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EN LA MUERTE DE NORMAN BORLAUG

El hombre que odiaba el hambre

Fue distinguido con el Nobel de la Paz, la Medalla Presidencial de la Libertad, la Medalla Nacional de las Ciencias y la Medalla del Congreso. Decenas de universidades le concedieron grados honorarios. Hay instituciones de investigación y facultades de tres continentes que llevan su nombre.

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Así que fue largamente reconocido, y por buenas razones: se calcula que ha salvado más vidas –cientos de millones, quizá miles de millones– que ningún otro hombre en toda la historia de la Humanidad.

Sin embargo, hasta el pasado día 13, en que falleció –a los 95 años de edad– a causa de un cáncer, podría haber preguntado a 1.000 personas al azar en la calle y lo más probable es que 998 jamás hubieran oído hablar de él. De Norman Borlaug. Seguramente, tampoco habrían oído hablar de su Revolución Verde, que hizo crecer fabulosamente la productividad agrícola. México fue, allá por los años 60, el primer país beneficiario de semejante fenómeno.

En tiempos en que los agoreros de turno andaban prediciendo hambrunas sin cuento, el milagro agrícola de Borlaug disparó las cosechas de trigo y arroz, que crecieron más que la población. El resultado de todo ello fue un mundo con más alimentos que nunca. Y más baratos.

Atiendan a lo que escribió el periodista Gregg Easterbrook en The Atlantic en 1997, en un perfil del propio Borlaug:

En 1950 el mundo producía 692 millones de cereales para 2.200 millones de personas; hacia el año 1992, la producción era de 1.900 millones de toneladas para 5.600 millones de personas. O sea, que había 2,8 veces más grano para 2,2 veces más población.Los rendimientos de la cosecha mundial pasaron de 0,45 a 1,1 toneladas por acre.

Aún más notable fue que esta eclosión apenas afectó a la cantidad de tierra explotada, que apenas aumentó un 1% entre 1950 y 1992.

Borlaug creció en una granja del norte de Iowa. Hubo de vérselas con la Gran Depresión y con la terrible sequía Dust Bowl, que devastó buena parte del Medio Oeste. El ver a compatriotas pasar hambre le dejó una huella "indeleble", declarará más tarde, y le inculcó "un odio ferviente al hambre, a la miseria y a la pobreza". Ese odio le condujo al estudio de las patologías de las plantas, y a adquirir los conocimientos que se revelaron cruciales para el advenimiento de la Revolución Verde.

La clave estuvo en el cultivo de variedades de trigo tropical de tallo alto, que respondían bien a los fertilizantes pero que tendían a ceder bajo el peso de las semillas, junto con trigo enano, de tallo corto, lo suficientemente denso como para apuntalar las cepas mejoradas por Borlaug, grandes y pesadas, que estaban germinando. Los resultados fueron extraordinarios: la producción de trigo podía triplicarse y cuadruplicarse sin necesidad de explotar una mayor cantidad de tierra. (El mismo principio fue luego aplicado al arroz, con resultados similares). En unos años, tras la adopción de los métodos de Borlaug, México alcanzó la autosuficiencia en lo relacionado con el trigo.

Cuando llevó sus innovaciones a la India y Pakistán, el resultado fue muy parecido. La cosecha india de trigo de 1968 fue tan abundante, recordaba el New York Times, "que el Gobierno tuvo que habilitar escuelas como graneros improvisados". En 1970 la India estaba produciendo 20 millones de toneladas de trigo, frente a los 12,3 millones de sólo cinco años antes. Se estima que la cosecha de 2009 será de más de 78 millones de toneladas.

Como todos los grandes hombres, Baurlog tenía sus críticos y detractores. A menudo se dice que los hacedores hacen, mientras que sus antagonistas se dedican a escribir vehementes manifiestos donde explican por qué eso no se hace. "La batalla por alimentar a toda la humanidad ha terminado", anunciaba el agorero Paul Ehrlich en The Population Bomb, su best seller de 1968. Cientos de millones de personas iban a morir de hambre, advertía, y no había nada que se pudiera hacer para evitarlo. Pero ese mismo año, como apunta Ronald Bailey, el éxito de Borlaug ya era denominado "Revolución Verde" por la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional.

"[Ehrlich] fue uno de nuestros peores críticos", rememoraba Borlaug en una entrevista con Bailey publicada en el 2000. "Me dijo que no iba a causar un impacto importante en la producción de alimentos". Ese pesimismo hubiera podido mover a risa si no hubiera sido tan influyente. La presión hizo que algunos de los patrocinadores de Borlaug se echaran atrás. Sus críticos ecologistas denunciaron el uso de fertilizantes y la manipulación genética, y hubo quien le acusó de no respetar los límites naturales de la Tierra en la producción de alimentos.

Pero Borlaug había visto demasiada hambre como para dejarse intimidar por sus censores. Las quejas de sus orondos detractores occidentales desaparecerían –aseguraba– si vivieran tan sólo un mes entre los más pobres y famélicos de la Tierra. Él lo hizo durante 50 años.

¿No sólo de pan vive el hombre? Desde luego. Pero sin pan siquiera puede planteárselo. Gracias a Norman Borlaug, cientos de millones de seres humanos se han librado de las garras del hambre.


JEFF JACOBY, columnista de The Boston Globe/The New York Times. 
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