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MEMORIAS ERRÁTICAS

Travesía junto a una cabra

Davao era el lugar. El tráfico marítimo entre el sur de Mindanao y Manila pasaba por allí y no por Zamboanga. Y a la ciudad del durián, la fruta que olía mal y sabía bien, regresamos desde la ciudad de las flores.

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La idea de volver a embarcarme en una chatarra flotante, como las que hacían entonces la ruta entre las islas del archipiélago, no me espantaba. Todavía no se había hundido ninguna, como ocurriría algunos años después, con gran pérdida de vidas y atención mediática. Pero esos accidentes le conmueven a uno a posteriori. Al viaje cutre y precario se somete uno pertrechado de una gruesa capa de inconsciencia.
 
Regresar en barco me retrotraía a mi primera estancia en Filipinas, a aquel viaje de descubrimiento, cuando todo había sido nuevo y excitante. Mientras que ahora, una falsa sensación de déjà vu empañaba las pequeñas aventuras. Tal vez intuía que con aquel viaje concluiría una época para mí. Era el final de un movimiento expansivo.
 
Mi experiencia del ritual del barco filipino aconsejaba aprovisionarse de algo de comida y bebida. Podían conseguirse tales cosas en los barcos, pero tras competir con cantidades de gente y esperar con paciencia sólo accesible a los asiáticos. Y junto a los alimentos para el cuerpo convenía llevar también algo para el espíritu, que las travesías eran largas. En una calle de Davao encontré una pequeña librería, y en ella dos libros usados de Henry Miller. Eran ediciones americanas, de los años 60, de Días tranquilos en cliché y de Nexus. En uno de ellos anoté la fecha de la compra; era el 29 de agosto de 1986.
 
Un par de días después salía el barco. El momento del embarque fue caótico, como solía serlo. Masas de gente subían por la estrecha pasarela cargadas de bultos y ocupaban todo el espacio libre en un santiamén. Echamos un vistazo a los camarotes de clase turista que en teoría podíamos ocupar, y encontramos lo que esperaba: unos cubículos de dudosa limpieza en los que uno se podía marear infinitamente. Situados bajo cubierta, la combinación del calor de las máquinas y el vaivén natural de la navegación era letal para los estómagos poco marineros.
 
Davao.Hacía buen tiempo, el cielo estaba despejado y no amenazaba ningún tifón. Decidimos acampar en cubierta, como tantos otros, y dormir allí con ayuda de algunas telas que ablandaran un poco el suelo y de nuestras bolsas, que servirían de almohadas. Al poco llegó un señor con unas bolsas y una cabra y se nos colocó al lado. Jim y yo nos miramos. Lo que nos faltaba en una travesía tan larga era una cabra de compañero de viaje.
 
Llegó la hora de salida, y nada; nunca había visto que ocurriera el milagro de la puntualidad en los barcos filipinos, y tampoco aquella vez. Por lo menos estábamos todos dentro, y no aparcados en el muelle. ¿Qué pasaba? Se lo preguntamos a un tripulante que, con su cráneo liso y moreno y su cara de boxeador sonado, tenía más pinta de pirata que el que habíamos conocido en Zamboanga. Había una razón de peso: faltaba la mercancía.
 
Se esperó durante no sé cuánto tiempo. Un barquito destartalado y asmático, cargado de grandes racimos de plátanos verdes, atracó junto al nuestro. La mercancía había llegado. Ahora había que meterla en la bodega. Trasvasar los plátanos de un barco al otro fue tarea lenta y laboriosa, a la que el pasaje asistió como a un espectáculo. Los tripulantes desplegaron todo su talento teatral para hacer de aquella descarga y carga un episodio emocionante. Gritos, órdenes, ajetreo, maniobras, avances y retrocesos se sucedieron hasta que los racimos quedaron más o menos aposentados donde debían. El barco ya podía zarpar.
 
Nos fuimos alejando despaciosos del bullicio y el colorido del puerto, y antes de perder de vista la costa de Mindanao hay que decir, a modo de despedida, unas palabras sobre el chabacano. O chavacano, como escriben los filipinos. Me habían dicho en Manila que podría hablar en español en el sur de Mindanao, y que me entenderían, y que yo les entendería a ellos. Pero no fue así. Verdad que el vocabulario del dialecto procede en su mayor parte del español, mejor dicho, del castellano antiguo que entró en la zona con los españoles en el XVII. Se daba una fecha: el año 1635, cuando los españoles construyeron en Zamboanga el fuerte de San José.
 
Pero en la fonética estaba el quid. No había forma de entender a los pocos que encontré que usaran el dialecto cuando hablaban de corrido. Si ralentizaban, cogía alguna palabra suelta. El español con el deje local había producido perlas como "empachau", "fastidiao", "endenantes", "garantisao" o "guachi" y "guachinango", que allí era algo así como loco y juguetón y que los diccionarios de español recogen como procedente de las lenguas indígenas de Iberoamérica. Otras muchas son tal cual en castellano: "baile", "bajo", "edad", "egoísta", "empleo", "familia" y un largo etcétera. Pero ya digo, con la pronunciación al uso no había forma de enterarse. Y al final era el inglés la lingua franca, como en cualquier otro punto del archipiélago.
 
Con estos prolegómenos comenzó la travesía, que nos iba a llevar por puertos de varias islas hasta llegar a Manila. La cabra sólo nos acompañó durante los primeros tramos del viaje. Su dueño la mantenía atada a la barandilla. De vez en cuando sacaba un saquito lleno de hierba, esparcía un poco en el suelo y el animal se ponía a comer. Era pequeño y tranquilo. Lejos de molestar, como habíamos temido, no daba una voz más alta que otra. Cada tanto, un balido que sonaba nostálgico. Los excrementos tampoco eran problema; su dueño los iba retirando puntualmente.
 
En medio del ir y venir de pasajeros y del bullicio de las gentes que esquateaban en cubierta, la cabra tranquila y silenciosa infundía la calma de un paisaje rural. Mientras yo leía los Días tranquilos en Clichy, ella miraba al horizonte azul o mascaba con parsimonia. Gracias a la cabra y a los libros de Miller pasé el viaje en un estado de concentración que me permitía distanciarme del jaleo y las incomodidades del barco superpoblado.
 
Cuando el animal se fue, en una de las paradas, creo que en la isla de Cebú, me quedaba aún, por suerte, parte de un libro. Desde entonces fui por mucho tiempo devota de Henry Miller, y hasta me congracié con las cabras, con las que tenía pendiente una cuenta por un susto que me había dado una en la infancia.
 
Al cabo, echábamos el ancla en las aguas del puerto de Manila. La metrópoli, con su eterno smog, su calor húmedo y su riada incesante de vehículos y gente, ya nos prometía poco. La carta que esperaba no había llegado a la residencia de los Pineda.
 
 
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