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CRÓNICA NEGRA

La niña desamparada

¿Qué estaba haciendo la Fiscalía de Menores? ¿Por qué el juez utilizó el correo ordinario para un asunto de máxima urgencia? ¿A qué se debe que los Mossos, en vez de seguir las instrucciones judiciales, las derivasen a la Policía Nacional? Lo que se investiga es una cadena de errores que ha provocado la mayor indefensión a una niña de cinco años presuntamente maltratada en los alrededores de Barcelona.

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La pequeña quedó en coma en el hospital Vall d'Hebron, y de nada sirvió el complejo aparato de asistencias sociales, prevención policial y protección de la ley. Independientemente de que el expediente abierto por el Tribunal Superior correspondiente llegue a buen fin, hemos visto cómo una niña puede acabar con un trauma craneoencefálico severo sin que nadie haya reaccionado a tiempo.
 
Ahora la sociedad llora su descuido, y muchos ciudadanos anónimos envían juguetes y sentidas cartas. Algunas organizaciones humanitarias, como Prodeni, aprovechan para denunciar que es posible que en este momento haya cien mil pequeños recibiendo malos tratos en todo el país.
 
Lo que ahora se investiga es si la niña, que sobrevive en la UVI, sufrió malos tratos, y si en una de esas sesiones quedó en el grave estado en que se encuentra. Como si clamara en el desierto, el Centro Reina Sofía de Valencia de Estudios Contra la Violencia, prácticamente el único organismo que analiza anualmente las variaciones de la criminalidad, viene advirtiendo de que han crecido espectacularmente los casos de niños muertos por sus parientes. Tal vez, si viene a cuento, este asunto que ha conmovido los corazones y ha hecho derramar lágrimas de desesperación sirva de aldabonazo, como en su día lo fue la muerte de Ana Orantes en otro episodio de violencia doméstica: fue quemada viva después de denunciar a su marido por televisión.
 
Nos sorprende que una civilización autosatisfecha descubra con horror que sus mecanismos están oxidados, ridículamente anclados en la ineficacia, e insensibles. Que no sean capaces de defender a los niños. Peor todavía: se buscan responsables del desaguisado, y es posible que ni siquiera se encuentren.
 
En un primer momento el juez instructor metió en la cárcel al padrastro de la pequeña, presunto autor de lo ocurrido, y dejó en libertad a la madre biológica, porque el fiscal creyó parte del relato exculpatorio de ésta. Poco después otro juez interrogó de nuevo a la madre, que primero había llorado frente a las cámaras de televisión y luego, abandonando el gimoteo, con un tono neutro, supuestamente rehecha, relató los hechos como si fuera la Guerra del Peloponeso.
 
El proceso policial y judicial avanza, después de abandonar la vía del correo ordinario. En este instante la niña se recupera de unas lesiones graves que pueden dejarle importantes secuelas neurológicas y motoras.
 
No nos engañemos: la víctima no es sólo la niña, sino el conjunto de la nación, nacionalidad o autonomía. El futuro depende de la capacidad de aprender de lo ocurrido.
 
La indagación se centra en saber cómo sufrió la pequeña una agresión que le produjo daños equivalentes a los que le habría supuesto una caída desde diez metros de altura. Cuando sucedió, convivía con la madre, el compañero sentimental de ésta y otra niña de seis años, hija del presunto maltratador, que hasta donde se sabe no ha sido objeto de malos tratos.
 
Según saltaba a la vista, para quien quisiera mirar, era una niña triste, de ojos que no se despegaban del suelo. En los últimos tiempos presentaba habitualmente lesiones porque, según la madre, hoy también en prisión –imputada, como el padrastro, en un presunto delito de asesinato en grado de tentativa–, se estaba cayendo todo el rato. Era la niña más torpe de la creación.
 
Presentaba zonas moradas y amarillentas en la frente y el rostro, peladuras en la cabeza debidas a una alopecia areata, provocada por el sufrimiento, y aspecto general de desamparo. Pese a ello, y a los huesos rotos de semanas antes, nadie interrumpió el proceso que le ha puesto a las puertas de la muerte. Cuantos la rodeaban, fueron incapaces de darse cuenta de lo que ocurría. ¿Y ahora qué? La consecuencia inmediata es que se han avivado todos los mecanismos de detección y hay detenciones y sospechas por todo el país.
 
Podría decirse que es una manera de esquivar la purga benito que nos hace falta. En este corral del péndulo que es la Piel de Toro, habrá que llevar cuidado, pues o nos pasamos o no llegamos. No vaya a ser que algunos de los casos no correspondan en verdad a una situación como la que se investiga.
 
Una niña ingresa en Urgencias, los médicos detectan un posible caso de malos tratos, ¿se da entonces traslado al juez, a la Fiscalía de Menores? ¿Y qué se hace? Ya sabemos lo que no hay que hacer: en el tiempo de los faxes, los sms, el correo electrónico y el teléfono celular, no se debe utilizar, tal como se investiga, un método que retrase dieciocho días la petición judicial a la policía. Tampoco, en un caso urgente como son siempre los daños a un niño, debe la policía autonómica sentarse a discutir sobre competencias, sino obedecer al juez a escape, puesto que el juez puede ordenar a todas las policías; y luego, pasada la tormenta, ya se fijarán los límites burocráticos.
 
No en este asunto, que está pendiente de juicio, sino en casos parecidos, se ha demostrado que la madre, por acción u omisión, resulta parte del engranaje del verdugo; por tanto, resulta del género tonto creer sin más la versión de una imputada y permitir que siga el daño.
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