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Champions League

Chicharito, un Jason Robards del fútbol, es más que ese futbolista con las rodillas clavadas en el césped mientras le reza a la Virgen de Guadalupe.

Guillermo Domínguez
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Chicharito, un Jason Robards del fútbol, es más que ese futbolista con las rodillas clavadas en el césped mientras le reza a la Virgen de Guadalupe.

Corre el fútbol por sus venas. Nieto de futbolista, hijo de futbolista, Javier Hernández ha mamado el noble arte balompédico desde chamaquito. Trabajador silencioso, devoto incansable. Ante el Atlético de Madrid le llegó la gran oportunidad, y la aprovechó. No puede ocultarse que Ancelotti lo puso de titular en el octavo derbi de la temporada obligado por las circunstancias. Pero Chicharito no se amedrentó y respondió.

Carletto apostó por el mexicano antes que Jesé. Salió bien. Como también hizo con Ramos al alinearlo de mediocentro, pese a su desafortunado antecedente en el Camp Nou. Desde el silencio, sin hacer ruido, Chicharito ha ido ganándose la confianza del entrenador. Doblete en Riazor, gol de cabeza contra el Eibar y, en el último duelo previo a la vuelta de cuartos, brillante jugada frente al Málaga para asistir a Cristiano Ronaldo. Un buen aperitivo antes del plato fuerte: un gol que vale las semifinales de Champions, erigiéndose en nuevo héroe del madridismo. Pudo haber marcado antes, sí, pero la falta de puntería y esa enorme muralla llamada Jan Oblak lo impidieron.

A los 87 minutos, cuando la prórroga se antojaba inexorable, llegó el 1-0. Fue el premio a la persecución del gol, a la brega, a la pelea con los defensas rivales, al incesante trotar en esa búsqueda de los espacios, que tan necesarios se hacen en el fútbol moderno. "Este gol es de todo el equipo", confesaba el humilde ariete de Guadalajara tras el partido.

Gran profesional y cuentan que mejor persona. La incorporación a la plantilla blanca de Chicarito -como le llama Ancelotti en las ruedas de prensa-, ya comenzada la Liga, sembró dudas en un sector del madridismo que suspiraba por Falcao. El mexicano, sin sitio en los esquemas de Van Gaal, recaló en Madrid –en calidad de cedido– y el Tigre se fue al Manchester United. Distintas realidades viven hoy uno y otro: el colombiano, rindiendo a un nivel muy por debajo del esperado, con sólo cuatro goles esta campaña; el mexicano, un gol más que Falcao habiendo jugado menos minutos (1.528 por 940).

Chicharito es un Jason Robards del fútbol, un actor secundario de lujo que está sabiendo aprovechar las ocasiones. Es mucho más que la imagen de un futbolista con las rodillas clavadas en el césped mientras le reza a la Virgen de Guadalupe. La devoción como forma de vida, sí, pero acompañada por trabajo, por mucho trabajo. A Dios rogando y con el mazo dando.

Puede acabar haciendo el mexicano algo aún más grande, por qué no. Tiene harto complicado siquiera acercarse a su ídolo Hugo Sánchez, pero ya empieza a calar en el madridismo. Sin duda algo muy complicado en estos tiempos que corren y ante la enorme competencia que tiene por delante. ¡Ándele, Chicharito!

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