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EN DEFENSA DE LA ESCUELA AUSTRIACA

El mundo y yo

Lo que aquí escribo suena a que todo el mundo está equivocado menos yo y unos pocos seguidores de la Escuela Austriaca. Pero, afortunadamente, la verdad no se encuentra contando votos.

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En todo el mundo, tanto en los países desarrollados como en los subdesarrollados, predomina la creencia de que se estimula la economía promoviendo la demanda, o sea, mediante la repartición de dinero para que la gente lo gaste. Ese absurdo proceder –muy de moda entre economistas y matemáticos con mística keynesiana– no capta que el estado natural de la economía es el desequilibrio.

Obviamente, si una persona produce un quintal de maíz, su poder adquisitivo equivale al precio de ese quintal, porque, en el mundo real, esa persona compra con el dinero que recibe por su trabajo. Si produce dos quintales, su capacidad de demanda se duplica; y si produce tres quintales de maíz, se triplica. ¿Es acaso difícil comprender que la capacidad de compra depende de lo que uno produce?

Pero si el gobierno fabrica dinero y lo bota desde un helicóptero, los únicos que aumentan su demanda son quienes sacaron provecho de ese dinero que les llovió del cielo; dinero que, por ser inflacionario, reduce el valor de la moneda y la demada de los demás.

La Ley de Say, que tanto disgusta a los economistas del mainstream, mantiene que la única manera de activar la economía pasa por estimular la producción, en lugar del consumo; porque si no aumenta la producción, por más dinero que lancen desde helicópteros, la demanda total no aumentará: sólo se desviará.

Entonces ¿cómo se incrementa la producción? Todos sabemos que quien produce lo hace para obtener un rendimiento económico. Pero si a la inversión se le imponen impuestos, lógicamente, se invertirá menos, con lo que se producirá menos, se demandará menos, se dará menos empleo y habrá menos ingresos fiscales.

Pareciera que fuera un misterio el que cada nueva inversión cree más plazas y mejore las condiciones de trabajo existentes. De no ser así, no acudirían los trabajadores a los nuevos puestos.

La cruda realidad es que cuando se eliminan impuestos se logran más inversiones, las cuales empujan hacia arriba la demanda de trabajadores, los salarios y los ingresos fiscales, que siempre son una tajada de lo que se produce. Obviamente, si no hay producción no hay tajada fiscal.

Es increíble: ni los técnicos de los bancos y las asesorías y ni los sofisticados economistas de las universidades y los gobiernos vieron venir la crisis, causada por el gobierno norteamericano con su política de estimular la compra de vivienda por parte de gente insolvente: cuando la burbuja reventó, afectó a dos grandes sectores, la construcción y la banca hipotecaria.

Todo lo que pasó es indicativo de lo que se enseña en las universidades más renombradas, que repudian la Escuela Austriaca a pesar de que es la única que ha anticipado todas las burbujas ¿Quién estará equivocado? ¿Todos los demás o nosotros, los austriacos?


© AIPE

MANUEL F. AYAU CORDÓN, rector emérito de la Universidad Francisco Marroquín (Guatemala).
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