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DRAGONES Y MAZMORRAS

Crímenes y literatura

Así como no necesito descubrir a nadie en qué consiste el premio Nadal (59ª edición), tal vez alguien quiera saber algo sobre los otros dos premios que la editorial Destino entrega también tradicionalmente el 6 de enero.

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Son el premio Josep Pla, de prosa en lengua catalana y el premio Destino-Guión. El Josep Pla va ya por su 35ª edición, y recuerdo a quienes se niegan a admitir ciertos hechos que cuando se creó, o sea en 1967, faltaba todavía una década para que terminara el franquismo, lo cual no hace bueno al franquismo pero invalida la tesis de la persecución implacable de tan bella lengua, incluso hasta la instauración misma de la democracia (cuando se lo indiqué a uno de esos fanáticos que niegan la evidencia dijo “vale, pero no estoy de acuerdo”). En cambio, el premio Destino-Guión, que es una especie de premio de consolación al que no hay que presentarse, pues optan automáticamente a él todos los que lo hicieron al Nadal, cumple sólo tres años. No sé quien ha ganado en esta ocasión el Pla ni el Destino-Guión, pero tendría que estar realmente muy apartada del mundanal ruido para no haberme enterado de que el Nadal se lo han dado a Andrés Trapiello y lo ha hecho con una novela titulada Los amigos del crimen perfecto, título que, (pura asociación de ideas sin mayor trascendencia) me sugirió inmediatamente el del El club Dumas.

Leo que mucha gente se ha extrañado de que Trapiello trate esos temas, pero sin quitarle mérito ni originalidad a su idea, es algo que está, por así decir, en el “aire de los tiempos”. Tanto, que la propia editorial ya lo había avisado en la carta que envía a los medios poco antes de la revelación, en la que se avanzaba que “entre las novelas presentadas abundan las obras de serie negra, ya sean de corte policíaco o de intriga psicológica, siempre con un misterio a descubrir cuya resolución persigue al lector a lo largo del libro”. Dejando de lado que más bien será el lector quien persiga la resolución del misterio “a descubrir” —vean qué sintaxis— y no a la inversa, Trapiello no ha inventado nada nuevo ni creo, por otra parte, que fuera esa su intención. La novela de intriga es muy tentadora para cualquier novelista, por ese mismo “misterio a descubrir” que facilita las cosas.

Como todavía no ha salido no puedo decir más que lo que deduzco de las numerosas entrevistas que ha concedido el premiado, a quien felicito efusivamente, pero da la impresión de que su novela pertenece más al género de intriga que al de novela negra, y tampoco parece que pueda ser calificada de “policíaca” o de “detectives” que son cosas muy diferentes también entre sí y si me apuran, incluso antagónicas como opinaba George Orwell. Fue el escritor francés André Gide quien acuñó el término “novela negra” al titular así la colección que dirigió en Gallimard, movido por el respeto y la admiración que le producían escritores como Dassiel Hammet y Raymond Chandler, autor este último muy citado por Trapiello en las mencionadas entrevistas. En la época de Gide ya parecía felizmente superada la polémica que enfrentaba a los partidarios de la novela de detectives (Sherlock Holmes, Arsenio Lupin, etc) y los de la novela de “criminales” (Symons, Hadley Chase y otros). Orwell creía que esta última iba a acabar con la novela clásica de detectives. Se equivocó. Ambas sobrevivieron llegando incluso a fundirse en un género nuevo, sincrético (véase Patricia Higsmith), que es el que ahora conoce tan magnífica eclosión en todos los idiomas.

Hay quien piensa que la literatura de crímenes es mucho más imaginativa que la realidad criminosa. Antonio Martínez Olmedilla, autor de mi fuente principal en la materia, titulado Cien años y un día, publicado en 1960 por la editorial Aguilar, donde se da un repaso sensacional a todos los grandes crímenes del XIX y de lo que le había sido dado conocer al autor del XX, dice lo siguiente: “los escritores van mucho más allá que los profesionales del delito. Los bandidos, en una u otra forma, tienen poca imaginación. Se repiten demasiado. No hay en ellos originalidad, ansias de renovación, como en los escritores que cultivan el género.” Pues bien, aunque admito que tiene parte de razón (en lo de la renovación) no estoy excesivamente de acuerdo en lo tocante a lo de la imaginación. Es cierto que los criminales necesitan la sublimación de la literatura para resultar atractivos, pero la materia que ellos proporcionan desafía la imaginación más desbocada, como demuestra Olmedilla en su propio libro.

Precisamente la editorial Lengua de Trapo acaba de rescatar unos textos de Benito Pérez Galdós sobre dos de los crímenes más sonados de la segunda mitad del siglo XIX, el llamado crimen de la calle de Fuencarral y el crimen del cura Galeote (titulado así, El crimen de la calle de Fuencarral. El crimen del cura Galeote). El primero fue un crimen chapucero y sórdido de los que Olmedilla llama “de doméstica” (criada mata a señora para robarla) en el que se vio implicado el director de la cárcel Modelo, Millán Astray (padre del de la Legión) pues la prensa descubrió que los presos podían salir a placer de la cárcel donde se suponía estaban recluidos, y a resultas de lo cual tuvo que dimitir Montero Ríos, el presidente del Tribunal Supremo. El segundo crimen lo califica Olmedilla entre los “magnicidios” porque fue contra la persona de Narciso Martínez Izquierdo, primer obispo de Madrid (ciudad que hasta entonces dependía eclesiásticamente de Toledo), quien a los pocos días de entrar en posesión de su cargo recibió tres tiros de Cayetano Galeote Cotilla uno de esos curas asilvestrados que se daban en el Madrid de la época. Ambos crímenes tuvieron tal repercusión que por primera vez se vio el poder de la prensa (que inició uno de esos juicios paralelos a los que es tan propensa) sobre la opinión pública. Galdós se hizo eco de ellos en las crónicas que envió de 1840 a 1894 al diario La Prensa, de Buenos Aires. A pesar de lo que dice Rafael Reig en su por otra parte magnífico prólogo, ni la exposición de los hechos ni los comentarios, son específicamente “galdosianos”. Galdós sabe que está tratando con un material peligroso que sólo se puede enfocar con respeto y frialdad, lo que demuestra una vez más la asombrosa modernidad del escritor español más grande de todos los tiempos (sin faltar el respeto a Cervantes).


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