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Bretón, un enfermo mental condenado con espectáculo

Perdido en su universo. Quieto, sin moverse, como el psicópata de 'Psicosis'.

Francisco Pérez Abellán
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Los ojos de Bretón abiertos como en los dibujos animados. Ojiplático, ofimático, esquelético. Perdido en su universo. Quieto, sin moverse, como el psicópata de Psicosis: "¡Quieto, José, que vean que eres incapaz de matar a una mosca!", mientras el díptero le sube por el brazo propio, como a Anthony Perkins, mire usted.

Cuatro televisiones transmitían la lectura del veredicto del juicio a Bretón, en directo, con un suspense que le daba entretenimiento. Inauguramos con un festival friki la que puede llamarse "gran justicia del espectáculo". Esto es, la edición libremente adoptada, desde la esencia misma del sistema, capaz de competir en la audiencia de una final de fútbol. La corrupta vida política quedará siempre en muy segundo plano.

A la vista oral, que pudo resolverse en una semana, se le han dedicado tres de palpitante actualidad, y una de misterio impactante, con las deliberaciones de las siete mujeres y dos hombres que argumentan incansables como en Doce hombres sin piedad. En un crimen donde nadie ha visto nada, se ha citado a 97 testigos. Para lo que bastaban dos peritos, pero que fueran buenos, y no enchufados a la sopa boba, se ha citado nada menos que a 67. Los jurados han hecho perfectamente los deberes, incluso el portavoz, que debería ser contratado para futuros eventos porque no parece improvisado, dado que ha leído el veredicto mejor que Matías Prats.

Tal y como me temía, creo que los jurados se equivocaron, no apreciaron lo importante y han condenado a un loco sin darse ni cuenta. El periódico El Mundo contaba el domingo que a Bretón le habían enviado a una misión de paz a Bosnia, en 1994, y que le habían dado una medalla por eso. Allí pasó más miedo que Segismundo encadenado y se atrevió a auto-concederse el título del más cobarde.

El Mundo, como le pasa a veces, cuenta la verdad sin darse cuenta. En este relato se ve al periodista contaminado de la indignación general: capaz de ver a Bretón como matador, pero no como inimputable.

En España hay antecedentes de confundir la locura. Ya les pasó con el escalofriante caso de Mi hija Hildegart. Mandaron a Aurora a la cárcel, y cuando lo pensaron mejor, la llevaron al psiquiátrico. Los papeles de la loca que mató a su hija fueron encontrados hace ya algún tiempo en Ciempozuelos. Pero a Bretón no habrá quien lo mire dos veces.

El juicio, tan publicitado, demuestra por enésima vez que el jurado popular no sirve.

Que José Bretón es culpable de la muerte y desaparición de sus hijos, era un asunto que estaba claro, y que si no hubiera sido por el error de la perito de la policía, que se equivocó al confundir los huesos de los niños con los de animales, se habría resuelto al menos hace diez meses. Nos habrían ahorrado diez meses de sufrimiento. Y de gasto. Porque el Ministerio de Justicia, dado que esto es una cosa política, tiene la obligación de decirnos cuánto le ha costado a los españoles el farragoso juicio de Bretón: ¿veinte millones de pesetas o más? ¡Cómo se nota que tiran con pólvora del rey!

Creo que además pueden haberse equivocado los que estudiaron la mente de Bretón. La mirada fija, ausente, en estado de estupor. La cara como una máscara. Habría hecho falta un loquero, tan independiente en lo suyo como Etxeberría en los huesos, para dictaminar que Bretón está como una regadera.

Probablemente padece estrés postraumático, desde que el gobierno lo envió a misiones de paz a la guerra de Bosnia, donde le dieron esa medalla por "su valor, humanidad y servicio", aunque su defensa haya sido incapaz de percibirlo.

Por otro lado, la perfección artificial de este jurado traiciona la obligación de que se trate de personas de la calle, sin conocimiento jurídico. "La motivación" del juicio Bretón debe guardarse como pieza de excelencia académica, donde los jurados llegan a citar como sabios doctorandos: páginas, volúmenes del sumario, testimonios ni que estuviera todo especialmente preparado para la TV, donde el portavoz reina cuando vocaliza con dicción perfecta, pausa, seguridad y temblor emocional. Lo dicho: un gran espectáculo. ¿De verdad que era inevitable?

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