Disney bajo el título de Vamos a Crecer Sanos.

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Con idénticas dosis de efectividad y sencillez, los libros abordaban aspectos de la salud humana que sin duda trascendían lo mínimamente comprensible por un intelecto infantil. Desde técnicas de primeros auxilios hasta cuestiones básicas de anatomía humana, pasando por las enfermedades más frecuentes, las más graves e, incluso, el proceso de la muerte, todo se exponía con nitidez y sin complejos a un público que no había cumplido aún los doce años. Cuando se vuelven a mirar aquellas páginas valientes, sorprende el grado de corrección científica que atesoraban. Un diez para aquellos editores, y para el alma generosa que permitió que la enciclopedia cayera en mis manos.

Hoy, lo que cae en mis manos es algo diametralmente opuesto. Una investigación de la Unidad de Gestión del Conocimiento del Hospital de Baza (Granada) acaba de detectar algunas deficiencias graves en el modo en que se educa a nuestros hijos en cuestiones relacionadas con la salud.

Después de analizar 884 mensajes sobre salud aparecidos en manuales de educación primaria y secundaria, los autores del informe han podido realizar una somera evaluación del nivel de evidencia científica que albergan esos textos. Y el resultado dista mucho de ser óptimo. Se analizaron textos de 59 libros, la mayoría de ellos de primaria, aunque la mayor concentración de referencias a la salud se encontró en los manuales de secundaria, especialmente en los libros de Biología.

Para pavor de investigadores y padres, una cuarta parte de los contenidos expuestos a los menores carecía de evidencia científica conocida. Se trata de ideas que carecen de confirmación científica, o bien, directamente, de incorrecciones, leyendas o mitos pseudocientíficos. Abundan los mensajes del tipo "Hay que respirar por la nariz para evitar los constipados" o "Después de comer no nades porque el proceso digestivo puede detenerse".

Además, se halló un 6 por 100 de afirmaciones que, si bien parecen bienintencionadas, presentan una baja calidad de evidencia científica. Uno de los casos: "El consumo de alcohol provoca desnutrición y afecta al tubo digestivo".

En dos ocasiones, incluso, los mensajes atentaban directamente contra la realidad científica. Es el caso de las frases "Ante una lesión muscular siempre hay que guardar reposo" y "Las heridas siempre se desinfectan con agua oxigenada".

Hay algunos temas especialmente propensos a la utilización de mensajes con poca carga de evidencia científica conocida. Tal es el caso del sida, el tabaquismo, la salud sexual y la nutrición. Sin embargo, en asuntos relacionados con la salud bucodental, el grado de rigor es mucho más aceptable.

El permanente empeño de la sociedad contemporánea en delegar ciertos aspectos de la educación de nuestros hijos a instituciones ajenas al entorno familiar puede pasar factura. Sobre todo si estas instituciones muestran el grado de pereza que parece desprenderse de este informe. Cabe preguntarse quién se está encargando de educar a nuestros hijos en los temas más trascendentes sobre su futuro y, sobre todo, qué autoridad es la competente para evitar que la mala información, cuando no la pura y dura pseudociencia, les entre por los ojos desde la más tierna infancia. ¿Un Ministerio de Educación capitidisminuido o uno de Sanidad más preocupado por prohibir que por educar?

Un programa de Libertad Digital TV nos advierte de que la salud empieza por los pies. Cierto, pero más cierto es que, en realidad, entra por la escuela.

 

http://twitter.com/joralcalde

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