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ASUNTOS EXTERIORES

Aznar y la nueva Europa

Hay expresiones destinadas a hacer historia. La del secretario de Defensa norteamericano Donald Rumsfeld sobre “la nueva y la vieja Europa” es una de ellas.

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Anne Applebaum, columnista de The Washington Post, apuntó en su momento (29.01.03) que si “Rumsfeld había querido irritar a los dos países líderes hasta ahí de la Unión Europea” y cambiar todo el proyecto de unión, basado hasta entonces en el eje franco-alemán, no lo podía haber hecho mejor. De hecho, desde entonces se han ido poniendo cada vez más de relieve los complejos y la inseguridad del famoso eje franco-alemán.

Por una parte, los “viejos europeos” se sienten a gusto con esa denominación. Prefieren el consenso, el diálogo, la búsqueda de la paz mediante el compromiso. Como al escepticismo añaden la experiencia, se sienten “mayores”, más veteranos. Ahora bien, para ellos el proyecto europeo, basado en la alianza entre París y Berlín, es un proyecto lleno de futuro y aún por explorar. A las ventajas de la edad, quieren sumar las de la juventud. Siendo mayores, también quieren seguir teniendo el futuro de su parte. Como es natural, a los “viejos europeos” no les gusta que les llamen “viejos”. Aunque hay americanos que tampoco se sienten a gusto con eso de que los identifiquen con la juventud y preferirían estar del lado de la “vieja Europa”, que es más joven, al parecer, que la “antigua América” (así lo dice Graham E. Fuller, que resulta ser un antiguo funcionario de la CIA, en The New York Times, 12.02.03)

La irrupción de España y de su presidente del Gobierno en este debate ha causado un terremoto. Según Emma Daly, de The New York Times (12.02.03), Aznar es un “inspector de hacienda, sobrio y castellano”. Aznar no se quitará nunca de encima aquella anécdota relatada o inventada por The Economist en 1996, según la cual en su noche de bodas el futuro presidente del Gobierno, en vez de pedir champagne, o al menos cava, pidió una botella de agua mineral. Lo lógico es que Aznar y los españoles —igual de pasados de moda que él— estuvieran al lado de la “vieja Europa”.

No es así. Aznar se ha empeñado en representar a la “nueva”. Todo se explica si se tiene en cuenta que Aznar, como Tony Blair y Vaclav Havel, es un “vasallo” de Estados Unidos (Libération, 31.01.03). Según Le Monde (06.02.03), Aznar no respeta la opinión pública de su país e incluso impide (“aherroja” dice Le Monde: a los franceses les gustan las palabras complicadas) el debate parlamentario. Hay quienes piensan lo contrario. Aznar, como sus colegas de la Carta de los Ocho, le ha echado mucho valor al tomar una posición tan clara, sobre todo en vista del antiamericanismo general de la opinión pública europea, de izquierdas y de derechas. La apuesta les condena a la incomprensión y al aislamiento (Robert Kagan en The Washington Post, 31.01.03). Pero Aznar se ha situado del lado de la democracia y la economía de mercado, y patrocina una forma de construir Europa todavía sin explorar, fuera de los esquemas imperantes durante la Guerra Fría: ahí está el futuro. Le Figaro, que lo sabe, intenta sugerirlo sin pillarse los dedos (“París no convence a Europa”, 13.02.03).

El columnista inglés Andrew Pierce (The Times, 13.02.03), frivolizando bastante, propone una solución. Según Pierce, tal vez Ana Aznar, que desde hace varias semanas vive en Londres, pudiera tener algún encuentro con Fleur Raffarin, que así se llama la hija del presidente del Gobierno francés. Pierce añade que Raffarin no está muy contento de que su hija pase tanto tiempo en Londres.


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