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PANORÁMICAS

Todos hablarán de ellas cuando hayamos muerto

En los años 70 dominaban las pantallas televisivas los ángeles de Charlie, unas chicas tan listas e intrépidas como despampanantes e ingenuas, todavía dependientes del macho alfa de turno, el invisible papito Charlie, cuyo discursito de entrada para cada capítulo hoy nos suena patéticamente demodé.

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El discursito de Charlie:

Había una vez tres muchachitas que fueron a la academia de policía. Les asignaron misiones muy peligrosas. Pero yo las aparté de todo aquello y ahora trabajan para mí. Yo me llamo Charlie.

Las muchachitas, Charlie, han crecido y tú, me temo, estás cirrótico y gordinflón. En la actualidad Jackie Peyton, Nancy Botwin, Patty Hewes, Liz Lemon, Alicia Florrick, Margaret Peggy Olson, Joan Holloway, Leslie Knope, Sarah Lund y Daenerys Dany Targaryen –¿le suenan estos nombres?– son las mujeres protagonistas de algunas de las series más interesantes que han cruzado las pantallas en los últimas temporadas: respectivamente, Nurse Jackie, Weeds, Damages, Rockefeller Plaza, Good wife, Mad men (por dos veces), Parks and recreation, Forbrydelsen y Juego de tronos.

A diferencia de lo que ocurre en Sexo en Nueva York, Mujeres desesperadas o Cougar Town, donde las protagonistas lo son específicamente en cuanto mujeres –y la, al parecer, principal preocupación en la vida de las mujeres de clase media y edad media: llevarse un hombre a la cama y al altar, no necesariamente en ese orden, después de haberse comprado unos zapatos bonitos, a ser posible unos Blahnick o unos Choo–, Jackie Peyton (interpretada por Edie Falcon, que hizo de esposa de Tony Soprano) es una profesional de la enfermería, Nancy Botwin (una deshinbida Mary Louise Parker) es una traficante de marihuana, Patty Hewes (Glenn Close, eficaz y afilada como un hacha) es una abogada que defendería al mismísimo Hitler (o estrangularía con sus propias manos al dictadorzuelo austríaco), y en general todas ellas se caracterizan por no girar su mundo alrededor de los hombres sino de sí mismas. 

Este giro ginocéntrico es uno de los fenómenos más interesantes de esta edad de oro de la pasión teléfila. En la famosa y celebrada Mad Men se pone de manifiesto de manera ejemplar cómo en los años 60 comenzó a tambalearse la figura patriarcal y dominante de los hombres frente a un nuevo tipo de mujer, independiente y autónoma aunque sin masculinizarse. Frente a los confusos y autodestructivos Dan Draper o Roger Sterling, los personajes más interesantes son las complejas e inteligentes Peggy Olson y Joan Holloway, que ponen en cuestión de una manera sutil y penetrante la presunta dureza emocional y superioridad intelectual de sus colegas masculinos, que las someten invariablemente a chantaje profesional por medio de la agresividad sexual, que usan como recordatorio de que son físicamente más fuertes que ellas. Como si todavía vivieran en el Pleistoceno.

Lo que hace tan fascinantes estos retratos de las mujeres en el siglo XXI es el método de aproximación a la experiencia cotidiana sin caer en moralismos de sacristía o de ministerio progre ni en dogmas políticamente correctos. Así, Jackie Peyton, la muy profesional enfermera de un hospital católico –dura con las espuelas, blanda con las espigas–, se queda horrorizada cuando advierte que se le han caído parte de las anfetaminas que esnifa a escondidas en el donut de su hija. O Nancy Botwin, la abnegada madre de familia de Weeds, que no tendrá más remedio que explicar a sus hijos cómo tuvo que introducirse en el tráfico de drogas para sostener financieramente a la familia tras enviudar.

Lo que distingue a todas estas mujeres es que se han introducido en un mundo de hombres, profesional y burocrático, sin perder por ello los dos principales atributos clásicos de la femineidad: el atractivo sexual y la ética del cuidado. Vamos, que se puede ser feminista sin dejar de ser seductora o cuidadora, a despecho de arpías como Andrea Dworkin, que consideraban el sujetador y la depiladora armas de destrucción masculinas. A un paciente de hospital le gustaría tener como médico al doctor House, pero mucho más de enfermera a Jackie, porque en el peor de los casos ambos te darán el empujoncito final... pero al menos Jackie lo hará con todo el dolor de su corazón, frente a los desmanes del cerebral y nihilista House. Tanto la enfermera drogadicta como la ama de casa camella harían como Belén Esteban, que en frase célebre cifró la máxima maternal por antonomasia: "¡Yo, por mi hija, mato!", mostrándose al mismo tiempo dueñas de una poderosa sexualidad que no es incompatible con una sensibilidad amorosa. Algo así como Fortunata y Jacinta en una sola persona.

Rockefeller Plaza y Parks and Recreation son dos series mellizas, unas punzantes comedias en las que dos mujeres entusiastas y competentes tienen que liderar a un grupo de hombres que lindan entre la idiotez supina y la cara dura sistemática. Ya sea dirigiendo a un equipo de guionistas de una serie de televisión, Liz Lemon (magnífica Tina Fey), o una patética troupe de funcionarios públicos, Leslie Knope (brillante Amy Poehler), ambas tendrán que aprender a librarse de las zancadillas de un mundo profesional mayoritariamente masculino en el que van a ser juzgadas no solo por su desempeño laboral, también por cómo se tinten el pelo.

Todas estas superprofesionales –trabajadoras a tiempo parcial, amas de casa a tiempo completo– definen desde distintos ángulos, con ironía, humor y empatía, el lugar de las mujeres en el hipercompetitivo mundo actual, al que accedieron relativamente hace poco (como muestra, otra serie de televisión, cuyo tema de fondo es precisamente el tránsito de la subyugación de la mujer a su liberación, y nos referimos a Downton Abbey). 

Estas mujeres paradigmáticas se resumen en la creación femenina más poderosa de los últimos años, la sin par abogada que jamás pisa un tribunal Patty Hewes. Para Hewes no hay problema que no se pueda solucionar mediante el dinero, el asesinato, el suicidio o una creativa combinación de todo eso. Y no es por casualidad que elija como discípula a una especie de ángel de Charlie a la antigua usanza... que se irá convirtiendo en una Cruella de Vil avant la lettre con indudable futuro para el mal. Su reverso blanco es la muy paciente Alicia Florrick, en The good wife, que se despierta un día descubriendo que su apuesto y caballeroso esposo es un golfo y un sinvergüenza y la muchachita, claro, se tiene que espabilar a marchas forzadas. "Bienvenida, cariño, al mundo real", le diría la Hewes.

Se impone, por tanto, una revisión de los ángeles de Charlie; ahora, los ángeles siguen siendo ángeles... pero caídos, y le han puesto de nombre Charlie a su mascota, un feísimo bulldog. Al original lo despidieron por rijoso, y ahora ellas, que se soportan a duras penas, son las dueñas no solo de la agencia de detectives, sino de sus propias vidas.

 

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