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DRAGONES Y MAZMORRAS

Puente cultural

Francia y la cultura francesa siguen siendo un punto de referencia de cuyo apartamiento, en España y fuera de España, no podrán sino arrepentirse las generaciones futuras, e incluso las presentes. Francia es mucha Francia y su solidez estructural no se fabrica en veinticinco años.

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Estoy nuevamente en Francia, adonde me han traído asuntos relacionados con la traducción literaria, trabajando con un grupo de personas que manejan perfectamente ambas lenguas: el francés y el español. Esto no es una revista especializada, así que no les voy a aburrir con los detalles del curso que me ha tocado dar, pero les diré que este contacto entre ambas culturas deja claro el cambio que se está produciendo en cada una de ellas. Los franceses parecen haber entendido ya que la literatura española no se limita a Lorca y Alberti, y hay por aquí traductores, como Claude de Frayssinet, que han hecho antologías de poesía española tan rabiosamente modernas, luego arbitrarias, como las que se hacen en España. Internet hace milagros y los “hispanizantes” están perfectamente al día de lo que ocurre en nuestro patio de vecindad, en cuanto a polémicas y piques literarios y eso nos viene muy bien a todos los escribidores porque aumenta nuestras posibilidades de ser traducidos en vida. La francofonía también tiene ropa sucia en el cesto y en el tendedero pero los “galicistas” españoles, entre los que me cuento, seguimos siendo mucho más clásicos en cuestión de gustos literarios y nos decantamos por los valores seguros. Yo por ejemplo estoy dedicada ahora —una vez más— a traducir a Edmond Jabès, concretamente su poesía completa, no diré para quién para no desvelar ningún secreto editorial.

Y es que Francia ya no está de moda, a pesar de haber recuperado cierto
protagonismo político. Aunque últimamente no lo parezca, detesto la
política, pero no puedo dejar de consignar que me hace mucha gracia ver que los progres de “izquierdas” —esa noción que creíamos desaparecida pero que regresa, poderosa, al primer plano— tienen que apoyar a Jacques Chirac una vez más en menos de un año. Si a los franceses les hace “mucha gracia” (es decir, les repatea) que Chirac sea ahora pacifista, piensen en la risa que nos da a nosotros ver a Felipe González calificar a José María Aznar de monaguillo de Bush II, cuando él servía de mamporrero a Bush I. Sólo por eso me da rabia que los socialistas no estén en el Gobierno, por no poder ver a R. Zapatero diciendo exactamente lo mismo que dice Aznar. Sólo que ellos, ante el insulto recibido por parte de los “actoritos” y las “actoritas” durante la entrega de los Goyas, hubieran derribado la Academia de la Cinematografía en vez de dar dinero para reconstruirla, o construirla, que no crean que estoy muy enterada de en qué consiste exactamente la ayuda que piden estos genios de la interpretación a la administración a la que con tanto salero desprecian.

Pero pejigueras aparte, Francia y la cultura francesa siguen siendo un punto de referencia de cuyo apartamiento, en España y fuera de España, no podrán sino arrepentirse las generaciones futuras, e incluso las presentes. Francia es mucha Francia y su solidez estructural no se fabrica en veinticinco años. Con todos sus defectos, son más numerosas sus virtudes. Entre estas cuento la de ser un país enormemente receptivo y fagocitador y ambos atributos son siempre positivos a la hora de hacer lengua y literatura. Su curiosidad (y me da lo mismo que sea altruista o interesada) le ha llevado a ser un vehículo cultural de primer orden a través del cual se han filtrado en todos los puntos del orbe las demás culturas. En particular sirvió de puente entre España y Rusia y así, Cervantes se convirtió en el padre de la literatura rusa gracias a las traducciones francesas y también, gracias a ellas, doña Emilia Pardo Bazán pudo introducir en España la novela rusa del XIX, lo que no fue poca cosa aunque no hiciera mucha mella en nuestros escritores. De casta le viene al galgo; gracias a ellos, los españoles, mermados por la lucha contra el franquismo, pudimos conocer la obra de la literatura prohibida rusa y en general de la literatura prohibida del Este. Ellos supieron respetar a Solzhenitzyn (en vez de insultarlo y vejarlo como se hizo en España) y la editorial arlesiana Actes Sud nos descubrió la magnífica obra de Nina Berberova. Ahora esta editorial acaba de traducir del ruso las memorias de Anastassia Tsvétaeva, hermana de la gran poetisa Marina Tsvétaeva, libro que promete ser una auténtica revelación y que espero ver pronto traducido en nuestro país, porque afortunadamente ya no tenemos molinos de viento que derribar (¿o eran gigantes?).


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