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RECUERDOS SUELTOS

Búblichki

En un patio de la prisión naval de Caranza estamos unos veinte reclusos: delincuentes comunes, desertores de la Marina y simples arrestados. Por tres lados hay paredes con ventanucos enrejados, y por el cuarto un alto muro que forma pasillo con otro más externo provisto de garitas, donde los centinelas, cetme en mano, vigilan aburridos: impensable una huida saltando los dos muros.

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Es media tarde de enero, fresca y soleada, y aún tardará una hora en oscurecer. Algunos internos hacen ejercicio, otros charlan, o juegan al frontón o a cualquier otra cosa. De una radiocasete sale música: Il ragazzo della via Gluck. Termina, un breve comentario del locutor y una voz fuerte y musical canta: "Al partir, un beso y una flor…". Luego otra canción, pacifista, habla de "La orilla blanca, la orilla negra…".
 
Por allí anda Aquilino, "el marquesón de Pijo Florido", un asturiano bienhumorado, pequeño y duro. Es inteligente y de gran agilidad mental, gana siempre jugando a las damas, y a veces reacciona con violencia. Pese a sus buenas cualidades, admite que probablemente no se rehabilitará, y que cuando cumpla su condena volverá a delinquir. Va para pájaro de talego, aunque es joven. Se habla de presos tan hechos a la vida carcelaria que no se adaptan al exterior y vuelven una y otra vez, si bien el marquesón no es de esos, simplemente ve su futuro con fatalismo.
 
Otro, también asturiano y menudo, de más edad y peor carácter, dice haber estado en la Legión Extranjera francesa y presume de antifascista. Me ha mostrado cómo abrir, con un simple alambre doblado, las puertas de paso en las grandes rejas que cortan a tramos el ancho y largo corredor central de la cárcel; y tiene ocultas en una ranura bajo la tabla de una mesa unos pinchos o cortes preparados con cucharas u otros objetos metálicos aguzados. Habla de fugarse, pero no acaba de inspirarme confianza. No obstante, hacemos, con algún otro, planes fantásticos para escapar o para robar el tesoro de la catedral de Oviedo. Por entretenernos, no con verdadera intención. Por entonces doña Revolución señoreaba mis pensamientos.
 
Varios presos han probado cárceles extranjeras, y coinciden: las mejores, las españolas, por menos disciplinarias y menos pobladas; aunque no falten, por lo visto, algunas un tanto infernales, sobre todo reformatorios. La de Caranza, muy bien: dos tercios de ella vacíos, los comunes de paso a otros centros o por períodos cortos, y pocas peleas serias. No vi ni supe de los típicos abusos sexuales, aunque hay un chaval con pinta de chorvo, sinuoso y enviciado.
 
Pasea por el patio Alberto, un muchacho de Madrid, alto y de anchos hombros. A veces tararea: "Mi calle tiene un oscuro bar, húmedas paredes, pero sé que alguna vez cambiará mi suerte". Lleva tiempo intentando escribir una novela, pero no logra salir del comienzo: un joven se contempla en el espejo, demacrado y en la ruina moral y física por su mala vida… En el dorso de la mano izquierda, Alberto tiene una llaga: para probar su resistencia al dolor, se había apagado allí un cigarrillo. Paga su culpa por desertor.
 
Su compañero de escapada, un bilbaíno de padres gallegos, bien parecido y con cara de buen chico, es el único de quien supe más tarde, aunque no volviera a verle. Al salir libre andaría un tiempo embarcado en mercantes y, a través de un hermano suyo a quien yo había de tratar políticamente en Bilbao, entraría en el Grapo, donde terminaría acusado de confidente. ¿O fue a través de otro preso, llamado Burgos?
 
También pasea otro madrileño, compañero del Tercio Norte de Infantería de Marina. Decían que estaba por drogas. Es un tipo corpulento, de cabeza y cara grandes, fuerte, algo desgarrado y divertido. A veces, antes de acostarnos, dirige en el sollado o dormitorio conciertos en que improvisamos (sobre todo él, más ocurrente) canciones disparatadas, imitamos con la boca sonidos de instrumentos y llevamos el ritmo con pies y palmas, hasta que llegan los carceleros y nos hacen callar con amenazas. Sabe algo de boxeo, casi nada comparado con otro de Gijón, campeón juvenil regional, o algo parecido, que nos da lecciones ocasionales de gimnasia sueca y de cómo mover los puños. Éste sufre arresto por haber descalabrado a unos marineros ingleses en una riña tabernaria.
 
Tres o cuatro charlamos, entre ellos un asturiano alto, con fantasías algo feminoides, tipo simpático y de buen fondo, bastante culto, no recuerdo la razón de su estancia en el hotel. El madrileño de las supuestas drogas le llama, en broma, "La marica indómita". Nos comenta que un día el de la Legión Extranjera y otro, borrachos, le habían acosado con intenciones libidinosas, aunque había logrado salir a escape.
 
Yo soy de los privilegiados: pasé antes un mes en Caranza, y ahora me han caído dos meses de arresto, resarcimiento del juez por los cinco o seis años de balneario que amablemente me había prometido; bien cerca había estado de cumplir, pero las que él había creído pruebas del delito se le habían escurrido como agua entre los dedos.
 
También me había obsequiado con doce o trece días de celda de aislamiento, en lugar de los dos o tres normales. Saber que todo quedaba en eso me ha tranquilizado enormemente, y tomo con calma la situación; además, me llevo bien con la mayoría de los internos, cuyos oídos suelo regalar con gruesas raciones de demagogia.
 
En el patio, el del radiocasete ha quitado la emisora y ha puesto una cinta con canciones rusas. Algunas, como Cochero, no apresures los caballos, las conocía, incluso una traducción, no sé si muy literal:
 
Qué triste es todo a mi alrededor,
Qué sombría y lóbrega mi senda…
Cochero, no apresures los caballos,
Ya no tengo dónde ir ni a quién a amar.
Todo ha sido engaño y decepción.
Adiós sueños, adiós pasiones…
 
Aunque el abatido perdedor termina con un brusco giro de ánimo:
 
Vamos, cochero, lanza tus caballos.
Basta de lamentaciones.
De nuevo amaré, y cantaré a la vida,
y mi dolor se perderá como un eco en el olvido.
 
Luego suena una tonada para mí desconocida; su peculiar melancolía me agrada en extremo. Intento retener la música sin preocuparme, lástima, del título.
 
Cosa de diecinueve años más tarde, hacia 1990, estamos tomando unas cañas en el bar Boni, próximo al Ateneo de Madrid, varios miembros de una asociación cultural hispano-eslava. He montado la asociación con idea de promover conferencias, seminarios e investigaciones, pero por desgracia caerá en manos de personas deformadas por la mentalidad burocrática de la universidad y acabará diluyéndose...
 
Ya ha anochecido y venimos de una charla en el Ateneo. Nos habla informalmente Antonio Antelo, excelente persona y profesor. Ha dictado cursos en numerosas universidades españolas y americanas, y ahora trabaja en la UNED, como emérito, algo a disgusto por las intriguillas y faenas habituales en esos centros. A su lado, Luis Lavaur, otro buen amigo, suele llevarle la contraria. Antelo es cristiano progresista, y Lavaur agnóstico reaccionario. En unas charlas sobre Maimónides, Lavaur había revuelto el ambiente algo beato en torno al filósofo, leyendo un texto en que éste alababa el carácter sangriento y doloroso de la circuncisión, superior por ello al bautismo. Lavaur y Antelo fallecerían unos años después.
 
También están presentes Ángel Encinas, que ha estudiado historia en la universidad soviética de Lomonósof, una profesora búlgara, un profesor y una estudiante rusos y algunos jóvenes españoles imprecisables para mi memoria.
 
La rusa, modesta pero muy guapa, atrae la atención de los demás, lo cual no hace feliz a su novio o acompañante, un estudiante español. Pregunto a la chica por la tonada oída por mí en Caranza, se la tarareo y no la identifica. En cambio Encinas la reconoce como una canción de contenido "social" de los años 20, cuando la Nueva Política Económica: un vendedor de pastelillos lamenta la dureza de los tiempos.
 
Ante el naufragio económico causado por el comunismo de guerra, Lenin había permitido algunas prácticas capitalistas que en poco tiempo habían mejorado el abastecimiento; innumerables pequeños o míseros comerciantes y artesanos trabajaban mucho por muy poca ganancia, y de ahí la protesta por la "injusticia social", con olvido de la alternativa, el hambre masiva generada por el "justo" comunismo.
 
Lo que son las cosas, hasta hace unos días no había reparado en los títulos de una cinta de música rusa que mi mujer tiene desde hace muchos años. En ella aparece el nombre del cantar: Búblichki. Busco por internet (Bublitchki) y coincide: se llaman así unos pastelillos o dulces. En una página sale como canción revolucionaria, en otras como hebrea en yidish. La letra es bonita y la música mucho más; me sigue gustando como cuando la escuchaba en el patio aquel de Caranza.
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