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VUESTRO SEXO, HIJOS MÍOS

Recóndita armonía (pélvica)

Estimados copulantes: Tengo que daros dos noticias, una buena y otra mala. Empezaré por la mala: no busquéis armonía pélvica entre los sexos porque no la hay.

Remedios Morales
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La observación científica ha estado contaminada por el convencimiento de que el Creador construyó el Universo siguiendo unos planos calculados para que todo funcionara como un reloj, a mayor gloria suya. Así, con el objeto de maximizar las posibilidades de su proyecto, el Gran Arquitecto del mundo habría dividido la humanidad –su obra maestra– en dos mitades complementarias –dos sexos– con características biológicas que definirían sus respectivas habilidades a fin de que formaran un todo al ensamblarse en un engranaje perfecto. La idea de que una mente superior proyectó nuestros cuerpos se plasma, sobre todo, en la interpretación que se da a los órganos sexuales masculinos y femeninos como si fueran las piezas de un puzzle que encajan a la perfección. Sin embargo, la realidad es que no existe, para ningún rasgo humano, tal cosa como dos bloques sexuales que se complementan. Quizá, debido a que el sexo ha estado ahí siempre para hacer bebés y los bebés, efectivamente, nacen, se ha pasado por alto el hecho de que los desajustes entre los sexos existen y son muy evidentes, que no hay armonía pélvica entre uno y otro sexo y que la complicada sexualidad de la hembra humana dista mucho de corresponderse con la simplicidad y precisión de la sexualidad masculina.

¿Y por qué no estamos hechos como los enchufes, que los encajas y se pone a funcionar la nevera? –qué diablos, me gusta la idea–. La razón es que nuestros cuerpos son el resultado de dos estrategias diferentes y que entre machos y hembras de nuestra especie no se intercambió exactamente sexo por sexo. Me atrevo a decir, ahora que llevo varias décadas huérfana, que los órganos sexuales femeninos son el resultado de una dura negociación –interesada– con el macho humano.

Cuando comenzó a difundirse la teoría de la evolución se dio por hecho, durante mucho tiempo, que la selección natural promovía el bien de las especies. Como consecuencia se creyó que los sexos evolucionaron para complementarse precisamente por el bien de la especie. Sin embargo, no es exacta la idea de que los sexos colaboran para buscar el bien común de la especie. La selección natural funciona, realmente, de forma mucho más compleja, ya que incide a título individual, es decir, cada individuo intenta maximizar sus intereses, y esto explica quelo mejor para los intereses genéticos de un sexo no sea, necesariamente, lo mejor para los intereses genéticos del otro sexo.

Los machos de la mayoría de las especies siguen una estrategia de pequeña –o ínfima– inversión en reproducción, mientras que las hembras siguen una estrategia de gran inversión. En otras palabras, son escasas las especies en que las hembras reciben ayuda de los machos. El plan ideal para un macho sería copular con todas las hembras que se pongan a tiro y largarse. El plan ideal para una hembra sería copular con el mejor macho y procurar su ayuda para criar los bebés. La evolución, digámoslo claramente, no fue políticamente correcta. En lo que se refiere a nuestra especie, el precio de la maternidad creció desmesuradamente para las hembras debido a las presiones evolutivas en favor de unas crías dotadas de un cerebro cada vez más grande y de un periodo de dependencia materna cada vez más largo. Pero las hembras humanas se las arreglaron para comprometer a los machos y sacarles partido. Si un macho primate, cuya naturaleza era agresiva, egoísta y promiscua, se fue transformando en un hombre de comportamiento fundamentalmente monógamo, paternal y proveedor no fue, precisamente, debido a su instinto paternal, que no lo tenía ni lo tiene, ni porque su compañera fuera carne de su carne y sangre de su sangre –porque eso se lo podría decir a todas–, sino porque,a través de los intereses enfrentados de los dos sexos, se fueron seleccionando una serie de rasgos sexuales y de comportamiento en la hembra humana que hicieron posible una negociación entre los sexos.

Es más fácil comprender la sexualidad de nuestra especie cuando asumimos que el ser humano y sus peculiaridades sexuales son el resultado de las fuertes tensiones que tuvieron lugar entre machos y hembras durante millones de años a causa de que mantienen intereses genéticos divergentes. Si estudiamos la estructura de los órganos sexuales y su respuesta, tenemos que admitir que, mientras la sexualidad del macho humano no ha variado gran cosa desde que nos bajamos de los árboles y sigue siendo directa, sencilla y maquinal, y sus órganos sexuales son un ingenio hidráulico como el de los otros machos, su papel de compañero y padre, en cambio, ha variado enormemente. Por el contrario, la biología sexual de la hembra humana ha evolucionado dramáticamente en comparación con las especies de primates más próximas a nosotros, a medida que iba creciendo el cerebro de la especie. Entre otros cosas, perdió el celo, o, mejor dicho, lo ocultó hasta para ella misma, adquirió la menopausia –que delata su estrategia de gran inversión–, cambió de sitio la vulva y el ángulo de penetración para hacer el coito frontal, ganó un par de labios menores, un clítoris, un himen, dos mamas y un par de nalgas como reclamo sexy, perdió el vello, estrechó los huesos de la pelvis y ensanchó las caderas, etcétera. Demasiado para no pensar que el crecimiento del cerebro humano se pagó en gran medida con sexo.

La incorrección política que delata la creación no debe representar un problema insalvable para la gente de fe que cree en la perfección y justicia de la obra divina, ya que, en cualquier caso, cabe pensar que la evolución florescit in conspectu Dei; o, dicho de otra forma, que si la evolución es obra de Dios, las chapuzas entran, de alguna manera, dentro de sus divinos planes.

¡Ah! Falta la buena noticia: hay excelencia sexual sin armonía pélvica. Así que practicad hijos, practicad.
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