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CEROS Y UNOS

La web, el sueño y la pesadilla de H. G. Wells

Durante siglos, la Humanidad ha soñado con poner todo el saber a disposición de todo el mundo. Fue la idea que impulsó a Diderot a elaborar la Enciclopedia. Y la que llevó al escritor británico H. G. Wells a proponer la creación del Cerebro Mundial, que no sería un mero almacén estático de información, sino que se modificaría según fuera cambiando el conocimiento acumulado.

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Wells tenía algunas sugerencias sugestivas, como la de que el conocimiento podría no estar en un único lugar sino en una red; pero desafortunadamente no tenía la más remota idea de cómo podía demostrarlo: su única propuesta práctica consistía en almacenar la información en microfilms. Así las cosas, poco pudo hacer, además de publicitar sin mucho éxito su idea durante los años 30.

El testigo lo cogió Vannevar Bush, que en 1945 describió, en uno de esos artículos que los sabihondos y los cochinos llaman "seminales", un aparato al que llamó memex: un escritorio con una pantalla, un teclado y varias palancas que permitían, por medio de unos códigos, acceder a la información almacenada en microfilms. Bush reconoció que la mente no funciona por medio de índices y clasificaciones sino mediante asociaciones, saltando de una idea a otra, y pretendía que el memex reflejara ese modo de gestionar la información y ofreciera documentos relacionados con lo que el usuario estuviera leyendo. Pero no dio ningún paso para verlo construido, pese a su indudable capacidad técnica, que demostró –por ejemplo– al inventar el analizador diferencial, y su elevada posición política, pues fue responsable del desarrollo técnico y científico norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial, Proyecto Manhattan incluido.

Bush ejerció su influjo en otros investigadores norteamericanos, no crean. A mediados de los años 60 Ted Nelson acuñó el término hipertexto para describir su pionero sistema de organización de datos: cada documento tendría no sólo texto, también unas etiquetas, llamadas hiperenlaces, que al ser pulsadas con un lápiz óptico permitirían consultar otro documento con él relacionado. Poco después, el sistema informático creado por Douglas Engelbart incorporó un esquema similar, pero con ratón de por medio. Ahora bien, aunque el mecanismo de funcionamiento estaba creado, a nadie se le ocurrió emplearlo dentro de la red Arpanet, que por aquel entonces daba sus primeros pasos.

En los años 80, el problema de la gestión, organización y búsqueda de información en red fue cobrando más importancia, a medida que internet crecía. Pero no fue hasta los inicios de la década siguiente cuando se propusieron dos soluciones bien interesantes... y completamente distintas. La primera fue una cosa llamada Gopher, desarrollada en la Universidad de Minnesota y lanzada al mundo en 1991. Cada servidor Gopher albergaba un conjunto de documentos accesibles mediante menús y submenús. Tuvo sus dos o tres años de gloria, porque era la primera aplicación de internet que no requería que el usuario aprendiera un conjunto de abstrusos comandos para hacerla funcionar. Cuando llegó al poder, Clinton, que prometió en campaña impulsar las "autopistas de la información", creó un servidor de la Casa Blanca para Gopher. Fue uno de los cerca de 7.000 que llegaron a existir en su momento de mayor esplendor, 1994.

Sin embargo, aquel sistema no respondía a la visión de Vannevar Bush, pues su estructura era rígida. Fue un inglés, Tim Berners-Lee, quien se ocuparía de mezclar adecuadamente el hipertexto de Ted Nelson con internet. Era un informático que trabajaba en el CERN, el laboratorio europeo de física de partículas situado en Suiza y conocido por albergar el mayor acelerador de partículas del mundo. Berners-Lee quiso ocuparse de un problema que tenían los investigadores a la hora de compartir documentos dentro del laboratorio, dado que empleaban un gran número de ordenadores en muchos casos incompatibles entre sí.

Armado con su ordenador NeXT, de la empresa que fundó Jobs cuando le echaron de Apple, creó el protocolo HTTP y el lenguaje HTML. El primero definía la forma en que se accedía a los documentos, dando a cada uno de ellos una dirección única, que se llamaría URL, como por ejemplo http://historia.libertaddigital.com/ceros-y-unos.html. HTML era un lenguaje que permitía añadir formato al texto y, sobre todo, ponerle hiperenlaces. De este modo, aunque técnicamente fuera más complicado crear lo que ahora llamamos un sitio web que un servidor Gopher, aquél era mucho más versátil. La manera en que cada página se conectaba con otras a través de los enlaces llevó a su creador a compararlo con una telaraña, cuyos hilos, gracias a internet, abarcarían pronto toda la Tierra, de modo que lo llamó World Wide Web, o telaraña mundial. El primer sitio web, una página alojada en el CERN que explicaba qué era esto del HTML y cómo hacerte una tú mismo, vio la luz el 6 de agosto de 1991.

La batalla entre ambos servicios tuvo como fecha clave 1993. Ese año, la Universidad de Minnesota decidió cobrar a las empresas por usar un servidor Gopher, mientras Berners-Lee y el CERN pusieron su trabajo bajo dominio público. Mientras tanto, en un laboratorio informático de la Universidad de Illinois, Marc Andressen y Eric Bina crearon Mosaic, el primer navegador web gráfico cuyo uso se popularizó, facilitando el uso de imágenes en los documentos de la web. Temerosos de que terminaran queriéndoles cobrar, y viendo que la www empezaba a presentar notables mejoras, los que querían poner información en la red se olvidaron de Gopher y se centraron en la web.

Tim Berners-Lee se ha dedicado desde entonces a dirigir el consorcio W3, que se dedica a proponer los patrones de uso común en la web, y a sacar lustre a su distinción como Caballero del Imperio británico. Andressen y Bina fundaron Netscape, una de tantas empresas que intentaron mojar la oreja a Microsoft y terminaron fracasando: su demanda contra el gigante de Redmond hizo temer que la justicia terminara ordenando la atomización de éste en varias empresas, pero finalmente todo quedó en agua de borrajas.

Wells escribió en 1937 que estaba cerca el momento en que "cualquier estudiante, en cualquier parte del mundo", pudiera sentarse con su proyector en su propio estudio para "examinar a voluntad cualquier libro, cualquier documento, en una reproducción exacta". A finales del año 2010 existían ya 125 millones de sitios web, que acercaban ese sueño a la realidad. Pero, pese a ser escritor de ciencia ficción, Wells se quedó corto. Pensó en trasladar el conocimiento ya existente a su Cerebro Mundial. Sin embargo, no pudo anticipar que buena parte de la información creada por la Humanidad naciera directamente no en un papel, del que hubiera que hacer una réplica, sino directamente en la web, dando lugar a una explosión sin precedentes en el número de personas capaces de comunicarse con sus semejantes, de expresar sus opiniones, de aportar algo a lo que fuera.

Claro, que el Cerebro Mundial era parte de la visión totalitaria de la sociedad que tenía el cantamañanas de Wells, quien creía que tal artilugio debía servir como "un sistema de control mental ", una herramienta al servicio de un totalitarísimo Gobierno Mundial. Como para anticipar que ese invento aumentaría nuestras libertades y se convertiría en el azote de los tiranos de todo el mundo...

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Con este artículo dedicado a una invención que, por alguna extraña razón que no alcanzo a comprender, en este periódico publicado en la web y llamado Libertad Digital tenemos especial cariño, termina Ceros y Unos. Ha sido más de un año, y 49 artículos que más pronto que tarde podrán leer recopilados en un libro. De los de papel de toda la vida, de verdad. Ha sido un placer poder compartir con ustedes durante estos meses una de mis pasiones, la historia de mi profesión, la informática. Si les ha gustado la cosa, ¡cómprenme el libro, leñe! ¡Uno para ustedes y otro(s) para regalar!

 

Pinche aquí para acceder al resto de la serie CEROS Y UNOS.

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