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Francisco Cabrillo

Los polémicos libros del padre Mariana

Su afirmación de que “no son del rey los bienes de sus vasallos”, abre el camino a una crítica que alcanza a todos los estamentos del mundo político.

Francisco Cabrillo
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El año 1610, el verdugo de París cumplió la poco edificante misión de quemar públicamente en la hoguera un libro titulado Del Rey y la institución real, en el que, entre otras cosas, se defendía la licitud del tiranicidio. Su autor era un jesuita español, el padre Juan de Mariana, una de las personalidades más interesantes de la cultura española en los años finales del siglo XVI y en la primera parte del XVII. 1599 fue la fecha de publicación de este libro. No tuvo problemas en España. Pero en 1610 Enrique IV de Francia fue asesinado y las autoridades intentaron que el regicida, de nombre Ravaignac, confesara que había sido inducido a llevar cabo su acción por la lectura del libro de Mariana. A pesar del conocido carácter expeditivo de las técnicas de interrogación de la época, Ravaigac negó tal hecho e insistió en que nunca había sabido nada de esta obra. Pero como las ideas del libro no gustaban demasiado, se pensó que una buena hoguera pública era el destino más adecuado para un escrito tan poco complaciente con los privilegios del rey.

Juan de Mariana había nacido en Talavera de la Reina el año 1536. Tras ingresar en la Compañía de Jesús, estudió en Alcalá y en Roma. Adquirió pronto una gran reputación como teólogo y fue nombrado el año 1569 profesor en La Sorbona, la universidad más prestigiosa del mundo en aquella época. Por motivos de salud tuvo que regresar a España, sin embargo, cuatro años más tarde y se estableció en Toledo, donde pasaría el resto de su larga vida y donde fallecería el año 1623. A pesar de estar aparentemente retirado del mundo, sus escritos siguieron siendo polémicos. Y el que más problemas le dio, sin duda alguna, fue un breve libro de economía, titulado De mutatione monetae –traducido al castellano como Tratado y discurso de la moneda de vellón– publicado en Colonia en 1609.

Esta obra es, ante todo, un alegato contra la codicia recaudadora de los reyes y especialmente contra la política de obtener recursos rebajando el valor de la moneda y creando, en consecuencia, inflación en la economía. Su carácter crítico y algunas referencias indirectas al duque de Lerma harían que el libro fuera perseguido en cuanto en España se supo de su publicación. Mariana fue acusado del delito de lesa majestad y se solicitó al Papa permiso para su procesamiento. El Papa delegó en el nuncio, quien intervino directamente en el asunto con el tribunal del rey. El ya anciano jesuita fue detenido y encarcelado en un convento de franciscanos en Madrid. Afortunadamente las cosas acabaron resolviéndose con sentido común. Los teólogos no encontraron errores en el libro; y el Papa no parecía muy dispuesto a aceptar una condena por un delito de lesa majestad para un jesuita prestigioso, que tenía ya por entonces setenta y tres años. No sabemos si llegó a dictarse sentencia. Lo cierto es que, tras cuatro meses de detención, Mariana pudo volver a Toledo con la condición de que modificara algunas páginas consideradas ofensivas y fuera más cuidadoso en el futuro con sus observaciones sobre la política de la monarquía.

La suerte del libro, como fácilmente puede imaginarse, no fue fácil. Felipe III mandó comprar y destruir todos los ejemplares que encontraran en Europa. Y el ensayo fue incluido en el Indice de Libros Prohibidos, de donde no saldría hasta el siglo XIX. Poca duda cabe de que, tanto en Francia como en España, las obras del padre Mariana no fueron lectura grata en los palacios reales. Pocos escritores ha habido que se hayan atrevido a denunciar con tanta fuerza los abusos de los gobiernos en la vida económica.

Su afirmación de que "no son del rey los bienes de sus vasallos", abre el camino a una crítica que alcanza a todos los estamentos del mundo político. Aún impresiona, por ejemplo, la fuerza de su comentario sobre los ministros del rey, cuando afirma:

Vemos a los ministros, salidos del polvo de la tierra, en un momento cargados de millaradas de ducados de renta.

Y no se libran tampoco de sus dardos los representantes del pueblo en la Cortes, de quienes dice.

Los más de ellos son poco a propósito, como sacados por suertes, gentes de poco ajobo en todo y que van resueltos a costa del pueblo miserable a henchir sus bolsas.

Temo que más de un lector concluya este artículo pensando que, seguramente, las cosas han cambiado en las Cortes menos de lo que pensábamos.

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