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DE DÓNDE VINO LA DEMOCRACIA

Franquismo de guerra y franquismo reformista

Hay una evidencia histórica indiscutible: la democracia actual proviene del franquismo, por vía de reforma, “de la ley a la ley”. La Transición fue diseñada por y desde el franquismo, y en contra de una oposición empeñada en una “ruptura” que enlazase con la convulsa República, como si los cuarenta años anteriores pudieran reducirse a un paréntesis vacío.

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El insensato rupturismo fracasó pronto, y, después del referéndum de diciembre del 76 –más votado que el de la Constitución–, la oposición pasó a colaborar con los franquistas para asegurar la democracia mediante la reforma. No toda la oposición, desde luego. Grupos separatistas y de extrema izquierda rechazaron las libertades y procedieron a combatirlas mediante el terrorismo. También las rechazó un sector minoritario del franquismo, aunque sus violencias fueron muy inferiores a las de la izquierda.
 
Así ocurrió, en esquema. Sin embargo, apenas se ha prestado atención a la paradoja de que un régimen autoritario y antidemocrático, anticomunista pero también antiliberal, haya dado origen a la democracia. ¿Cómo fue posible? En este aparente contrasentido hunden sus raíces muchas demagogias y extremismos actuales.
 
La respuesta más obvia es: fue posible porque el franquismo no fue un régimen monolítico. Nadie ignora, al menos a grandes rasgos, las divergencias entre el Ejército, el Movimiento, la Iglesia, y dentro de cada uno de ellos. Pero hay otra línea divisoria mucho más general e importante: entre quienes consideraban la dictadura una respuesta extraordinaria, y por tanto pasajera, a la crisis extraordinaria de los años 30, y quienes tenían al régimen por la superación definitiva tanto de los sistemas comunistas como de las democracias liberales, creyéndolo destinado, por tanto, a perpetuarse y a servir de ejemplo para otros muchos países.
 
Franco, en el Desfile de la Victoria.A la segunda tendencia podríamos llamarla "franquismo de guerra" (término quizá no muy afortunado, pero útil provisionalmente), y suponía una proximidad a los estilos fascistas, rigidez jerárquica, populismo, autarquía, desconfianza del mercado y fuerte intervencionismo económico del Estado. Predominó –pero nunca absolutamente, ni mucho menos– hasta finales de los años 50, a causa, en parte, de las duras condiciones de la época, con dos posguerras, la segunda impuesta por los vencedores de la contienda mundial mediante el boicot económico y el aislamiento internacional.
 
En los años 60 fue tomando la iniciativa el franquismo reformista, de orientación liberalizadora tanto en economía como en política. Los roces con el franquismo de guerra se resolvieron a favor de aquél debido a su éxito económico y social, realmente espectacular. Ese éxito impidió la vuelta atrás, pese al sabotaje de una oposición mucho menos democrática que la propia dictadura de Franco y que pronto recurriría al terrorismo.
 
El reformismo era también franquista, desde luego. Sus medidas llevaban, más o menos conscientemente, a una transformación progresiva del régimen, hasta su desaparición, pero pocos creían en una democracia liberal, al menos en vida de Franco. Esto, dicho sea de paso, lo pensaban también sus enemigos, pues el Caudillo les inspiraba un respeto supersticioso, por más que quieran derrotarle ahora, tantos años después de muerto.
 
Fallecido Franco, el movimiento ya iniciado tenía que acelerarse. E importa señalar que ese movimiento, la Transición democrática, no provino de una imposición externa: cuando las Cortes franquistas deciden autodisolverse para dar paso a la democracia el régimen no había sido derrotado en absoluto, y sería la oposición la que tuviera que plegarse al plan de reforma, renunciando a su insensata ruptura. Debe apreciarse en todo su valor el hecho, único, o poco menos, en la historia.
 
Podríamos expresarlo de otro modo: la dictadura no nació derrotando a la democracia, como pretenden muchos indocumentados, sino a la revolución. En teoría, podría haberse consolidado en la llamada "democracia orgánica", como quería el franquismo de guerra, pero no fue así, y por consiguiente la propia disminución del peligro revolucionario impuso una liberalización inevitable, aun si lenta.
 
Y así fracasó el franquismo de guerra. Casi nadie en todo el mundo veía al franquismo como un modelo superador de las democracias, y los grandes éxitos del régimen, invocados por el llamado "búnker" para defender la pervivencia de la dictadura, correspondían, precisamente, a su gradual liberalización. Por otra parte, ese franquismo extremista llegó a la democracia con grandes ventajas heredadas de su anterior posición privilegiada, pero se mostró incapaz de competir en una sociedad libre y se hundió por sí mismo. Algo muy parecido ocurrió a los comunistas.
 
Franco, con Don Juan Carlos, en su última aparición pública (1 de octubre de 1975).Estas consideraciones nos permiten, creo, explicar con sencillez lo que de otro modo se presenta como una paradoja insoluble, origen de mil lucubraciones fútiles. Durante años han predominado las versiones irrisorias de una izquierda incapaz de análisis algo matizados (la izquierda española parece alérgica al pensamiento, nunca pasó del panfleto y consigna. No sabría decir por qué, pero así ha sido y sigue siendo. Parece un mal fario). Entre eso y la indolencia intelectual de la derecha, cunden falsificaciones del pasado que abren vías a la transformación de la democracia en demagogia.
 
Trataré de exponerlo en otras palabras: dadas las circunstancias históricas, la democracia no podía venir a España a través de los vencidos de la guerra, totalitarios y golpistas en su mayoría, y tampoco, más tarde, de la oposición a Franco, mucho menos democrática que éste, aunque no se le cayeran de la boca las consignas de libertad. Sólo podía venir de la evolución reformista del propio régimen. Cualquier otra salida habría sido traumática y de resultado incierto. Así, la democracia ha llegado a España algo más tarde que a otros países europeos, pero a cambio nos la debemos a nosotros mismos y no a la intervención de Usa.
 
Una consideración final. Algunos especulan con una posible democratización años antes, por ejemplo al terminar la guerra mundial, cuando los Aliados parecieron a punto de invadir España y parte de los monárquicos oficiaban de reformistas. En ese sentido leemos, por ejemplo, las lamentaciones falsamente lúcidas de Gaziel. Como he explicado en mi reciente libro sobre Franco, resulta ilusoria la idea de que los tanques useños fueran a traer la democracia en un simple paseo militar, sin apenas resistencia; no responde a la realidad la creencia de que los políticos vencidos en la Guerra Civil volvieran en triunfo para ser aceptados siquiera por sus antiguos partidarios, a quienes habían dejado en la estacada; y de ningún modo serviría de elemento equilibrador una monarquía detestada por las izquierdas y despreciada por la mayoría de las derechas, debido a la forma nada gloriosa como había caído.
 
De haberse puesto en acción esos factores, el resultado más probable habría sido una nueva guerra civil, como vieron con claridad Churchill y otros. Y una guerra civil en España, al lado de una Europa devastada y hambrienta, con poderosos movimientos comunistas en Francia e Italia, podría haber concluido en una nueva catástrofe en el continente.
 
De poco valen las lucubraciones abstractas frente a los datos de la realidad. Creo que lo ocurrido en España es lo mejor que podía ocurrir, y podemos felicitarnos de ello Si hoy volvemos a una situación de crisis, se debe en buena medida al confusionismo interesado sobre nuestro pasado. Ese confusionismo alienta las aventuras de quienes, antifranquistas después de Franco, abusan de unas libertades a las que no han contribuido, vuelven a ponerlas en peligro.
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