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AL MICROSCOPIO

Derechistas natos

Curiosa contradicción ésta: ser capaces de viajar a los confines del cosmos con la mente, de idear una arquitectura conmovedoramente inteligente y, sin embargo, no poder resistirnos a la poderosa fuerza del cordón umbilical que dictará para los restos el modo en que aproximamos nuestros labios a los de la mujer amada.

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Lo bueno que tiene la ciencia es que, a menudo, viene a poner las cosas en su sitio. Hace a penas unas horas me encontré a mí mismo reflexionando en La Mañana de Cope sobre el destino del cosmos. Se me antojó ocurrente argumentar que el ser humano es inmensamente diminuto en medio del todo universal y que, a pesar de ello, tenemos la capacidad de recibir sutiles mensajes que nos llegan desde más allá de las estrellas más lejanas, elaborar ambiciosas teorías y crear modelos del funcionamiento real de las cosas. Somos pequeños, pero en nuestro nimio cerebro está la chispa del ingenio que nos convierte en los únicos animales capaces de idear por qué estamos aquí y hacia donde nos dirige el destino.

Así de importantes somos. Animales áticos en la creación, cúspides de sabiduría y privilegiados poseedores de la llama del conocimiento cosmológico. Casi nada. Pero he aquí que, de vuelta a casa, tras la cotidiana revisión a las noticias científicas que bombardean el buzón electrónico, me encuentro con la constatación de que, quizás, todo lo antedicho es una soberana idiotez.

Lean, lean: El modo en que besamos viene determinado por nuestro comportamiento prenatal. En otras palabras, que nosotros, los listillos del mundo animal, somos capaces de diseñar estructuras mentales satisfactorias sobre lo ocurrido hace 13.700 millones de años (última fecha propuesta por la ciencia para el nacimiento del cosmos) pero no
tenemos albedrío para decidir si torcemos la cabeza a la izquierda o a la derecha cuando enviamos un romántico ósculo a nuestra pareja.

El investigador que nos hace caer en la cuenta de esta miseria es un neurólogo llamado Onur Güntürkün, que durante los últimos dos años y medio se ha dedicado a pasearse por espacios públicos, jardines, aeropuertos, teatros... observando a las parejas besantes. Tamaño ejercicio de voyeurismo no responde más que a una labor estadística que, ahora, ha derivado en teoría psicoevolutiva merecedora de reseña en la mismísima revista Nature. Según Onur (disculpen la familiaridad, pero me niego a repetir su apellido) hay dos humanos que giran su cabeza a la derecha al besar por cada uno que elige el escorzo a la izquierda. Esta proporción de dos a uno no parece casual desde el momento en que coincide también con la mayoría de diestros sobre los zurdos o de gente que oye mejor con su oído derecho frente a los que prefieren el izquierdo.

Pero, según el citado investigador, la tendencia a girar el cuello antecede a todas las demás: surge en las semanas finales de desarrollo en el vientre materno. Los bebés muestran una predisposición natural a descansar la cabeza sobre su lado derecho mientras están dentro del útero, y resulta sorprendente que, durante los primeros meses, dicha asimetría se traslada a casi todas las funciones: la audición, las reacciones reflejas, el uso de las manos. De alguna manera, una parte importante de la población termina convirtiendo ese recuerdo uterino en patrón de su conducta y maneja el lado derecho del cuerpo con soltura natural, incluso en los más románticos lances del ars amandi.

Curiosa contradicción ésta: ser capaces de viajar a los confines del cosmos con la mente, de idear una arquitectura conmovedoramente inteligente y, sin embargo, no poder resistirnos a la poderosa fuerza del cordón umbilical que dictará para los restos el modo en que aproximamos nuestros labios a los de la mujer amada. Somos seres complejos, sin duda. Quimeras a medio camino entre el dios y la bestia: inteligencias flotando en el interior de cuerpos rematadamente animales. Y que nos dure.

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